Por Francisco Ortega Fotos: Alejandro Barruel En la página 117 hay un extracto de una letra de The Smiths: “el amor es natural y real pero no para alguien como tú o yo”. Pertenece a I know it’s over, la tercera canción de The Queen is Dead, el mejor disco del cuarteto de Manchester. “Morrisey […]

  • 11 julio, 2014

Por Francisco Ortega
Fotos: Alejandro Barruel

Maria jose Viera-Gallo

En la página 117 hay un extracto de una letra de The Smiths: “el amor es natural y real pero no para alguien como tú o yo”. Pertenece a I know it’s over, la tercera canción de The Queen is Dead, el mejor disco del cuarteto de Manchester. “Morrisey y Johnny Marr son dos de mis héroes de la vida”, se apresura en responder María José Viera-Gallo (1971), escritora, periodista, fanática, etc. “Hace poco leía en una revista inglesa, la NME creo, que en una votación popular The Queen is Dead había sido elegido el disco más importante de todos los tiempos. En el 2 estaba Sargent Pepper de los Beatles y en el uno, los Smiths.

Heavy. Pero se entiende, es una cuestión generacional; ese disco y los Smiths son como Oscar Wilde en la Inglaterra victoriana, salvaron a los jóvenes en una década de mierda como los ochenta, con Thatcher en el poder y Reagan al otro lado del Atlántico a punto de apretar el botón. Tengo un rollo especial con los músicos, creo que para mi generación fueron y han sido más importantes que escritores y cineastas. Es una lectura mía, pero es lo que veo y siento”.

-¿La música como tabla de salvación?
-De toda una generación, por muy lugar común que suene. Desde Inglaterra con los Smiths a Chile con Jorge González. A inicios de los 90, los discos eran nuestros amigos, nos hacían sentir menos solos. Es decir, no teníamos líderes sociales contemporáneos, no habían Giorgios Jackson ni Camilas Vallejo. La democracia la recuperaron nuestros padres, no nuestros iguales; había que buscar quiénes nos representaran y si me preguntas, ahí estaban los músicos. Mi héroe era Johnny Marr y lo voy a decir siempre. Me interesa la música, el pop, lo pop, lloré cuando murió Lou Reed. Es algo que me importa, por eso lo reflejo en lo que escribo: cito canciones, bandas, cantantes…

-En el lanzamiento de Cosas que nunca te dije (Tajamar, 2014), el escritor Diego Zúñiga dijo que era tu libro menos pop…
-Sí, no sé, no estoy tan de acuerdo.

-Yo tampoco, creo que quizás no es tan explícito como en tus obras anteriores, pero en lo implícito, hay mucho pop. Y pop del bueno…
-Gracias.

-También dijo que no leía La Zona de Contacto.
-(Risas).

-Ambos estuvimos en “la zona”, ahí nos conocimos y nos hicimos amigos. Es complicado entrevistar a los amigos. A veces uno sabe más de ellos que lo que se necesita para armar un perfil.
-A ti también debe pasarte.

Luego vamos a regresar con “la zona”.

***

La letra de I know it’s over sirve de epígrafe para “Todo es tan tonto, todo es tan triste”, sexto corte de Cosas que nunca te dije. Y lo de corte no es casual. El libro se lee como se escucha un disco, con cuentos que a ratos son canciones. De hecho termina con una especie de opereta conceptual dividida en varias partes (Una novelita muy sentimental), que aunque a la autora no le guste el estilo, es como esos gran finales, llenos de cambios de ritmo de los discos de rock progresivo inglés de los setenta, pienso en Genesis, nada más opuesto a The Smiths, pero al igual que ellos, muy ingleses, muy Oscar Wilde.

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Todo es tan tonto, todo es tan triste es un cuento muy pop dentro de un libro muy pop. Una chica, unos amigos, Santiago de Chile, Morrisey, Johnny Marr, Corazones de Los Prisioneros… “Para mí un disco fundamental de los 90”, dice la autora, “demasiados recuerdos, demasiadas ideas. Me acuerdo haberlo puesto en una fiesta el 91 y haber sido casi escupida. ¡Saca eso! Me decían. Que era cursi, que era AM, que era tecno pop, que no eran Los Prisioneros… Y ahora, el disco es numero central de Primavera Fauna y los más jóvenes lo escuchan, lo entienden, son fanáticos. Hace 20 años no estuve tan equivocada”.

