Un cuarto de siglo después de haber participado en el pequeño grupo fundador de la UDI, Luis Cordero abandona el partido en medio de una crisis cuando, por primera vez, se competirá en dos listas para elegir al nuevo presidente. Intimo amigo y colaborador de Jaime Guzmán y uno de los artífices del éxito de la tienda gremialista en poblaciones, en esta primera entrevista fuera del partido, Cordero señala que la UDI perdió el norte y que en su afán por convertirse en la primera fuerza política del país olvidó su ideario fundacional. Por M.Angélica Zegers V. Fotos, Verónica Ortíz.

  • 11 junio, 2008

 

Un cuarto de siglo después de haber participado en el pequeño grupo fundador de la UDI, Luis Cordero abandona el partido en medio de una crisis cuando, por primera vez, se competirá en dos listas para elegir al nuevo presidente. Intimo amigo y colaborador de Jaime Guzmán y uno de los artífices del éxito de la tienda gremialista en poblaciones, en esta primera entrevista fuera del partido, Cordero señala que la UDI perdió el norte y que en su afán por convertirse en la primera fuerza política del país olvidó su ideario fundacional. Por M.Angélica Zegers V. Fotos, Verónica Ortíz.

 

(…)Era el año 1969 y yo me encontraba en clases en sexto año de humanidades en el Liceo Alberto Hurtado de Quinta Normal, cuando entró a la sala un estudiante de Derecho de la Universidad Católica que nos pedía ayuda para combatir la teología de la liberación. Se trataba de Jaime Guzmán, que estaba recorriendo todos los colegios católicos del país en busca de estudiantes que lo apoyaran en un discurso que daría en la Casa Central de la UC enfrentando en persona al obispo Helder Cámara, uno de los personajes más importantes de esa ideología. Fui el único de mi curso que lo acompañó, lo que no era raro en un liceo donde todos los curas eran revolucionarios. Pero cuando llegué a la Católica pude ver que Jaime había congregado a miles y quedé absolutamente deslumbrado por su personalidad. Ese fue el inicio de una amistad profunda, que duraría hasta el día en que lo asesinaron”.

Así recuerda Luis Cordero (Lucho, para casi todos los que lo conocen) el día que conoció a Jaime Guzmán y todavía hoy, casi cuarenta años después, se sigue emocionando con su relato. Luis Cordero inició ese día una amistad con el líder gremialista que lo llevaría a formar parte del grupo en que junto al propio Guzmán, demás de Sergio Fernández, Javier Leturia, Guillermo Elton y Pablo Longueira, fundaron la Unión Demócrata Independiente en 1983 y que luego, en 1989 –según dice, con la convicción de que iba a perder–, lo decidió a lanzarse en un fallido intento por lograr una diputación por Conchalí como una manera de ayudar a su amigo a obtener su exitosa senaturía por Santiago.

Con este historial, que incluye la formación del mítico Departamento Poblacional de la UDI –que luego conduciría Pablo Longueira– y su participación en la Comisión Política del partido hasta hace seis años, la reciente renuncia de Cordero no puede ser vista sólo como la decisión de un militante que esgrime falta de tiempo para dedicarse a la política, porque aun cuando es cierto que este empresario de 56 años, casado y padre de cinco hijos, tiene razones de sobra en ese sentido (es socio director de Inmobiliaria Andrés Bello, que cuenta con un patrimonio de cerca de cinco millones de UF y es dueña de una gran cantidad de edificios que arriendan a universidades, además de hoteles y otros inmuebles), la verdad política del episodio es que hace ya bastante tiempo que Lucho Cordero se sentía como pájaro en corral ajeno en el partido que ayudó a formar.

Sus mayores críticas apuntan a que la UDI perdió de vista los objetivos para los cuales se creó: su calidad de partido popular, de inspiración cristiana y que apoya la economía social de mercado, además de ser fuente permanente de reemplazo en la política mediante la incorporación de jóvenes dispuestos a trabajar en el servicio público. Precisamente, este último punto fue lo que gatilló la renuncia de Cordero, cuando el partido decidió apoyar nuevamente en la alcaldía de Las Condes a Francisco de la Maza y no a Ernesto Silva Méndez. Esa fue la gota que rebalsó el vaso y que llevó a Cordero, hace un mes, a dejar sobre el escritorio del presidente de la UDI, Hernán Larraín, una carta de renuncia que hasta hoy no ha sido contestada.

