Hace dos años vendieron la viña que lleva su apellido: una decisión difícil si se considera que con ese acto cortaban con 120 años de historia familiar. Pero el amor por la tierra y el vino pudo más. Hoy, Alfonso Undurraga Mackenna y sus hijos Alfonso, Cristóbal, Max y Rebeca están de vuelta en las vendimias, con una nueva viña más pequeña pero con la cual esperan pellizcar la uva a muchos competidores. 

  • 2 abril, 2008

 

Hace dos años vendieron la viña que lleva su apellido: una decisión difícil si se considera que con ese acto cortaban con 120 años de historia familiar. Pero el amor por la tierra y el vino pudo más. Hoy, Alfonso Undurraga Mackenna y sus hijos Alfonso, Cristóbal, Max y Rebeca están de vuelta en las vendimias, con una nueva viña más pequeña pero con la cual esperan pellizcar la uva a muchos competidores. Por Sandra Burgos; fotos, Gabriel Pérez.

Hace dos años la familia liderada por Alfonso Undurraga Mackenna (69) tomó una de las decisiones más dolorosas de su vida: salirse de la viña que habían fundado sus antepasados, cinco generaciones antes, hace 120 años.

No fue una determinación fácil, porque ceder los dejaba como perdedores en uno de los mano a mano empresariales más comentados por esas fechas. Los Undurraga habían decidido no soltar prenda, entre otras cosas, porque estaba en juego su apellido. Incluso, cuando los problemas de convivencia se hicieron menos llevaderos, se acercaron a la familia liderada por el colombiano Rafael Picciotto –sus socios por cerca de 20 años–, y les ofrecieron comprar el 46% que tenían en la compañía… Pero las cosas se dieron vuelta y los Picciotto aparecieron con José Yuraszeck, quien terminó adquiriendo el 43,6% de los Undurraga.

 

Hoy, cuando ya han pasado dos años desde aquel trago amargo, conversamos con los Undurraga, quienes nos contaron lo que significó para la familia desprenderse de la viña, de qué forma dieron vuelta la hoja y cómo por estos días se están reinventando en un nuevo proyecto vitivinícola, que verá sus frutos a fines de este año.

 

Un corte doloroso

 

Hace 40 años, Alfonso Undurraga Mackenna tomó la administración de Viña Undurraga. El noveno de doce hermanos, heredaba así una tradición familiar de cuatro generaciones, que comenzó en 1885 y que más tarde consolidó su padre, Pedro Undurraga Fernández, quien había ido comprando a primos y hermanos sus participaciones, hasta quedarse con el control de la viña.

 

No fue una tarea fácil para este Undurraga. En las cuatro décadas que estuvo en la viña la vio crecer y luego desmoronarse, producto de la crisis de los 80, que la dejó al borde de la quiebra. Como comentan hoy sus hijos Alfonso y Cristóbal Undurraga Marimón, el patriarca “aperró” y logró salir de la crisis… aunque no sin pagar un costo que años más tarde le terminaría por pasar la cuenta. Fue en ese salvataje cuando Undurraga conoció a Rafael Picciotto, un empresario colombiano con intereses en el área de la distribución de licores, a quien le pareció buena idea ingresar a una viña con tradición y nombre. La figura era simple: se firmaba un pacto por el que los Undurraga, a pesar de no tener la mayoría accionaria, mantenían el derecho a administrar y a visar cualquier aumento de participación de los Picciotto.

 

La alianza parecía perfecta, la compañía siguió creciendo y aumentando sus volúmenes hasta alcanzar exportaciones por un millón de cajas en 2005 y, lo más importante, consiguiendo cifras azules.

