Todavía seguimos hablando de la espectacular exposición que Keka Ruiz-Tagle presentó el 2006 en el MNBA. Una enorme caja de música que ocupaba la totalidad de la Sala Chile y que sorprendió a todos por su originalidad, calidad artística y magia. Ahora está de vuelta, pero con una propuesta absolutamente distinta en la forma, aunque […]

  • 13 junio, 2008

Todavía seguimos hablando de la espectacular exposición que Keka Ruiz-Tagle presentó el 2006 en el MNBA. Una enorme caja de música que ocupaba la totalidad de la Sala Chile y que sorprendió a todos por su originalidad, calidad artística y magia. Ahora está de vuelta, pero con una propuesta absolutamente distinta en la forma, aunque igual de impactante e intensa en el fondo. Se trata de El color del fuego, una exhibición en que dará a conocer su más reciente destreza: el trabajo en cerámica gres. Sí, porque esta vez decidió dejar un poco a un lado sus ya conocidas pinturas y grabados para presentar este “nuevo amor” que la ha tenido ocupada durante los dos últimos años. Se trata de una serie de cabezas de los más diversos portes, formas y colores; simpáticos personajes que a simple vista pareciera que tuvieran unos originales sombreros, pero que en realidad representan algo mucho más profundo. Y a esto se le suman sus infaltables caballos y un par de figuras humanas. A través del gres y especialmente de la mano del fuego, Keka busca generar un encuentro con nuestras raíces más profundas, rescatar las tradiciones y esa identidad muchas veces olvidada producto de este mundo tan cosmopolita y tecnológico que nos hace olvidar de dónde venimos y quiénes somos. Y estas cabezas con sus sombreros reflejan precisamente esto: los sentimientos, pensamientos y la gran carga energética que tenemos en nuestro fuero más interno y que acarreamos a lo largo de nuestra vida. Como ella misma dice, esta muestra no pretende ser cátedra de nada, sino solamente producir una reflexión abierta y libre, establecer una conexión con la tierra y con la verdadera identidad del ser humano. Simplemente, un rescate distinto de la magia, de esa que no somos capaces de ver y que finalmente es nuestra esencia.