 

 

 

Razones de una renuncia

 

 

-Llama la atención que, siendo usted uno de los fundadores de la UDI, su renuncia al partido, que fue un acto político y no solamente personal, no haya tenido un efecto importante. ¿Definitivamente la UDI olvidó sus orígenes?

-No creo que sea esa la explicación, sino simplemente que soy bastante más irrelevante dentro de la UDI de lo que mucha gente piensa. Llevo muchos años sin pisar Suecia (la calle donde se ubica la sede del partido) y renuncié porque me sentía incómodo con mantener la condición de militante si desde hace ya muchos años no tengo una participación activa y no puedo por eso hacer nada útil con mis discrepancias. Mis actividades personales me han
consumido mucho tiempo.

-¿Cuánto pesó en su decisión su desacuerdo con la marcha actual de la UDI?

– Lo que finalmente gatilló mi renuncia fue que no se le haya dado la oportunidad de competir por la alcaldía de Las Condes Ernesto Silva Méndez, porque me pareció un signo de que se estaba postergando en forma injusta a gente demasiado valiosa y que no estábamos cumpliendo con una de las razones fundamentales para lo que se creó la UDI y que es darle oportunidades de participación en política a las nuevas generaciones. Este no era un partido electoralista, sino una escuela para formar gente en el servicio público. Más allá de eso, yo no le asigno ninguna gravedad a mi renuncia.

-¿No cree que había un mínimo de sentido de oportunidad y que su renuncia agudiza la crisis por la que pasa el partido?

-Creo que estuvo bien que renunciara ahora, porque la señal respecto al punto que estoy marcando había que darla en el momento en que se están eligiendo los candidatos a alcaldes y concejales.

-¿No le parece que era bastante lógico que, dado que el actual alcalde Francisco de la Maza, anunció que si la UDI no lo apoyaba iba a ir igual por fuera y que Ernesto Silva tenia mínimas posibilidades de ganar, el partido optara por no tensionar también esa elección?

-Efectivamente, hay un grupo en la UDI que considera a De la Maza un estupendo representante del partido y éste
planteó su candidatura a todo evento. Pero creo que se perdió una oportunidad única de haber llevado por dentro a un
candidato de lujo y que iba a competir en la más absoluta adversidad, y a otro por fuera. Ese escenario era deslumbrante para un partido que busca de verdad dar una señal de apertura de espacio a los jóvenes valiosos, porque si finalmente perdía Silva, igual la UDI se quedaba con un candidato de sus filas.

-¿Por qué cree que finalmente un grupo importante de dirigentes apoyó a De la Maza, no obstante las críticas que
éste ha hecho al partido respecto a su democracia interna y a que opera como un club de amigos?

– A estas alturas es evidente que en la UDI coexisten dos bandos y yo estoy en uno que cree que en personas como Ernesto Silva está el ADN más puro de nuestros ideales fundacionales. El caso de Las Condes era muy simbólico para mí, no por esa caricatura del grupo de amigos, sino porque no quiero que la UDI deje de ser el instrumento a través del cual acceden al servicio público profesionales jóvenes y líderes populares que reclaman una oportunidad. Más allá de todo lo que ha pasado, creo que la elección a directiva de la UDI va a fortalecer al partido y se va a demostrar que tiene una reserva de equipos humanos excelentes. Si en algo ayudó mi renuncia a haber acelerado este proceso, creo que ahí está su mérito.


-Hernán Larraín dijo en un programa de televisión que le hubiera gustado que usted manifestara sus inquietudes al interior del partido antes de renunciar.

-Hernán tuvo un mes para contestar mi carta y discutir las razones conmigo antes de que el lunes 9 de este mes yo me desafiliara ante el Registro Electoral, lo que me indica que tampoco tuvo mucho interés. En todo caso, nadie en el partido puede decir que no conocía mi postura, y los temas en que discrepaba los hablé claramente con Andrés Chadwick y con Andrés Tagle, de manera que tengo plena tranquilidad sobre la forma en que actué.

 

 


Tamaño no es poder

 

-¿Qué marca más, a su juicio, la crisis de madurez de la UDI?