{mospagebreak}

 

Pero el matrimonio Undurraga-Picciotto estaba destinado a quebrarse. A mediados de los 80 comenzaron a integrarse a la compañía los hijos de Undurraga (Alfonso y Max, en la administración) y de Picciotto (Mauricio y Daniel, como directores), con ideas de crecimiento que no eran coincidentes. Fue en 2002 cuando el quiebre se hizo evidente, iniciándose una seguidilla de escaramuzas que derivó en un encendido año 2006, cuando los Undurraga deciden poner fin a la sociedad con los Picciotto. Un capítulo relevante se vivió en 2004, cuando éstos compraron cerca de 4 mil acciones de la viña sin avisar a su contraparte. Ello motivó que los Undurraga llamaran a sus abogados, invocando el pacto de accionistas. Comenzaba a escribirse el fin de la historia.

 

En septiembre saldrá
al mercado la primera
cosecha de la nueva viña
de los Undurraga, luego
de dos años de intenso
trabajo que significó
volver al negocio de cinco
generaciones, pero esta vez
apostando a un producto
premium.

 

Alfonso Undurraga Mackenna decidió poner fin a la asociación y se acercó a Picciotto ofreciéndole comprar su paquete de acciones, lo cual no fue aceptado por el empresario. El resto de la historia es sabido: apareció José Yuraszeck y terminó comprando el paquete de los fundadores. Se ponía así fin a la era de los Undurraga. Alfonso Undurraga Marimón fue uno de los más golpeados. “Para mí la viña fue mi escuela desde que salí de la universidad (…) El hecho de habernos ido, por lo menos para los que estábamos metidos dentro, fue doloroso, a mí me costó mucho asumirlo. Pero el tiempo pasa y hoy me siento feliz porque en Viña Undurraga hicimos un buen negocio… por algo vendimos como vendimos”.

 

Cristóbal Undurraga Marimón, el enólogo de la familia, vivió la pérdida de la viña de una forma muy distinta. “Para mí fue bien diferente. Yo nunca trabajé en Undurraga, porque veía que en la empresa había un equipo enológico funcionando y si entraba iba a ser el hijo de papá. Además me iba a tener que amoldar a un sistema que no me gustaba como filosofía de calidad”, orque el énfasis estaba en el volumen. No bien termina la frase, Alfonso lo interrumpe y comenta que en ese segmento fueron exitosos. “Si revisas los números de Undurraga, fuimos la viña que, en términos de rentabilidad sobre capital, peleaba siempre los primeros lugares. Desde el punto de vista de los negocios, en ese nicho, Undurraga siempre fue muy eficiente”.

 

Cristóbal replica: “esa era la parte comercial, pero yo, que estaba en la parte técnica de la enología pura, lo veía de otra forma. Por eso inmediatamente salí de Chile, porque trabajar aquí en otra bodega, era un poco incómodo”, confiesa.

 

Así comenzó el periplo de Cristóbal por los principales valles vitivinícolas del mundo. El recorrido partió en Napa Valley, Estados Unidos; prosiguió en Hunter Valley, Australia, el que luego dio paso a un trabajo en su especialidad en un castillo en Francia, Château Margaux en Burdeos, “que para un enólogo era como tocar el cielo con las manos”, cuenta.

{mospagebreak}

Pero pese a esa experiencia casi mística, un buen día lo llamó el mítico Aurelio Montes para invitarlo a participar como enólogo en un proyecto en Argentina, la Viña Kaikén, que en ese minuto ni siquiera tenía nombre. “Me dijo: te invito a hacer la vendimia, haces los vinos, trabajas seis meses y ahí vemos. Acepté con la intención de conocer otro terroir, otra filosofía de vida”. Partió a Mendoza y lo que era un proyecto de seis meses se transformó en una tarea de cinco años. Su hermano Alfonso comenta que se repetía la historia, ya que cuando Montes salió de la universidad, su padre lo convidó a la Viña Undurraga, donde trabajó por cerca de 12 años.

 

Desde Mendoza, Cristóbal fue testigo del doloroso trance que vivía su familia en Santiago con Viña Undurraga. Dice que no estaba en sus planes volverse a Chile, pero que los acontecimientos se fueron dando de tal forma que sintió que debía estar acá junto a su padre y hermanos para lo que pudiera venir… Así comenzaba a tomar forma la nueva aventura vitivinícola de los Undurraga.

