Alfredo Jocelyn-Holt rescata la figura del hacendado en el tercer tomo de su Historia General de Chile. Una reflexión tan inspirada como polémica.

  • 16 septiembre, 2008


Alfredo Jocelyn-Holt rescata la figura del hacendado en el tercer tomo de su Historia General de Chile. Una reflexión tan inspirada como polémica.

Alfredo Jocelyn-Holt rescata la figura del hacendado en el tercer tomo de su Historia General de Chile. Una reflexión tan inspirada como polémica. Por Marcelo Soto.

Muchos lectores seguramente recordarán sus días de colegio o universidad cuando debían estudiar historia de Chile a partir de manuales llenos de fechas, datos y sucesos, todo resumido y sin mayor reflexión, de manera tan simple y precipitada que al final, después de un tiempo, todo lo aprendido se esfumaba de la memoria como por arte de magia.

Tal riesgo no se corre con el tercer tomo de la Historia General de Chile, de Alfredo Jocelyn-Holt, subtitulado Amos, señores y patricios. El autor revisa de manera panorámica los siglos XVII y XVIII y lo hace de tal forma que rehúye los detalles, las anécdotas, para concentrarse en aquello que no deja ver el bosque, lo que está detrás de la niebla. El resultado es formidable.

Jocelyn-Holt, formado en la Johns Hopkins University y en Oxford, plantea que el mencionado período, muchas veces comparado a una siesta en esta parte del mundo, fue por el contrario el escenario de un extraordinario hecho histórico: el nacimiento de la hacienda y, especialmente, del hacendado.

Lejos de las lecturas flagelantes que otorgan a este último personaje una arbitrariedad sin límites, el autor sostiene que su aporte fue decisivo para levantar un país entrampado en un conflicto interminable entre españoles y el pueblo mapuche. “En definitiva, los criollos y no el oficialismo hicieron de la hacienda una unidad imprescindible, y gracias a ella se pudo sobrevivir al naufragio que siguiera al empate guerrero. Por tanto, lo que pudo el criollo, no pudo la Corona, un acierto histórico no digamos que menor”.

Sin miedo a disentir, el historiador atribuye a escuelas políticamente correctas, de tendencia izquierdista, aquella idea de que la hacienda fue un sistema cruel basado en la violencia del amo sobre la servidumbre. Explica: “se estaba ante desafíos y entornos hostiles igualmente compartidos tanto por patrones como por inquilinos; entre ellos, por lo demás, había lealtad recíproca sin la cual no hubiese sido posible enfrentar dichas dificultades; y el uso de la fuerza, de llegar a producirse, se aplicaría más bien excepcionalmente a afuerinos y no respecto a gente adscrita a la hacienda; de lo contrario, ¿cómo se entiende que no haya habido ninguna rebelión campesina en trescientos años?”.

Pero quizá la idea más potente del libro sea la que establece una “conexión italiana” con esta apartada región, donde estaría la semilla del futuro país. Según Jocelyn-Holt, Chile, más que una invención barroca –o una culminación del medioevo–, fue un producto renacentista, donde confluyen los ideales del clasicismo y la ilustración. Para sustentar esta afirmación se apoya sobre todo en la figura de Alonso de Ovalle, quien estando en Roma escribe su Histórica relación del reino de Chile (1646), un libro esencial que explica, define y pronostica los contornos de una nación, de un territorio o un espacio, aun antes de existir de manera independiente.

Puede que más de algún lector se sorprenda por el hecho de que este libro hable más de Europa que de Santiago, pero tal paradoja es iluminadora del origen híbrido, mestizo, equívoco, del país que hoy habitamos. El autor, finalmente, es de la opinión de que el período que estudia fue, por raro que parezca, un mundo feliz, donde las elites vislumbraron un lugar posible donde los derechos que gozaban no fueran excluyentes.

“Pronunciarse a favor de la libertad, poder definirse como agnóstico o libre pensador, cultivar placeres estéticos que lo distinguen a uno del vulgo como la buena conversación, deben ser los lujos más duraderos que inventara y difundiera el siglo XVIII, mucho más que las porcelanas de Sèvres que lamentablemente los empleados suelen romper”, dice el historiador.

Por discutibles o belicosas que sean sus tesis, Jocelyn-Holt argumenta con una contundencia que sería mezquino tildar de arrogante. Más justo es decir que estamos en presencia de una obra fecunda, poderosa, sugestiva.