-Tengo una discrepancia estructural con lo que ha pasado en la UDI en el último tiempo en una cuestión clave, y es que este partido no se fundó con el objetivo de lograr a toda costa ser el más grande de Chile, pero al final esa pretensión se convirtió en obsesión. El problema con esto es que para lograr ese objetivo se tuvo que recurrir a personas que muchas veces no reunían ninguno de los atributos que siempre soñamos para los militantes de la UDI.


-¿Dónde está, entonces, la vocación de poder para llegar con sus ideas al gobierno, si no están dispuestos a abrir un poco el abanico de sus adeptos?

-Un gobierno tiene la obligación de recurrir a la mejor gente y la UDI tenía y sigue teniendo la posibilidad de ser la fuente de esas personas, si es fiel a su compromiso de encantar a los mejores profesionales jóvenes con la política y el servicio público. El poder no se relaciona necesariamente con el tamaño en número de militantes o parlamentarios, sino en ser lo suficientemente indispensables como para que nadie pueda obviarte, y eso se logra produciendo buenas ideas y contando con la gente adecuada para llevarlas a cabo.

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-¿Por qué asume que el partido se hizo grande por traer a gente que no respondía a su ideal, y no que se hizo grande precisamente porque ese ideal entusiasmó a más gente?

-Se puede hacer esa lectura, pero no es la que yo hago. Yo tengo la convicción de que con tal de llegar a ser los más grandes se recurrió a votos y a caciques que no iban de acuerdo al proyecto original de la UDI, y eso hirió su alma. Un partido que en su concepción estaba llamado a dar testimonio de sus convicciones y que era dueño de un estilo innovador en la política chilena, necesariamente tiene que ser más monolítico.

-¿Pocos pero buenos, como se ha dicho?

-No tienen por qué ser tan pocos, el punto está si es o no una obsesión ser los primeros y ahí está, para mí, el origen de los problemas. Dicho esto, también estoy cierto de que hay que llegar al gobierno y tengo la convicción de que en esta oportunidad lo vamos a lograr. Si lo que sembró Joaquín Lavín lo cosecha Sebastián Piñera, en buena hora y a mí, personalmente, me ilusiona mucho que llegue a la presidencia.

-¿Le parece que Piñera encarna los principios e ideales de Jaime Guzmán?

-Tal vez no, pero es un hombre extraordinariamente inteligente y, si se rodea de la mejor gente, estoy seguro de que muchos de ellos serán de la UDI. La manera de llegar al poder no tiene por qué ser de la mano de un presidente partidario, por muy legítima que sea esa aspiración; y tampoco es necesario ser los más grandes de un sector, porque de hecho Renovación Nacional lo va a lograr.

-¿De ahí, entonces, la obsesión por no abrir mayores espacios de participación y de democracia interna al interior del partido?

– La democracia interna es un problema cuando dentro del partido actúa gente que no entiende su espíritu original, porque en un partido donde todos van para el mismo lado, se pueden tener todas las elecciones habidas y por haber y no se corre ningún riesgo de atentar contra la esencia del partido. Lo que pasó aquí es que mucha gente, incluso los más férreos defensores originales del proyecto, se fueron perdiendo en el camino y se obsesionaron con ser los más grandes.

-¿Longueira?

-Efectivamente, pero no es el único del grupo.


-¿A qué se debe que muchos de los buenos diputados con que cuenta la UDI, algunos de los cuales ya no son tan jóvenes, no hayan alcanzado la figuración que tienen las figuras históricas del partido?

-Esos diputados tienen vocación, peso y preparación tal vez incluso mejor que la nuestra. Quizá lo que ha atentado en su contra es la acuñación de conceptos como el de los “coroneles”, que ha llevado casi a identificar a la UDI con sus dirigentes más emblemáticos… y yo creo que la UDI es mucho más que ellos.

 

 

 

 

Afectos y desafectos

 

 

-Producida la muerte de Jaime Guzmán, ¿qué hay de cierto en que se juntó un grupo pequeño de sus más cercanos colaboradores y decidieron hacerse cargo del partido alternándose el poder entre ellos?