 

La nueva viña

 

Cuando vendieron su participación en la viña, vino para esta familia un proceso de transición que significó la salida gradual de los Undurraga de la empresa. Tomaron la decisión de vender a fines de febrero de 2006 e inmediatamente salió Alfonso hijo, quien ocupaba la gerencia comercial. Su padre siguió en ella hasta que recibió el pago por sus acciones, mientras que su hermano Max, que era el gerente de administración y finanzas, fue el último en entregar las llaves.

 

Una vez fuera, vinieron las interrogantes sobre qué hacer. Alfonso hijo comenta que una de las opciones era comprar una bodega más grande. “En algún momento se analizó y vimos hartas, incluso estuvimos en conversaciones muy serias con un par, pero al final siempre topábamos, ya que empezamos a ver que los precios que estábamos dispuestos a pagar se alejaban mucho de lo que la gente quería recibir”.

 

Ante eso, Alfonso Undurraga Mackenna reunió a toda su familia (siete hijos) para deliberar y, juntos, decidieron iniciar un nuevo proyecto familiar, pero a menor escala y más exclusivo. “Dijimos no perdamos más el tiempo y lancémonos con un proyecto solos”. Así fue como nació Bodegas y Viñedos Alfonso Undurraga Mackenna.

 

La familia venía hace un tiempo viendo un terroir en Chile. Cristóbal explica que tanto él como su hermano Alfonso y su padre –incluso cuando estaba en Undurraga–, tenían en la cabeza hacer un proyecto premium.

 

No tuvieron que esperar mucho. En agosto de 2006 salió un campo a la venta en Los Lingues, al cual Alfonso Undurraga Mackenna ya le tenía echado el ojo. “Estaba ubicado en una zona que venía sonando mucho. El campo era alucinante, había mucha gente del rubro, grandes players de la industria estaban detrás de este campo, el cual gracias a Dios es nuestro hoy día”, señala Alfonso hijo.

 

En la competencia por comprar el campo estuvieron hasta febrero de 2007, periodo que les permitió comenzar a desarrollar el nuevo proyecto de marca Premium. Previo a la compra del campo hicieron todos los estudios de terroir y vieron que había un gran potencial para obtener lo que querían: un vino con identidad propia. Así comenzaron a elaborar el concepto de viña de casa, de château.

 

El nombre definitivo aún no lo tienen definido, ya que si bien están manejando tres marcas, el proceso de patentar los nombres en los distintos mercados a los que quieren llegar con sus exportaciones es lento. Por eso, las proyecciones son tener en dos meses el nombre, para salir a fin de año con los primeros vinos. Tendrán dos líneas: una top Premium y otra clásica de reserva, ya que la idea es alejarse del volumen.

 

Alfonso explica la apuesta: “Chile ya se posicionó con buenos vinos y baratos, así que creo que, como están las cosas, se ha demostrado que nuestra decisión por lo Premium es buena. Hoy es difícil vivir con vinos de 30 dólares (la caja), nosotros estamos apostando a 50 y 60 dólares, donde los volúmenes son más chicos pero sí tienes bastante más aire para aguantar los vaivenes del tipo de cambio”.

 

Cristóbal precisa: “¡50 o 60 dólares para empezar!” y agrega que su idea es contar con lo que él denomina “un jardín de variedades”, donde convivan cabernet sauvignon, syrah, carménère, malbec, petit verdot, tempranillo y mourvèdre.

 

“Lo que busco es tener mayor complejidad en mi cocina, tener todas las especies diferentes para poder lograr un producto más interesante. Hay una mezcla entretenida para apuntar a esta nueva línea sobre los 60 dólares”, agrega el enólogo.

