¿Cuánto del logro de una película les cabe a sus protagonistas? Basta mirar a una estrella de cine -Ryan Gosling, en este caso- para darse cuenta de que mucho, muchísimo.

  • 15 marzo, 2012

¿Cuánto del logro de una película les cabe a sus protagonistas? Basta mirar a una estrella de cine -Ryan Gosling, en este caso- para darse cuenta de que mucho, muchísimo. Por Christian Ramirez

La revolución digital ha cambiado muchos de los códigos con los que Hollywood y el resto de la industria solía contar, pero –hasta ahora- no ha hecho mucha mella en uno de los más antiguos: el star system. Parte importante del negocio sigue moviéndose en torno a los que dan la cara y el físico, los que se plantan frente a la cámara y, por ese solo hecho, se vuelven distintos de quienes miramos sus perfiles en la pantalla.

La gente aún compra entradas, y muchas, para ver a esos “otros” (llámense Tom Cruise o Brad Pitt, Reese Witherspoon o Christian Bale). Los incorpora a su imaginario, los vuelve parte del paisaje, los desgasta y luego los reemplaza. Son pocos los que –aparte de hacer crecer astronómicamente sus cuentas bancarias– tratan de imprimir parte de su personalidad en el negocio que los hace ricos pero que los vampiriza a destajo. Cualquiera que se haya ido a dar una vuelta por el reestreno de El padrino se dará cuenta del tonelaje con que Brando se desplaza por el plano, la forma en la que Al Pacino se va adueñando del filme y la manera en que Diane Keaton penetra por los intersticios que estos monstruos van dejando. ¿Cómo se aplica esa energía? ¿De dónde sale?

Un buen ejercicio al respecto es mirar Secretos de Estado y Drive, un par de películas que llegarán a cartelera en las próximas semanas (y que de hecho estarán entre lo mejorcito que podremos ver en cine durante este semestre). Ambas están protagonizadas por Ryan Gosling, el último candidato a convertirse en mega estrella, pero no pueden ser más diferentes la una de la otra.

Secretos de Estado (The ides of march) es el clásico drama orquestado para el Oscar: la historia de un prometedor manager de campaña presidencial (Gosling) que se ve en aprietos manejando los estados de ánimo de su jefe, resistiendo las tentaciones de los competidores y ocultando algo que podría destruir a su candidato, un George Clooney modelado tan a la imagen de Obama que hasta el poster con su cara es una cita al hoy desteñido “Yes we can”. Es el tipo de película liberal, desilusionada y ambiciosa, que el Hollywood demócrata ha producido muchas veces: poblada de grandes actores en papeles secundarios (Phillip Seymour Hoffman, Marisa Tomei, Jeffrey Wright, Paul Giamatti), en la que los ideales del héroe se estrellan contra la muralla del pragmatismo y se entierran en un ataúd con la bandera estadounidense encima. El tipo de grial fílmico que Robert Redford y Warren Beatty persiguieron sin parar durante los años 70 antes de rendirse en la década siguiente. La clase de cinta en la que Clooney –quien además oficia de director- se siente a sus anchas; aunque, la verdad sea dicha, le ha salido mejor antes (en Syriana y Michael Clayton).

Quizás por eso mismo hace sentido que Gosling intente meterse en esos ropajes. De todos los actores de su generación –nació en 1980–, es el único que ha hecho sin problemas la transición desde papeles de “jovencito” (¿lo recuerdan como el novio en The notebook?) a roles en el cine independiente (la notable Half Nelson), filmes desagarrados (Blue Valentine) y productos oscarizables. En su curriculum sólo faltaban grandes directores y el blockbuster veraniego de rigor, pero su agente ya puso manos a la obra: hoy está trabajando en uno de los nuevos filmes de Terrence Malick (Lawless) y aparentemente, estará al frente de una nueva versión de Logan’s run.

¿Qué tiene Gosling que le falta a Ryan Reynolds, a Joseph Gordon-Levitt o a Shia LaBeouf, por nombrar sólo algunos de sus contemporáneos? Bueno, el coraje de ir y jugarse pellejo por llegar y producir un filme a su medida –que amplifique su mito y le agregue una buena cuota de poder–, tal como en un momento lo hicieron sujetos tan distintos como Chaplin, Kirk Douglas, Paul Newman o Clint Eastwood. Drive es ese tipo de película. Una afiebrada fantasía a lo Steve McQueen acerca de un conductor de Los Angeles que de día trabaja como doble en cintas de acción y de noche volantea en diversos robos por contrato. Él se compromete a subir a sus “clientes”, esquivar a la policía y a bajarlos a salvo, en un punto acordado. Eso, hasta que deja que su vida privada invada su aceitado flujo laboral. Drive –que debería estrenarse a fines de abril, aunque hace rato circula en DVD y Bluray– es el cruce perfecto entre los estilizados policiales ochenteros de Michael Mann (Miami vice, Crime story) y el tipo de basura de acción que Tarantino todavía disfruta homenajeando. Una película que exuda nostalgia y algo de necrofilia, desde los títulos de crédito –en rosado y manuscritos- hasta sus impostados silencios, reforzados por una sintetizada música que parece no detenerse. Podría haber sido un bodrio de los grandes y, sin embargo, sale adelante a fuerza de pura impostura y honestidad frente al material. Y buena parte de ello se debe al propio Gosling, que habita esos espacios prefabricados con la patudez y aplomo suficientes como para insuflarles vida, hacerlos creíbles y finalmente traspasarlos, como tantos otras “estrellas” hicieron antes que él.