-Si existió esa reunión, no participé y no creo que haya habido un pacto de esa naturaleza, porque lo habría sabido. Luego de la muerte de Jaime todos nos propusimos mantener vivo su proyecto político y hubo muchas decenas de amigos que por esa vía decidieron rendirle tributo. Ese proyecto consideraba que la defensa de los principios
se anteponía a cualquier caudillismo o interés personal, que siempre había que enfrentar a los poderosos para defender a los más débiles y que teníamos que ser capaces de defender y dar testimonio de nuestras convicciones aún cuando fuera impopular. Jaime concibió a la UDI como una escuela de servicio público, con una presencia constante y activa de las nuevas generaciones, que debía dar testimonio de su inspiración cristiana y de su vocación popular y que defendía la economía social de mercado en la medida en que es la herramienta más útil para superar la pobreza y lograr la igualdad.

-¿Ese proyecto es el que hoy está en crisis?

-Yo diría que es un credo que se reza poco y que por eso se empiezan a perder de vista las razones más profundas por las cuales se creó el partido. Creo que los problemas comenzaron en el gobierno de Lagos y, concretamente, a raíz del montaje en contra de Jovino Novoa y Carlos Bombal en el caso Spiniak, porque se afectó fundamentalmente el alma de la UDI y creo que sus dirigentes se sintieron solos e incomprendidos. La clase política en general, y el gobierno en particular actuaron con una indolencia brutal respeto a una situación que era obviamente infame y que manchaba a gente que inequívocamente era inocente.

-¿Le parece condenable que el gobierno no se haya involucrado en un tema que era primero judicial y luego de la UDI?

-Uno de los rasgos que hacen que el gobierno de Lagos haya sido tan nefasto es, precisamente, el silencio y la omisión en este caso. Ese gobierno está marcado por el signo de la corrupción y creo que además fue un gobierno absolutamente inepto, demagogo y donde todo se hacía para agrandar la imagen de un hombre que se nos vendió como el ideal republicano. Se instaló este verdadero mito sobre el gran gobernante y al final todo era una gran farsa, como quedó demostrado.

-¿Cuándo habría quedado demostrado?

-En el momento en que se empezaron a poner en marcha sus proyectos y se descubrió que sólo eran de fachada y que le costaban miles de millones de dólares al país.


-Aún así, es el presidente al que los empresarios decían amar y al cual su propio partido, en la figura de Pablo Longueira, salvó con el acuerdo para la reforma del Estado…

-Creo que Lagos e Insulza fueron extremadamente astutos en entretener a muchos dirigentes de la UDI y así neutralizar un sentimiento crítico que sí existía, porque esa imagen de confianza y éxito no respondía al sentir real, ni de los empresarios ni de la UDI. En el empresariado, además, hay un sector que trabaja mucho y que tiene también una extraordinaria preocupación por el país y por los más pobres y otro grupo que está encandilado con lo que gana y fascinados con el poder político que hace posible su riqueza, pero que vive en una completa indolencia respecto a las realidades del país y de los más débiles que no los afectan directamente.

-¿Cuánto pesó, para bien y mal en la UDI, la potente gravitación de Pablo Longueira?

-Efectivamente, tiene cosas buenas y malas, pero Pablo desempeñó un papel muy relevante en alinear a la UDI detrás de una persona y un proyecto excepcional, como fue el de Joaquín Lavín. En estricto rigor, la política chilena se divide en un antes y un después de Lavín, y Lagos jamás habría sido presidente si no hubiera entendido y copiado en su segunda vuelta el cambio revolucionario que aquél proponía. Yo no tengo grandes coincidencias políticas con Lavín, pero lo reconozco como la figura política más intachable, confiable y honrada del escenario político y, aun cuando muchas de sus actuaciones me parecen incomprensibles, creo que la situación en que lo han puesto con su yerno es de una injusticia incalificable e inmerecida.

-¿Cree que el partido debió haber cerrado filas en su favor, aun cuando estaba enfrentando a una alcaldesa también de la UDI ?

-No hablo sólo del partido, pero el hecho es que Lavín ha caído en un aislamiento político total por haber salido a defender a su yerno, lo que me parece muy honorable. Yo estoy espiritualmente a su lado y no me parece justo que una verdadera autoridad moral en el país esté expuesta a esta soledad y a la falta de respeto de que ha sido víctima.

-¿No cree que la soledad de Lavín es anterior y producida fundamentalmente porque, siendo un referente absoluto del sector, ha ido tomando posturas que se alejan del discurso de la Alianza?