 

La producción de los Undurraga será ensamblaje de tintos. Lanzarán este año un cabernet y un syrah en la línea clásica, reserva. En la línea top Premium, será un cabernet con un 15% de juego con distintas cepas, para lograr un producto distinto. “Quiero que digan que este es un cabernet diferente”, comenta Cristóbal.

 

En un primer momento, se concentrarán sólo en tintos, aunque los hermanos tienen un proyecto para blancos en carpeta, algo que proyectan a “largo plazo, aunque ya tenemos visto el campo”, señalan.

 

La conformación del equipo

 

El nuevo proyecto tiene a Alfonso Undurraga Mackenna con un entusiasmo renovado. Cristóbal, quien trabaja el día a día con él, señala que su padre ha vuelto a nacer. “Lo he visto súper contento y cada vez que mira el campo me dice: pensar que hace un año y medio no teníamos nada y hoy tenemos el campo, ideas nuevas. Tiene tanta energía que hoy no tiene ni secretaria. Incluso es él quien va al banco y hace los sobres para pagar a los trabajadores. Eso es notable. Imagínate, él pasó de presidente de la Viña Undurraga, de las grandes decisiones, a este nuevo proyecto. Es un cambio potente para alguien que trabajó 40 años en lo mismo y que fue capaz de sobreponerse a crisis súper complejas. Haber pasado por todo eso, haber visto resurgir su empresa, hacerla exitosa y luego haberla tenido que vender es como para caer en depresión. Pero no lo hizo y de hecho, este proyecto ha sido para el papá una inyección de energía”.

 

En el nuevo plan trabajan a tiempo completo el patriarca del clan en la parte administrativa y Alfonso, que está empezando a sumarse a la parte comercial, especialmente ahora que los vinos están por salir.

{mospagebreak}

 

A cargo del tema enológico está Cristóbal, quien trabaja junto a un enólogo joven y a la asesora Irene Paiva, que fue varios años la enóloga jefe de San Pedro y que encabezó todos los proyectos Premium de esa viña, ayudando a desarrollar Tabalí y Altair. “La idea es ir armando un equipo bueno. Hoy tenemos un asesor en viticultura que es muy fuerte a nivel nacional y estoy en conversaciones con un geólogo de la Universidad de París, que nos va a asesorar en toda la parte de terroir. También estamos hablando con un enólogo italiano que asesora bodegas en todo el mundo, para que nos venga a dar una mano”, explica Cristóbal.

 

En el desarrollo de marca y diseño, trabajan desde febrero. Para ello los asesora el diseñador Matías del Río, quien ya fue al campo a recorrerlo para entender la filosofía de la viña.

 

Como el proyecto es pequeño en volumen –son 20 mil cajas–, no requiere de mucha infraestructura. Por tanto, apuestan a un equipo pequeño, pero muy bien asesorado. “Nuestro proyecto es de más o menos 10 millones de dólares y no es ambicioso en volumen, sino en calidad. Asumimos que es de largo plazo, que se puede consolidar en cinco años. De aquí a 2012 o 2013 estaremos en números rojos, pero es algo que tenemos asumido”, admite el enólogo.

 

Alfonso, que verá la parte comercial, señala que la idea no es pelear en grandes cadenas de supermercados con vinos baratos, ya que su intención es que la gente entienda el proyecto, que lo pruebe y que en base a eso empiece a caminar. “A mí me ha servido mucho también mi paso por la Viña Matetic –donde es gerente comercial–, así que estamos viendo la forma de ir trabajando en forma conjunta, porque los dos proyectos se complementan muy bien”.

 

Cuando salió de Undurraga, Alfonso se fue a armar la plataforma comercial de Matetic, una viña vinculada a la familia de uno de sus cuñados; por tanto, la idea es usar la misma plataforma para colocar a ambas viñas en los mercados. “Ellos son una viña identificada con zona fría costera, nosotros vamos a ser identificados como una bodega netamente de vinos tintos de una zona más fresca pero de cordillera; por lo tanto, no competimos si no que nos complementamos”, comenta Cristóbal.

