• 21 abril, 2011



Es en la síntesis entre igualdad y libertad, y no en el péndulo entre una y otra, donde se encuentra el futuro del socialismo chileno.


El Partido Socialista de Chile realizará su Vigésimo Cuarto Congreso durante los próximos días 7 y 8 de mayo, en Santiago. Más allá de la baja cobertura mediática que pueda recibir el evento –hoy los partidos políticos no se encuentran en el top list de prioridades de nadie—, lo cierto es que el Congreso del Partido Socialista importa, o al menos, debiera importar mucho. Porque en un partido de la tradición del PS, los Congresos suelen ser escenario para definiciones de relevancia.

En su historia se han visto definiciones de distinto tipo. Ha habido definiciones ideológicas (como fueron el Congreso de 1947 que declaró el “humanismo socialista”, o el Congreso de 1967 y la adscripción del PS a la revolución armada, o el de 1990 que unifica al socialismo), y las ha habido meramente tácticas (como el Congreso de 1998, que virtualmente proclamó a Lagos como candidato para las primarias contra la DC, o el de 2008, que equivocadamente decide escabullir el tema de la designación del candidato presidencial, terminando con tres candidatos fuera del partido: Arrate, MEO y Navarro).


¿Cuáles debieran ser aquellas definiciones de relevancia en el contexto actual? El PS debe resolver y saber definirse, a mi juicio, al menos en los siguientes dilemas:


Primero, servir de base y soporte para la Concertación. No cabe duda de que la centroizquierda deberá tener la habilidad para convocar más allá de lo que son sus propias huestes partidarias. Así como hubo varios miles que no apoyaron al candidato que presentó la Concertación en 2009, hay varios miles más –muchos de ellos, no inscritos—que se sienten más cómodos en el mundo de las organizaciones sociales o en movimientos específicos por causas concretas. A ese mundo se debe convocar, pero sería una insensatez hacerlo desde fuera de la Concertación. Hay en ella, aún, una importante base social de apoyo y sobre todo, una constelación de redes políticas esparcidas por todo el país. Y para resolver ese dilema, se necesita que el PS se siga mostrando inequívocamente convencido de la relevancia histórica y política de la alianza del centro con la izquierda. La manera de hacerlo no es fácil. El desgaste de “la marca Concertación” es real. Pero si de verdad se quieren ganar las elecciones y lo que es más importante, si de verdad se quieren ganar las elecciones para hacer cambios profundos en la sociedad, se necesitan mayorías amplias. Y eso es la Concertación.


Segundo, el PS tiene el desafío de organizar la oposición al gobierno de Piñera. Ni sal ni agua no son opciones en el mundo de hoy, cuando la gente es más exigente respecto de sus políticos. La unidad nacional tampoco es opción: no se puede participar en el esquema de unidad solicitada por el gobierno cuando el propio gobierno hace zancadillas y pega patadas por debajo de la mesa. El justo equilibrio entre oposición clara, pero a la vez, responsabilidad con el país. Al populismo soft del gobierno de Piñera no se puede responder con más populismo.


Tercero, el PS tiene el gigantesco desafío discursivo de ser la bisagra entre lo hecho y lo por hacer. Hay un tema no resuelto en este sentido dentro de la Concertación: ¿cuánto orgullo por la obra y cuánta autocrítica por lo pendiente? ¿Cómo dar sentido político a lo pendiente, sin que por ello se menoscabe lo realizado? Al PS le corresponde un rol crucial en este sentido, dado que de sus filas provino la última de los presidentes de la Concertación.


Cuarto, el PS debiera asumir que el continente puede ser adjetivo, pero que en política se hace tan importante como el contenido. La organización del partido debe mejorarse sustantivamente y ponerse al día con lo que es el chileno del siglo 21.


Finalmente, el PS tiene un desafío que probablemente no resolverá este Congreso, pero es un camino que al menos debiera empezar a recorrer. Se trata de su definición ideológica o programática. En primer término, acabar con una cierta retórica nostálgica y afirmar que se trata de un partido franca y orgullosamente socialdemócrata, en sus variantes más modernas. El malestar que se aprecia en parte de sus bases y de su dirigencia no se condice con la adhesión que suscitan algunos de sus líderes en la opinión pública. En sencillo: no puede tener al presidente más popular de la historia de Chile (Bachelet) y al mismo tiempo quejarse tanto de su gobierno.


Pero hay más. El PS no ha aquilatado, a mi juicio, el cambio profundo en los ciudadanos del siglo 21. Ciudadanos que valoran los ideales igualitarios de la socialdemocracia, pero que valoran de la misma forma las libertades que han ido conquistando. Es en la síntesis entre igualdad y libertad, y no en el péndulo entre una y otra, donde se encuentra el futuro del socialismo chileno.