• 14 diciembre, 2010


Ubica a los más ricos en escuelas particulares, crea un subconjunto de personas que compiten por acceder a particulares subvencionados con capacidades y recursos muy diversos y resigna a quienes carecen de opciones a una educación municipal deteriorada y en caída libre.


En uno de sus poemas, no recuerdo en cuál, Pablo Neruda instala una línea inolvidable: las palabras son las alas del silencio… Más allá del mérito literario, la enseñanza que a mí me deja esta frase es que las palabras no tienen un valor en sí mismo, sino que éste depende de cuánto silencio hay detrás de ellas. El silencio del tiempo necesario para construir una idea, moldearla, empujarla hacia la luz, convertirla en una palabra.

Entonces, con la libertad de quien no es experto en educación pero sí un ciudadano con profundo interés en las cuestiones públicas, me atrevo a compartir impresiones sobre la reforma educacional que se discute por estos días en el Congreso Nacional.

Me interesa, sobre todo, convertir en palabras los que son sus principales silencios, los valores implícitos, aquello que no se dice pero que explica el proyecto en parte importante.

En mi opinión, esta es la reforma de la desigualdad.

Todos sabemos –la evidencia es abrumadora al respecto– que nuestro sistema educacional repite las desigualdades presentes en nuestra sociedad. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo ha situado a nuestra sociedad entre las más desiguales del mundo, mientras que los datos de las mediciones CASEN indican que el 20% más rico de la población tiene ingresos 12 veces más altos que el 20% más pobre.

Pues bien, la lógica de nuestro sistema educacional ubica a los más ricos en escuelas particulares, crea un subconjunto de personas que compiten por acceder a particulares subvencionados con capacidades y recursos muy diversos (sin que sus promedios destaquen en modo alguno) y resigna a quienes carecen de opciones a una educación municipal deteriorada y en caída libre.

Nada de esto cambia con la reforma. La idea subyacente en ésta es que el sistema es bueno, probablemente porque afirma que los mejores alumnos se irán moviendo en una suerte de escala evolutiva de modo de elegir el mejor establecimiento. Tanto es así, que el presidente Piñera declara que le interesa que los jóvenes se peleen por acceder a los liceos de excelencia que se propone crear.

Estoy en desacuerdo.

Un sistema educacional como el nuestro tiene sentido en la medida en que permita que una pluralidad de ideas y concepciones se expresen en las escuelas. Bienvenida la libertad de educación.

Pero ¿de qué libertad hablamos cuando los más pobres carecen de ella? Mis amigos de fundaciones educacionales muy respetadas me dicen que sus resultados con alumnos de sectores pobres son la demostración del valor de la disciplina y del hacer las cosas bien. Pero, ¿de qué estamos hablando si en la práctica sus resultados descansan en una combinación de selección de los estudiantes y de libertad para administrar los recursos docentes?

Y a los demás, ¿los vamos a dejar botados?

Nuestra sociedad en su conjunto está en deuda. ¿Acaso no es disciplina y gusto por hacer las cosas bien el trabajo de miles de chilenos que, con pésimos salarios, en función de una productividad que no pueden alterar se esfuerzan por sostener una economía que genera mucha riqueza, aun cuando está mal distribuida? ¿Los vamos a poner además a competir por llevar a sus hijos a una escuela particular subvencionada que, de verdad, va a agregar muy poco valor a sus vidas?

¿Son los niños y los jóvenes los que tienen que pelear su acceso a un liceo de excelencia (siempre pocos, siempre insuficientes) o es el país quien debe –con gratitud, inteligencia y visión de largo plazo– asegurar que los hijos de quienes se desloman trabajando tengan acceso a una educación de calidad que les permita construir un buen futuro?

Ese es el rol de la educación pública. Y en esta reforma no hay una palabra de fondo sobre ella. ¿O vamos a seguir creyendo que municipios que con dificultad cumplen sus funciones más básicas están en condiciones de administrar la educación? Desde la municipalización en adelante, salvo honrosas excepciones, no han sido capaces de hacerlo. Por lo demás, ¿sabe usted de algún colegio particular que vaya a disminuir sus horas de ciencias sociales para aumentar las de matemáticas y lenguaje? Intuyo que no, y es una vergüenza. Entonces, lo que haremos es fingir que hemos tomado una medida que mejorará las competencias de nuestros niños… sin que el fondo de lo que hacemos cambie en lo más mínimo.

¿Apoyo especial e incentivos para que buenos estudiantes ingresen a Pedagogía? De acuerdo, pero, ¿para abandonar la educación pública reduciéndola a su mínima expresión en beneficio de una educación particular subvencionada que, con financiamiento público, es incapaz de garantizar estándares de calidad? Por ningún motivo.

Respeto el derecho del gobierno a proponer su reforma. No discuto su buena fe. Pero es una reforma que mantiene la desigualdad y estoy convencido de que el éxito futuro de Chile y de todos los chilenos va exactamente en la dirección contraria. No agregaré mi silencio a los silencios de la reforma.