Alejandro Zambra aborda la culpa de muchas familias en los 80. Una mirada feroz a los barrios suburbanos y a las distancias siderales que de pronto se abren entre padres e hijos. Por Marcelo Soto.

 

  • 17 junio, 2011

 

Alejandro Zambra aborda la culpa de muchas familias en los 80. Una mirada feroz a los barrios suburbanos y a las distancias siderales que de pronto se abren entre padres e hijos. Por Marcelo Soto.

 

Formas de volver a casa, la tercera novela de Alejandro Zambra, empieza y termina con un terremoto. La fórmula puede ser un pie forzado, pero habla de la manera en que el autor entiende el proceso de escritura: una construcción literaria que no esconde su carácter de objeto, de artificio, de algo inventado y diseñado como quien arma un acuario o un mini zoológico. Como arquitectura, el relato parece una casa hecha con palitos de fósforos, frágil, pero prodigiosa.

Zambra, nacido en 1975, es una de las voces de mayor prestancia en la escena literaria joven en español, aunque la suya sea una voz dicha sin alaridos. El autor no grita ni dicta cátedra. A veces su tono se asemeja a un murmullo, otras a una canción triste tocada con guitarra de palo. Pero nunca –o más bien casi nunca- desafi na, aun cuando muchas veces camine por el filo, tomando riesgos (el exceso del yo, la nostalgia) que en otros escritores con menos talento serían desastrosos. Zambra, que partió como poeta, se da el gusto de abusar de ciertas palabras, como “bello”, sin temor a sonar cursi. Y aunque habla de asuntos muy íntimos, mantiene una especie de pudor, un respeto por los silencios y por las zonas a las que la literatura no puede ingresar.

Formas de volver a casa se estructura en cuatro partes, y como ya hemos dicho, su arquitectura es tan austera como elemental. La primera sección presenta a un chico de 9 años que vive en Maipú durante la dictadura: sus padres se mantienen al margen. No son ni pinochetistas ni opositores. Justo la noche del terremoto de 1985 conoce a Claudia, quien le pide un extraño favor: espiar a su tío Raúl, que vive en la casa de al lado. El niño, medio enamorado, se dedica con fervor a la tarea, sin entender nada. Se pierde por la ciudad y se pierde él mismo en su afán por congraciarse con la muchacha.

Luego pasamos a una segunda parte narrada por un escritor, que nada hace dudar de que sea el propio Zambra, quien escribe la novela del niño de Maipú. Este narrador vive un paréntesis de reconciliación amorosa con su ex mujer, Eme. Se acuestan y pasan algunos momentos juntos, pero nada vuelve a ser como antes. De hecho, ella se niega a leer el borrador de la novela que él está escribiendo.

En un tercer segmento volvemos a la historia del niño en Maipú varios años después. Se ha convertido en profesor de literatura y de pronto se reencuentra con Claudia, radicada en EEUU, quien vuelve a Chile luego de la muerte del padre. Entonces el protagonista conoce el secreto que la llevó a pedirle que espiara a su tío.

En el último capítulo, recuperamos la voz del escritor que escribe la novela que podría ser Formas de volver a casa, logrando de esa forma que el relato se repliegue en sí mismo, como un formidable artefacto literario. Pero la gracia del asunto es que no se trata de una pura formalidad ni tampoco de un relato cerrado. Hay muchas puertas abiertas, muchas fracturas por las que atisbamos luces que vienen de una parte que no está escrita. La lectura, de esa manera, se disfruta como disfrutamos un helado de barquillo. ¿Encanto? Quizá no sea esa la palabra.

La novela de Zambra es una novela sobre la culpa: la culpa de los niños cuyos padres apoyaron a Pinochet en silencio y la de los que hubiesen querido que sus padres no se involucraran tanto. “Volvemos casa y es como si regresáramos de una guerra, pero de una guerra que no ha terminado. Pienso que nos hemos convertido en desertores. Pienso que nos hemos convertido en corresponsales, en turistas”.

Los mejores momentos de Zambra llegan cuando asume la voz de un novelista que se hizo conocido con novelas cortas, un tipo abrumado por cierto rencor ante un padre pinochetista y una madre que lee best sellers que él detesta. No es una mirada amena ni condescendiente. Hay algo feroz allí.

Formas de volver a casa. Alejandro Zambra. Anagrama, 164 páginas. Santiago, 2011.