-A propósito de 20 años, sacas este libro exactamente dos décadas después de que empezaste a escribir y a publicar profesionalmente en la Zona de Contacto…
-¿¡En serio!? Te juro que no me había percatado, buen cálculo sacaste. Pero te prometo que fue casual, nada de premeditado. Interesante en todo caso, quizás signifique algo, no lo sé…

-A propósito de la Zona –regresamos a lo pendiente–, ¿qué te pasa, como escritora, cuando te dicen “yo odiaba la Zona”, como si hubiera sido un pecado estar en ella?
-Que no tengo por qué hacerme cargo de ello. Antes me afectaba un poco, ya no. Decidí liberarme de ese lastre, porque no me corresponde. No es un peso que debamos llevar yo o mis ex compañeros de la Zona, sino de quien siente “ese odio”. Es su drama, su problema. Antes me pasaba harto, daba un taller y no faltaba el que salía con el yo odio “La Zona y a Fuguet”, como si yo hubiera cometido un crimen. Quizás por eso, en un taller que empiezo a dar en agosto, pedí como requisito aceptar sólo alumnos entre 18 y 35 años, limpios, que no estén cargados de deudas que no me corresponde asumir ni pagar.

-¿Qué aprendiste en ese suplemento de El Mercurio?
-Hay algo que siempre voy a agradecerle a la Zona, me puso el cuero duro a la hora de recibir críticas. Nos pelaban tanto, nos criticaban en mala por ser supuestamente cuicos, había tantos prejuicios que creo que todos los que pasamos por ahí estamos más preparados para recibir malas críticas y comentarios densos respecto de lo que escribimos o publicamos. Era como Twitter antes de Twitter… Veo que los autores más jóvenes no están tan preparados para los palos, o si los reciben, los toman de una manera más personal, como si los criticaran a ellos y no a su obra. Uno no puede gustarle a todo el mundo. Y eso lo aprendí en la Zona.

-Es el costo de publicar…
-Sí, pero pasa también que yo no concibo la literatura como una religión. Es más, cada día tiendo a desligarme más de cualquier adoración. El festín literario, las ferias, las mesas, es algo de lo cual feliz participo, pero no me desmadro si eso no ocurre. Me alivia que los protagonistas de las nuevas letras sean otros. Que busquen ser invitados a encuentros fuera de Chile, ser amigos de editores independientes de moda, que conozcan a todo el mundo. Yo no puedo, no me funciona, no tengo las patas… Yo siempre me he visto un poco al margen y me acomoda. Suena muy conservador, pero criar a mis hijos es algo que me interesa de sobremanera.

***

Siete cuentos dan forma a Cosas que nunca te dije. Hay harta autobiografía en ellos, también obsesiones y lugares comunes de una autora que ha sabido mantenerse en un lugar de culto en la narrativa contemporánea chilena. María José no es parte de la selección nacional, no le interesa serlo, prefiere ese lugar que bien supo definir Alberto Fuguet: ser un susurro, estar en una esquina, observando, pero siempre estando y sobre todo manteniendo un vínculo estrecho con sus lectores.

“Me pasa con quienes leyeron Verano Robado (Alfaguara, 2006), mi primera novela, pero también con los que seguían mi columna de Anita Santelices en El Mercurio. Me escriben, están pendientes de cuando saco cosas nuevas, no sólo mías, sino como parte de antologías. Es una buena relación la que tengo con ellos. Y en verdad eso es lo que me interesa y me importa en cuanto a lo literario: que me lean”.

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-A propósito de cosas que te importan, tu libro parece estar lleno de eso: familias, ciudad, canciones, reconciliarse con uno mismo, amor, desamor…
-Nunca he salido a buscar historias afuera de mí, todo lo que me gusta de la vida ocurre entre cuatro paredes, de mi casa, de casas de amigos, en la habitación de mis hijos. Ahí ya hay suficiente. Creo que no hay temas nuevos, sino nuevas formas de acercarse a los temas de siempre. Este libro es un homenaje a personas, a momentos, a ciertos lugares, a conversaciones. Para mí eso es la literatura: recrear mundos antes de que desaparezcan, sacar instantáneas. La motivación, mi motivación es la memoria. Por ejemplo, en Novelita sentimental, la nouvelle o cuento largo que cierra el volumen, metí todas mis obsesiones. La década de los 90, el sentido y los clichés de ser escritor; el no lugar de los músicos y de los mayores de 40. La paranoia de la adultez, el retiro del ruido mundano o la desconexión como posibilidad. La promiscuidad, el amor imposible. No hay mejor historia en la literatura que la del amor imposible…

-Y reconciliarse con esos amores…
-Con todo en verdad, Novelita sentimental es eso, una historia de reconciliación.

-¿Al igual que Zurich, relato que abre el libro?
-No lo llamaría un cuento de reconciliación, sí una historia que es muy autobiográfica y que está dedicada a mi padre, a la época del exilio, cuando era joven y acarreaba a su familia de lugar en lugar, de no lugar en no lugar, como dice Fuguet, respecto de los aeropuertos. Jamás he tenido que reconciliarme con mi padre, así que no hay de eso, si una obvia dedicatoria.

-¿Cosas que nunca le dijiste?
-Por eso ahora se las escribo.

