Viaje a Darjeeling debería gustarme. Entonces, ¿por qué la odio? 

  • 2 abril, 2008


Viaje a Darjeeling debería gustarme. Entonces, ¿por qué la odio? 

Viaje a Darjeeling debería gustarme. Entonces, ¿por qué la odio? Por Christián Ramírez.

En general, suscribo casi todo lo que Wes Anderson practica en su nueva película: su extremo cuidado en el uso del color, el gusto y la exactitud de sus composiciones rectangulares, la siempre bella combinación entre imágenes y canciones, el desafío de filmar en un tren en movimiento y, claro, la sensación de que toda película –toda narrativa, en realidad– es un viaje. Pero aun así no puedo evitarlo: Viaje a Darjeeling me da asco. Asco.

Guardando las debidas distancias, supongo que me siento como esos admiradores de Fellini que a principios de los 70 vieron mpotentes cómo el director de 8 ½ se transformaba en el tipo que rodó Casanova, sólo que Anderson no tiene en su curriculum nada comparable a La dolce vita.

¿Qué pasó? ¿Dónde se metió el notable director de Rushmore? En realidad, no se fue a ningún lado. Sigue ahí mismo, ese es el problema. La historia de tres adinerados hermanos (Jason Schwartzman, Adrien Brody, Owen Wilson) que –a instancias delmayor– atraviesan la India en tren, no se diferencia mayormente de las locuras organizadas por el joven Max Fisher en su colegio, ni tampoco de los líos familiares de Los excéntricos Tennenbaum o de los patéticos documentales del equipo de La vida acuática. Todos responden a un universo privado, a fantasías que bien podrían recrearse con hermosos dibujos elaborados en la pieza de infancia, sólo que para hacerlas realidad Anderson ha ido recurriendo a soluciones progresivamente más y más barrocas hasta que, finalmente, en Viaje a Darjeeling ya no hay nada al interior. Todo es apariencia. Todo es exterior.

Desde el look casual del tren, las estupendas vestimentas del trío, las maletas diseñadas por Louis Vuitton, las canciones de los Kinks (todas del magnífico Lola vs. the Powerman), hasta las paredes de adobe rigurosamente azules de una pequeña villa local y los coloridos turbantes de los feligreses de un templo. Todo está calculado, medido, cromatizado, reglado por el pantone (la regla de color) de un diseñador más que por la mirada de un director.

A su modo, Darjeeling viene a ser la versión cinematográfica del “tour espiritual” que los Beatles emprendieron a la India en el 68: un recorrido por la imagen preconcebida de un país –mejor dicho, una travesía por un país imaginado–, sin abandonar enningún momento los códigos de lugar de origen, en este caso los códigos de la cinefi lia más obtusa, la misma que movió a Anderson a tomar prestada la banda sonora de muchos de los clásicos del hindú Satyajit Ray, uno de los realizadores más puros y transparentes de que se tenga recuerdo, y superponerla en su aventura.

La música es hermosa, pero en el marco de esta película hueca y vacua, se abarata, se trivializa, se convierte en otra parte del decorado.