Por: Juan Venegas El cantautor neoyorquino, a pesar del tiempo y las arrugas, aún parece el chico explorador, de rostro y voz angelical, que cautivó a los baby boomers y conquistó a los padres que desconfiaban, en esa época, de los discursos insolentes de The Rolling Stones y Bob Dylan. Junto a su compañero Garfunkel, […]

  • 7 julio, 2016

Por: Juan Venegas

Paul-Simon

El cantautor neoyorquino, a pesar del tiempo y las arrugas, aún parece el chico explorador, de rostro y voz angelical, que cautivó a los baby boomers y conquistó a los padres que desconfiaban, en esa época, de los discursos insolentes de The Rolling Stones y Bob Dylan. Junto a su compañero Garfunkel, ambos jóvenes de clase media y educación de college, llevaron a nuevas alturas la composición de música folk, integrando elementos urbanos y poéticos, retratando con sutileza y encanto a la sociedad emergente de los años sesenta.

Como solista viajó por el altiplano en busca de mágicas raíces (Duncan), experimentó con el gospel y el soul (Still Crazy After All These Years), compuso un superéxito de reggae (Mother and Child Reunion), para finalmente caer de rodillas frente al sonido vivaz de las guitarras y percusiones de Soweto (Graceland), que abrieron nuevos territorios para los compositores populares de Occidente.

No obstante, su búsqueda parece lejos de concluir. Ya sea hurgando en el pasado, siendo fiel al rock de los 50, un amante de los ensambles vocales del doo-wop, o simplemente descubriendo nuevas influencias, como el productor italiano de música EDM “Clap Clap” (Digi G’Alessio). Nada mal, diría, para alguien que, hace años, podría haber buscado un retiro dorado en las cálidas playas del estado de Florida, donde el sol parece nunca irse.

Ése es el valor de Stranger to Stranger, su mejor registro desde Graceland (1986): el autor de Homeward Bound y The Boxer se renueva para que su música no huela a añejo o repetición. Busca sonidos inéditos en la India, o se dedica a investigar la teoría microtonal de Harry Partch, quien, además de fabricar una serie de instrumentos bizarros, logró escuchar 43 tonos en una octava, en contraste con los 12 de la escala musical europea.

Simon cuenta que todo partió en una temporada de invierno emocional; frente a un paisaje desértico, sin ideas, y con la ansiedad de no tenerlas. En parte, encontró la inspiración en el aura mágica de las atmósferas microtonales y, sorpresivamente, en el incansable batir de palmas y zapateos de un grupo de flamenco de Boston.

El álbum es percusivo, rico en sonoridades, que mezclan gospel, guitarras de afro pop, ritmos cubanos y arreglos orquestales clásicos. El cruce de influencias permite que el registro se disfrute desde múltiples ángulos. Aunque todos hablan de lo mismo: de un Simón feliz, sobrecalificado, resuelto y prolijo en su particular musicalidad. Templado en los momentos agitados, fino y sensible en los minutos de romanticismo, el disco conduce al auditor por caminos con variados límites de velocidad, desde las aceradas rítmicas de Werewolf y Riverbank, hasta la sencillez folk de Stranger to Stranger, Proof of Love y los bellos ecos clásicos de Insomniac’s Lullaby.

Como siempre, la ironía neoyorquina brota en sus letras; el autor registra también la desigualdad económica (Wristband), y se sorprende de la ignorancia y la arrogancia que han secuestrado el debate norteamericano, en referencia a Donald Trump. El cantante ha dicho que el candidato republicano es un adicto al odio, pero que lo peor de todo es que los norteamericanos parecen disfrutar su discurso.

Por eso, cuando Bernie Sanders le pidió autorización para usar su clásico America en uno de los avisos de su campaña, no dudó un segundo. Para Simon fue una cuestión lógica y de valores comunes. Sanders es de su misma edad, votó contra la guerra de Irak y ha denunciado cambio climático.

El tema político no es la matriz del álbum, sino el reencuentro del viejo Simon con el goce de escribir canciones. Admite que el proceso no es tan mágico e intenso como en los tiempos de Bridge Over Troubled Water, pero que aún siente asombro frente al enigma de cómo una idea se instala en el cerebro para luego transformarse en canción.

Luego de un año marcado por la muerte de figuras como Bowie, Glenn Frey y Prince, es un privilegio ver que Simon mantiene intacta su energía y que su legado se sigue extendiendo disco tras disco. Aunque ya no es el chico que le habla a la oscuridad, su vieja amiga, acerca de los sonidos del silencio, Simon sigue haciendo de sus acordes un mejor mundo. Y tal como dice al final de Insomniac’s Lullaby, “los sonidos en sus oídos, son la música que arrollan la Tierra”. •••