• 28 noviembre, 2008

 

Si el espíritu de la democracia que fue capaz de elegir a Obama y el del respeto por el mundo en que vivimos se extienden, querrá decir que pronto empezaremos a ver la luz al final del túnel.

 

Los meses recientes han estado marcados fuertemente por una de las crisis económicas más importantes de los últimos iempos. Lo que comenzó como una crisis financiera de los fondos subprime se transformó, rápidamente, en una crisis de confianza de los mercados y en las declaraciones de recesión de las más grandes economías mundiales. El escenario no es muy optimista: a pesar de los grandes esfuerzos de los distintos gobiernos, todo indica que los próximos años van a ser muy difíciles.

Esta crisis tiene una particularidad: es la primera que se produce en un mundo verdaderamente globalizado. En pocas palabras avanzamos hacia un fenómeno desconocido: recesión mundial con globalización. Estamos en una época en que todos los agentes económicos del planeta están interconectados online, los mercados son ya, en realidad, “el mercado” y como nunca antes estamos tomando conciencia y viviendo lo que eso significa. Las decisiones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos afectan el resultado de las bolsas europeas al minuto, el cierre de las asiáticas es esperado con ansiedad pues afecta el desempeño de las de occidente, una decisión del gobierno chino determina el futuro laboral de los trabajadores de Europa, Estados Unidos o Latinoamérica de manera más directa y tangible que cualquier decisión de sus propios gobiernos.

Sin embargo, toda crisis significa una oportunidad y creo que esta no es la excepción. Esta crisis es producto del excesivo individualismo que ha ido marcando la historia en los últimos tiempos y la oportunidad que se nos abre es avanzar hacia una sociedad más colaborativa, que confíe en los otros y que sea capaz de alcanzar grandes objetivos en base al esfuerzo colectivo. La humanidad ha venido cambiando silenciosamente durante los últimos años y esto se está viendo reflejado en la forma solidaria en que el planeta está reaccionando frente a las dificultades. A continuación pretendo ejemplificar lo anterior con dos casos altamente descriptivos de esta nueva realidad, en que vemos signos de luz que nos deben hacer ver las cosas con mucho más optimismo en medio de las turbulencias del mercado.

Primero, la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos. Este proceso estuvo marcado porque Obama es miembro de una familia de inmigrantes (ascendientes y familiares directos de él todavía viven en Africa) que, después de una vida muy dura y con grandes necesidades, llegó a ser el presidente del país más poderoso del mundo. Esto habla muy bien de la sociedad y la democracia norteamericanas, pero además en el mundo entero se ha celebrado su triunfo. Más allá de las posiciones políticas, todos hemos sentido que si él pudo llegar hasta donde llegó, este mundo es mejor y nos sentimos, en cierto modo, parte de esa sociedad que entrega oportunidades a todos. En el discurso inmediatamente posterior a su victoria, le pidió al pueblo estadounidense un “renovado espíritu de servicio, sacrificio, patriotismo y responsabilidad”, con un interesante acento en “volver a preocuparse de los otros”. Sus anuncios del cierre de Guantánamo y del retiro de las tropas de Irak son las primeras muestras de que estos deseos de
comunidad y respeto van más allá del ámbito nacional. Todo esto no puede sino ser un signo de esperanza.

Un fenómeno similar se ha venido reflejando en los últimos años en relación con la forma en que la sociedad ha reaccionado al calentamiento global. Nunca en la historia se había generado un proceso tan profundo de compromiso como sociedad con la preservación del planeta en que vivimos. Mientras en el siglo XX los problemas ambientales se reflejaban en el refrán africano “el mundo no nos fue legado por nuestros padres; nos ha sido prestado por nuestros hijos”, la situación actual de emergencia nos ha llevado a aplicar el proverbio chino “nunca mates una mosca sobre la cabeza de un tigre”.

Tengo la esperanza de que este espíritu de comunidad global se sentirá también en la actual crisis económica. Esto supone un mundo que actúa más solidariamente, en que los países colaboran entre sí para hacer más corta y menos profunda la recesión, en que los mercados se integran mejor, las autoridades económicas y políticas dialogan más entre sí y todos hacemos un esfuerzo para que los más pobres sufran menos los rigores de la caída mundial. La realidad es que vivimos en un solo mundo, que a todos nos toca compartir, y tenemos que hacer avances concretos hacia la creación de confianzas y comunidad. Estamos recién empezando, pero si los espíritus de la democracia capaz de elegir a Obama y el del respeto por el mundo en que vivimos se extienden, querrá decir que pronto empezaremos a ver la luz al fi nal del túnel. Una luz que alumbrará mucho más que los mercados y la economía. ¿Te harás parte también de este nuevo sueño?