Por Vivian Berdicheski S. Fotografías: Verónica Ortíz Recorrer Las Cruces genera más preguntas que respuestas. Adentrarse en sus calles y pasajes, algunos bastante primitivos, rápidamente hace pensar ¿cuál es su encanto? Es que efectivamente la gracia de este balneario se descubre de a poco. A medida que pasa el día, que se recorren sus playas […]

  • 24 febrero, 2014

Por Vivian Berdicheski S.
Fotografías: Verónica Ortíz

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Recorrer Las Cruces genera más preguntas que respuestas. Adentrarse en sus calles y pasajes, algunos bastante primitivos, rápidamente hace pensar ¿cuál es su encanto? Es que efectivamente la gracia de este balneario se descubre de a poco. A medida que pasa el día, que se recorren sus playas y que se devela que parte importante de la historia de este país se ha escrito en un lugar donde no hay más de tres restaurantes, donde aún el supermercado tiene pinta de almacén y el apuro no ocupa parte en la vida de los lugareños, uno va encontrando ese encanto oculto.
Hace más de dos décadas que Nicanor Parra vive ahí y para muchos sería argumento suficiente para decir que este pueblo, de no más de dos mil habitantes, es símil a Isla Negra de Pablo Neruda o a Cartagena de Vicente Huidobro. Pero a poco andar la comparación resulta antojadiza. Siendo objetivos, Parra no es el único. Las Cruces lleva la delantera en cuanto a escritores, pintores, arquitectos, políticos, entre otros, que han encontrado su inspiración en este enclave costero.
Podría resultar caprichoso volver a preguntarse por su magnetismo. Sin ir más lejos, hace poco más de 10 años apareció una nueva camada de ilustres. Unos que por primera vez se asientan y otros que volvieron después de haber pasado su niñez viendo películas en el cuartel de bomberos, recogiendo machas en la Playa Grande o jugando lotería en el Santisan por un tarro de duraznos.
Entre ellos, la pareja compuesta por Tere Undurraga, dueña de Emporio La Rosa, y el periodista Felipe Bianchi; Morgana Rodríguez, encargada de cultura de la Municipalidad de Santiago; Francisco Torres, director ejecutivo de la Fundación Neruda; Patricio Fernández, director de The Clinic, quien trató infructuosamente de comprar la casa donde vivió Pancho Casas, ex Yegua del Apocalipsis, y que finalmente fue adquirida por Jack Arama, gestor inmobiliario dueño de la ex sombrería Girardi.
A ellos, se suman lugareños de mayor data, como Eduardo Labarca, autor de La historia sentimental de Allende; Harol Gudolin y Marcia del Canto, parte de la Compañía Royal de Luxe; Reinaldo Sapag, escritor, economista y académico; Elene Girux, dueña del Colegio La Girouette; Andrés Richards, arquitecto y académico; la escritora Diamela Eltit y su marido el ex candidato presidencial Jorge Arrate; el economista Andrés Pica Pemjean; la poetisa Carmen Berenguer y el escritor y guionista Gustavo Frías. Por sólo nombrar algunos.
Aquí la gente se suele encontrar caminando, en la playa o en la fila del supermercado. A lo más se juntan en el Bellavista, Puerto Cruz o Puesta de Sol que quedan uno pegado al otro, y sólo se diferencian por su carta. El primero tiene un menú casero y los otros dos comida internacional. Para Diamela Eltit, “Las Cruces es mi balneario top. Me gusta porque tengo la necesaria privacidad que requiero con una vista muy privilegiada, pero también está el pueblo con todo su movimiento playero”.
“Las Cruces es un poblado de dimensiones caminables. A poco andar te encuentras con diversos paisajes naturales. Lo que suma a una arquitectura que supo adaptarse a la pendiente siguiendo el llamado modelo de ciudad jardín. Socialmente, conviven grupos muy disímiles, pero si hay que buscar un denominador común es su ambiente familiar. Históricamente han pasado grandes personajes, pero nadie se detiene en ello porque todos están haciendo lo mismo: disfrutando de un lugar único”, cuenta el arquitecto Andrés Richards.
Luis Merino, investigador y artista plástico, quien vive desde los siete años en la localidad, considera al pueblo un lugar antipoético, donde todos se juntan, se conocen y participan. “Nicanor Parra unió lo popular con lo académico y de este cruce aparece la antipoesía. Nosotros seguimos compartiendo los unos con los otros. Por ejemplo, en la tarde me puedo tomar una cerveza con el señor del aseo y en la noche una copa con Gustavo Frías, y después estoy en la casa del abogado Ovalle comiendo ostras. Nicanor puede estar invitado a la casa de la Tere Undurraga o se lo puede ver sentado en una banca observando la puesta de sol o en un restaurante con gente destacada. Aquí los unos con los otros, nos llamamos vecinos”, señala.