-Sobre “Zurich” y tu padre, ¿alguna vez fue tema ser hija de José Antonio Viera-Gallo…?
-Sí, pero ya no, más que nada cuando estaba en el colegio. Mi papá es mi papá, el ministro más joven de Allende, una de las figuras claves de la recuperación de la democracia, pero eso es él, no yo. Y claro, literariamente está en Zurich, como en casi todo lo que he escrito, pero creo que importa cada vez menos de quién eres hijo o primo. Las personas se paran y se caen por sí solas. En mi familia, cada cual hace lo que le gusta sin llevar el karma del otro. Antes de que yo escribiera, mi papa escribía artículos, libros de no ficción, de ficción.

-¿Podrías contar un poco cómo crecieron estos relatos?
-Los cuentos incluidos en Cosas que nunca te dije son del 2012. La mayoría se escribieron cuando viví en Valparaíso, después de publicar mi segunda novela, Memory Motel (Tajamar, 2011). Ese libro me dejó cansada, no quería escribir otra historia de 300 páginas. Además, acababa de ser mamá por segunda vez, entre llantos, siestas, comidas y más llantos mi vida se hizo episódica. Tenía historias residuales, lugares, momentos, épocas, discos olvidados. Amigos perdidos. No quería algo total, necesitaba un formato disperso. Por un tema práctico incluso, aprovechar los instantes libres como si fueran independientes para armar historias independientes. Memory Motel, por ejemplo, la escribí caminando en Brooklyn; Cosas que nunca te dije en la Ruta 68, imaginando los cuentos arriba de un bus o manejando, entre peajes y pasajes.

-En una época en que todos los autores quieren publicar su novela, suena atemporal sacar un libro de cuentos.
-Muy de los 90 dices tú.

-Sí, y también por el prejuicio de que la gente no compra libros de cuentos.
-A mí, más que me compren me interesa que me lean. Y me gusta el formato del cuento, me es cómodo. Quería algo inmediato, no perder tiempo en detalles, historias paralelas o descripciones eternas.

-Pero estos cuentos están plagados de detalles, historias paralelas y descripciones…
-Es cierto, mis temas siempre lo están. Pero en este caso veo el libro como un río, no como un mar.

***

“La mejor novela que leí este año es una película, Soy mucho mejor que voh, de Che Sandoval. Ahí están los personajes y el Chile que me importan, lo que busco cuando me pongo a contar, honestidad y rabia, también humor, emociones que me sacudan, no que me dejen indiferente. Sentir que a un autor le importa lo que está narrando, no pasando por un trámite. Y eso se nota en el trabajo de Che”, responde María José, cuando hablamos de lecturas contemporáneas y de siempre. También cita Cumbres borrascosas de Emily Brontë, quizás el libro que más ha releído, una novela romántica y gótica que hoy se lee como literatura juvenil; como a ella misma le sucede con Verano robado, su debut fuera de antologías y selecciones. O como en Una fábula caníbal, novela breve incluida en la colección de horror Machetazos (Edicones B, 2014), que es como una relectura en clave perversa de Hansel y Gretel mezclada con Twin Peaks. Un giro oscuro de un cuento infantil.

“Me interesa la literatura para niños, leo muchos cuentos a mis hijos, los hermanos Grimm me aterran, están llenos de bosques oscuros y duendes, eso es puro miedo. Eso me gusta, la fascinación infantil por los monstruos que es algo que veo con mis hijos y me gustaría explorar”.

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-Escribir cuentos infantiles.
-He escrito y los tengo ahí. No sé qué haga con ellos.

-¿Buscar un agente o una editorial?
-Puede ser. Me interesa lo del agente por las posibilidades que te da de ser publicado fuera, traducido, salir de Chile, que te conozcan nuevos lectores. Tengo una reunión luego con uno, ojalá salga algo. Soy mala para gestionar y negociar, que alguien lo haga por ti es una gran ayuda…

-A propósito de salir de Chile. Viviste harto tiempo en Nueva York, la meca del arte, ¿no hiciste contactos allá?
-Conocí gente, que no es lo mismo que hacer contactos. Es muy, muy difícil publicar en inglés y a ratos frustrante. Y sí, viví en Nueva York, en el barrio de moda, Williamsburg, cuando no estaba de moda y eran esos galpones bajo el puente de Manhattan, antes de The Girls y que se instalaran los Starbucks. Fui hace poco y está muy cambiado, parece otro planeta. No me es tan cómodo como antes. Mi presente es que vivo en La Reina, y el verde, los árboles, los pájaros, me calman mucho. Nueva York era, creo, demasiado protagonista para mí. El hecho de que tu entorno no te dé nada, ningún estímulo extraordinario, por definirlo de algún modo, puede llevarte a un recogimiento interior bastante interesante. •••