• 11 marzo, 2008

Un reciente artículo de Alvaro Vargas Llosa se hace cargo de lo que denomina la desesperación conservadora.“Un movimiento que cifra sus esperanzas en tres líderes diferentes de manera sucesiva en el transcurso de una misma elección primaria –escribe el director del Centro para la Prosperidad Global del Independent Institute– tiene que estar desesperado. Primero, apostó por el actor y ex senador Fred Thompson, cuya candidatura fue virtualmente impuesta por conservadores que observaban el abanico republicano con desamor. Cuando Thompson fue incapaz de alzar vuelo, comenzaron a tratar a Mike Huckabee, el ex pastor bautista y ex gobernador de Arkansas, como su abanderado de último minuto. Finalmente, temerosos de que el senador John McCain obtuviese la nominación, se pasaron a Mitt Romney, el ex gobernador de Massachusetts, a quien habían menospreciado durante la mayor parte de la campaña debido a sus cambios de posición y, de forma más disimulada, su fe mormona”.

Si a este factor se suma la resistencia que genera en el conservadurismo gringo el nombre de quien será el vencedor de la primaria republicana, John McCain, el cuadro de este sector se complica todavía más. Lo que le objetan es que no sea un verdadero conservador. “¿Qué responden los seguidores de McCain, incluido, muy recientemente, el presidente George W. Bush? Pues que se trata de… un auténtico conservador”.

Según Vargas Llosa, “los últimos años deberían haberle enseñado al movimiento en su conjunto que algunos de los objetivos defendidos por las distintas corrientes del conservadurismo son incompatibles entre sí. No se puede tener un Estado pequeño y una política exterior que busque activamente transformar al mundo a su imagen y semejanza. No se puede tener un gobierno compasivo que crea nuevas prestaciones y eleva los presupuestos de todas las dependencias –desde el Pentágono hasta los departamentos de Agricultura y Educación– si tiene intenciones reales de rebajar el gasto y la burocracia. No se puede utilizar al Estado para imponer ciertos códigos morales y al mismo tiempo hacer de la libertad individual la base del credo político en cuestión”.

“Si yo fuese un conservador estadounidense –concluye Vargas Llosa– no entraría en pánico. Apreciaría esta oportunidad de llevar a cabo un debate abierto, casi terapéutico (preferiblemente desde la oposición), durante los próximos años para luego regresar con una idea cabal de quiénes somos. Toda la nación, y no sólo la familia conservadora, se benefi ciaríacon ese proceso de depuración”.