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El arribo de Nicanor
La historia de la llegada de Nicanor al balneario de la V Región es curiosa. La casa de reposo de Las Cruces estaba administrada por un doctor que se llamaba Enrique Lagos Pinto (quien era compañero de curso en Chillán de Nicanor). El hermano de Enrique, Tomás Lago (se quitó la s final de su apellido), era un gran intelectual de la época, coescritor del libro Anillos junto a Pablo Neruda y fundador del Museo de Arte Popular. Tomás y Nicanor se hacen muy amigos y deciden viajar juntos a Las Cruces a visitar a Enrique. Cuando llegan, según contó el antipoeta a Claudio di Girolamo para el programa Bellavista 0990, descubrió “que todas las personas tienen un lugar y para mí Las Cruces es mi lugar”.
En la década de los 80, compró una casona que los lugareños llamaban La Pajarera, a la que él rebautizó como Castillo Negro. Al tiempo, La Pajarera se incendió y Nicanor decide comprar la casa de al lado que había construido Mario Navarro, padre del empresario Andrés Navarro, donde la familia pasó largas temporadas. Fue en esos años que Nicanor fija residencia definitiva en Las Cruces.
Son varias las historias que se tejen alrededor de los Parra y Navarro. Existe un mito sobre un cuadro de Matta intervenido por Parra que se titula el MattaParra, en el cual habrían sido “retratados” algunos integrantes de la familia Navarro. Además, es sabido que el fundador de Sonda es un importante coleccionista de antipoesía y que Quena Navarro, sobrina de Andrés, junto a su marido Víctor Jiménez filmaron durante 11 años a Nicanor, trabajo que quedó plasmado en el documental Retrato de un Antipoeta.

De religioso a artístico
No hay duda, Las Cruces hoy está de moda y, a pesar de que no ha cambiado mayormente en su fisonomía, sí varió su carácter. Pasó de enclave católico a enclave plástico literario. Sin ir más lejos, el último festival literario reunió a 42 autores de la zona que presentaron sus publicaciones. Incluido Parra.
Entre las primeras familias que llegaron a Las Cruces estaban los Marín, después los Navarro, luego los Errázuriz y los Casanueva. A este último clan pertenecía monseñor Carlos Casanueva, quien fue rector de la Universidad de Chile. Monseñor pasaba tres meses al año en el lugar y era el encargado de oficiar misa, aunque también lo hacía Fray Pedro Subercaseaux (pintor).
La familia del cardenal Francisco Javier Errázuriz también es oriunda de Las Cruces. El cardenal pasó su niñez en el balneario y de hecho la calle principal lleva el nombre de Pedro Errázuriz Tagle, su abuelo. El cura Felipe Berríos, parte su primer libro 100 pensamientos contando una anécdota que le sucede en Las Cruces y que marca su posterior visión jesuita.
Reinaldo Sapag, brazo económico del Cardenal Silva Enríquez también es parte de la historia de la localidad. “Estas personas además de ser conservadores católicos también tenían amigos ligados al arte, por ejemplo los Marín eran amigos de Baldomero Lillo. De hecho, uno de los cuentos de Lillo transcurre en Las Cruces y eso que sólo escribió 44 relatos en su vida. Una hija de los Marín se casó con Juan Francisco González (pintor) y a través de él entra al El Grupo de los Diez, colectivo que apelaba a la chilenidad en el arte. Pedro Prado también fue parte del grupo e incluso se pensó en hacer una Torre de los Diez en la Punta del Lacho –un mirador ubicado al norte de la Playa Chica desde donde se aprecia gran parte de la costa del Pacífico–, proyecto que no se concretó.
En los 70 llega Gustavo Frías, quien escribió el guión de Julio comienza en Julio, Caluga o Menta, Amnesia hasta el programa de televisión Y si fuera cierto, además de Tres nombres para Catalina, en Las Cruces; y Jaime Silva (dramaturgo que hizo el Evangelio según San Jaime), a quienes luego se sumó Nicanor Parra.
“En los 90, Francisco ‘Pancho’ Casas, escribe íntegramente la historia del colectivo que creó junto a Pedro Lemebel, Las yeguas del Apocalipsis, en Las Cruces. Casas atrae a un grupo de intelectuales, como la escritora Carmen Berenguer, el director de cine Yura Labarca y el abogado Esteban Ovalle. Algunos de ellos compran casas patrimoniales con vista al mar que en esos años no alcanzaban a costar 30 millones de pesos. Muy lejos de avalúo actual”, confirma Luis Merino quien escribió el libro Las Cruces, Barrio El Vaticano. Hoy, una casa pequeña sin vista supera los 25 millones de pesos.
En Las Cruces hay más historias que habitantes, como el relato de Andrés Richards: “Cuando no había sol, realizábamos caminatas a la caleta, la Virgen de los cajones, Punta el Lacho y la Gota de Leche. En el Quirinal estaba una casa abandonada que llamábamos ‘La Casa Embrujada’. El mito era que tenía un pozo donde había caído un niño que penaba. La prueba era pasarse y acercarse al pozo. Hace poco le conté esta historia a su dueña actual, Carmen Berenguer”.
O lo ocurrido a Diamela Eltit. “Mi casa se quemó la primera noche que nos quedamos con Jorge Arrate –debo señalar con humor autoalabatorio que la casa es mía– se consumieron libros, cuadros, muebles, pero no fue trágico porque salvamos pellejo y los objetos van y vienen. Nueva construcción. Total, casa nueva, vida igual”, cuenta con humor. A pesar de la traumática experiencia deciden reconstruir en el lugar. Algo hay ahí.
Los que optan por Las Cruces buscan y encuentran tranquilidad. Una paz que están dispuestos a cuidar para que el balneario mantenga ese encanto que a primera vista es difícil de descifrar. •••