-La UDI optó hace tiempo por una estrategia de permitir a cada una de sus figuras tener su propio discurso, pero lo que me parece grave es que se confundan las responsabilidades políticas con las personales, porque no se puede abandonar a los amigos. Nadie puede atentar por acción u omisión en contra de Lavín, porque todos saben que es una persona absolutamente honorable.

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-¿Esta presunción de honorabilidad se debe extender a todos sus cercanos?

-Conociendo su rigurosidad moral, si Lavín dice que pone las manos al fuego por su yerno eso debería bastar y lo digo yo, que no estoy en el círculo de sus incondicionales. Creo que le hace mal a la política que se mire para el lado y que nadie se atreva a dar testimonio. Y pensaría lo mismo si se tratara de René Cortázar, porque creo que el país necesita gente como ellos. Yo te puedo asegurar que si en vez de Cortázar hubiera otra persona a cargo del Transantiago, toda la gente que sufre día a día con el transporte ya se hubiera sublevado en masa. No tengo la menor duda de que la gente humilde tiene especial sensibilidad para reconocer la calidad moral de las personas. Habla mal del mundo político cuando no se defiende a las personas honradas.

-¿No le parece que el gobierno y muchos políticos de la Concertación le han hecho bastante cariño a Lavín y al propio Longueira en el último tiempo?

-El gobierno, astutamente, siempre trata de dividir. El nivel de corrupción al que se ha llegado bajo los gobiernos de la Concertación es intolerable, y no sólo pierde la democracia, sino que siempre los más perjudicados son los pobres. Si corrupción y política terminan siendo sinónimos, la gente decente y los jóvenes la van a descartar o abandonar y el país va a quedar en manos de los peores.

 

 

 

La Alianza al poder

 

-A Hernán Larraín –se dice– siendo íntimo de Guzmán, le costó mucho ser “aceptado” en el núcleo dirigente, ya que durante mucho tiempo se dedicó primero a la universidad y a la enseñanza y tuvo que hacer méritos partidarios por más de una década. Luego, cuando llega a la presidencia del partido, terminan haciéndole la vida imposible. ¿Qué indica esto?

-Veo a Hernán muy solo, abrumado y superado por todo lo que le ha tocado vivir; no conozco las razones que llevaron a instalarlo como presidente, pero una cosa muy digna de rescatar de su gestión es su noble contribución a la causa emprendida por Carlos Larraín para construir una Alianza fuerte, sólida y convincente como fuerza de apoyo para el próximo gobierno de Sebastián Piñera. Además, desde el punto de vista de nuestro sector, es providencial que este momento de debilidad de la UDI coincida con el buen momento de RN y con la presidencia de Carlos Larraín, porque su gestión ha sido brillante.

-¿Qué tan compartidas son sus críticas al interior de la UDI?

-Yo creo que es muy fuerte la sensación de que se ha perdido el rumbo, pero creo que al final el partido va a fortalecerse con esta elección interna, y estoy seguro de que el candidato que gane va a ser el que levante con mayor entusiasmo la vuelta al proyecto original.

-¿Coloma o Kast?

-No conozco sus discursos, pero creo que son candidatos de lujo.

-¿No da la razón entonces a que es bueno que haya elecciones en los partidos?

-Está claro que en este momento sí: precisamente, para decantar las fuerzas. En la UDI no todos van para el mismo lado y estas elecciones van a clarificar el proyecto y transparentar a aquellos que apartan al partido de su camino. Tengo la convicción absoluta que va a ganar la presidencia de la UDI el que sea más genuinamente guzmanista, el que sea más fiel al discurso y las posturas fundacionales.

-¿Cabría esperar una UDI que involuciona y que se vuelve más reaccionaria?

-No hay nada más de avanzada que enfrentar a los poderosos para exigirles que cumplan su rol social y el compromiso con los pobres.

-¿Cree que la figura de Guzmán, con toda la carga de identificación con el gobierno militar, siempre suma?

-Siempre, así como a la DC siempre le suma Frei Montalva.

-¿Qué reparos ha recogido de parte de la juventud para entrar en política, comparando los 70 bajo Pinochet, los 80 y los 90?

-A fines del gobierno militar el problema de los derechos humanos jugó muy en contra de que la gente joven se entusiasmara con nuestro sector, y el equivalente actual es el tema de la corrupción. Pero ahora nos juega a favor, porque la gente está cansada de las injusticias y de los abusos, y de ver que el país está más rico que nunca y que la educación, la salud y el transporte siguen igual de malos.