 

Los mercados que abordarán son tres, en un principio: Europa, que es el fuerte de Alfonso, ya que en Undurraga vendía casi el 70% de los vinos en ese continente, y también está en el plan vender en Estados Unidos y Canadá, mientras que en Chile sólo estarán en tiendas especializadas y restaurantes.

 

Así como el desarrollo del vino blanco está en carpeta, también lo está levantar un proyecto de ecoturismo. Cristóbal es el más entusiasmado con éste: “para mí eso va de la mano, porque si haces un proyecto con origen, debes tener identidad. Mi sueño es tener un pequeño hotel y un restaurante, de tal forma que el día de mañana, la persona que tomó nuestro vino en Islas aimán pueda venir a Chile, llegar al campo, alojar ahí, conocer la viña y empaparse de nuestra filosofía”, comenta.

 

En esta nueva cruzada empresarial, también participa indirectamente otro de los hijos de Alfonso Undurraga Mackenna, Max, uien aporta en las decisiones como socio e inversionista. En tanto, pronto se sumará al trabajo de la viña la primera mujer Undurraga. Se trata de Rebeca, ingeniero comercial que permanecerá hasta abril en Consorcio. “Mi hermana comenzará a trabajar con mi papá en abril. Nunca estuvo en Undurraga y mi papá la convenció de que se metiera en la parte administrativa y financiera y también para que manejara las platas de la familia”, explica Alfonso.

 

Con la incorporación de Rebeca se cerrará una primera etapa del nuevo proyecto empresarial de los Undurraga. Comenzará así un proceso que se viene gestando desde su salida de la viña que lleva su nombre. Un nombre que ahora, desde otra vereda, seguirá aportando a la industria vitivinícola chilena.

 

El proyecto de Cristobal y Alfonso en Argentina

La estadía de cinco años de Cristóbal Undurraga en Mendoza dejó huella… y no sólo en su memoria. Mendoza lo cautivó, en especial en lo que se refiere al concepto de terroir que se desarrolla al otro lado de la cordillera. Y lo hizo a tal grado que cuando tomó la decisión de volver a Chile quiso buscar algo que lo siguiera manteniendo con un pie en esa tierra.

Fue así como tomó contacto con Ricardo Toso, un vitivinicultor descendiente de una familia ligada por más de 200 años al mundo del vino y que, al igual que los Undurraga, vendió su viña Bodegas Toso, en los 80.

“A Ricardo lo conocí en 2002, cuando estaba en Kaikén y comencé a trabajar con su viñedo. Tiene unas uvas de gran calidad; de hecho, parte de mis mejores vinos los saqué de su viñedo. El tenía 20 hectáreas de las cuales vendía cinco a Kaikén y el resto, a otras bodegas que se peleaban sus uvas. El año pasado, cuando me vine, hablé con él y le dije: Ricardo ¿qué te parece empezar un proyecto chico?, y aceptó”, dice Cristóbal, quien añade que eligió “las dos mejores hectáreas del campo para hacer un vino de guarda larguísima. Va a ser un vino que va a costar conseguirlo, esa es nuestra idea”.

Pero les faltaba la parte comercial, ante lo cual decidieron invitar a unirse al proyecto, también como socio, a su hermano Alfonso.

El viñedo de Ricardo Toso está en una zona muy renombrada de Mendoza que se llama Altamira, de donde han salido los vinos con mejor puntaje de Argentina. “Hicimos vino 2007 malbec, que estará dos años en barrica y lo vamos a sacar a mitad del 2009”, señala Cristóbal y agrega: “después de 5 años viviendo allá me tenía que inventar un pretexto para seguir yendo una vez al mes a comerme un bife chorizo”. Sin embargo, la verdad es que, para el enólogo, Mendoza constituye un gran atractivo: “tiene mucho el concepto de terroir, como se maneja en Francia, y que siempre ha sido parte de mis sueños”, sentencia.