-No se ve que la derecha capitalice ese descontento, y las demandas de los jóvenes no reflejan precisamente el proyecto de la Alianza…

-La centroderecha no capitaliza el descontento porque, en general, está dedicada a hacerle el juego a la politiquería del gobierno y de la Concertación, y no levanta su proyecto verdadero. Yo puedo asegurar que un partido que diera un testimonio resuelto y convincente en contra de la corrupción tendría un apoyo impresionante, pero no es la prioridad.

-¿Por qué entonces la política del desalojo, como se le ha llamado, pierde en las encuestas frente a la de los acuerdos?

-Allamand está muy cerca del discurso que necesita nuestro sector, pero lo vendió mal cuando acuñó el nombre de desalojo, porque la forma se comió al fondo. Basta con dar testimonio con convicción y actuar sostenidamente conforme a eso, pero hay en la política de hoy un vértigo por el marketing y eso daña conceptos valiosos, porque no tengo ninguna duda de que Allamand dio en el clavo y la reacción del gobierno así lo confirma.

-¿Cree que el futuro es auspicioso para la Alianza, aun cuando sus propios dirigentes se muestran muy recelosos de lograr un buen resultado en las elecciones municipales?

-Creo que el futuro es muy auspicioso para nuestro sector. Renovación Nacional se ha estabilizado en un nivel de madurez espléndido e infunde confianza a un sector importante del electorado y la UDI va a volver a ser una contribución enorme. Yo tengo el privilegio de estar cerca de los jóvenes y muy pocas veces me he equivocado en un pronóstico político. Estoy convencido de que nuestro sector va a llegar a la presidencia porque, a diferencia de anteriores elecciones, la sensación de que la Concertación no da para más no tiene vuelta. Además, Piñera es un gran candidato y no tengo la más mínima duda de que la UDI se va a cuadrar con él. La gente nuestra nunca le atina para dónde van las cosas, de manera que si ahora se sienten perdedores, lo más seguro es que al final ganemos.

 

 

Experiencia de pobreza

Lucho Cordero proviene de una familia de clase media y cuando dice que lo absorbe mucho su trabajo explica que a él le cuesta más porque no tiene profesión. Su padre y abuelo eran mueblistas y ambos murieron muy jóvenes. Luis se hizo cargo del taller de su padre cuando se encontraba estudiando en segundo año de Derecho y, siendo el mayor de los siete hermanos Cordero Barrera, tuvo que abandonar la carrera para hacerse cargo de la familia. Por el lado materno se emparentaba con los Valenzuela Llanos, dueños en algún momento de tierras en Colchagua, pero ya a la altura de la generación de su madre no quedaba nada.

Al salir del colegio, entró a estudiar Historia al Pedagógico. Siempre quiso ser profesor, pero los acontecimientos darían un giro inesperado cuando, en pleno 1970, tuvo la mala idea, dice, de reconocer frente a algunos compañeros que apoyaba la candidaturade Jorge Alessandri. Al día siguiente empezó a ver en los muros lecturas como “Cordero fascista” e inocentemente pensaba en la mala suerte de llevar el mismo apellido que el fascista ese… Sin embargo, el rumor de que había un alessandrista estudiando en el pedagógico, toda una rareza, llegó a oídos de Jaime Guzmán, quien al captar de quién se trataba, inmediatamente lo instó a cambiarse a estudiar Derecho en la Universidad Católica.

En 1983 Cordero se convirtió en uno de los fundadores de la UDI, donde formó, junto a Maximiano Errázuriz y Alfredo Galdames, el Departamento Poblacional. Pero un año después estaban absolutamente desbordados por el éxito de la iniciativa y fue ahí cuando se le encomendó la tarea a Pablo Longueira.

En 1989, Cordero fue candidato a diputado por Conchalí, con el compromiso de que si perdía no iba a seguir dedicado tiempo completo a la política. Casi veinte años después, Cordero dice que empezó a despegar económica y profesionalmente el día en que perdió. “Tuve la extraordinaria suerte de que un grupo excelente de ingenieros, como Marcelo Ruiz, Ignacio Fernández y luego Andrés Navarro, Alejandro Pérez y otros se hayan compadecido de mí y aceptado en su núcleo. He tenido una vida laboral llena de satisfacciones”.