• 14 mayo, 2009

La campaña del 1% no es un tema económico, sino pastoral y de adhesión a la Iglesia. Hay una desproporción entre el bien inmenso que ésta realiza y la forma en que los católicos colaboran con ella.

Contribuir a la Iglesia, con el 1% de los ingresos es una manera muy concreta de hacerse cargo de la inmensa obra que ésta realiza evangelizando al mundo entero, sirviendo a los católicos y apoyando y promoviendo su vida espiritual.

Es un mandamiento hacerse cargo de ello porque, si bien es cierto que la Iglesia Católica tiene muchos inmuebles, todos están destinados al servicio de la comunidad y al culto de Dios.

Todo católico debiese contribuir al sostenimiento de la Iglesia, ya que si bien la institución realiza una misión espiritual, evangelizadora y de caridad, no está exenta de obligaciones. Hay que pagar el agua, la luz, las patentes de los autos, los sueldos de los colaboradores, etc. Y esos recursos deben surgir de las mismas personas que se ven beneficiadas con los servicios que entrega.

Los templos y las capillas, en general, están muy mal conservados porque no hay recursos para mantenerlos. En Chile hay 4.000 recintos que dependen de la Iglesia, a los que se suman las casas sacerdotales y los colegios de los sectores más pobres.
Sin embargo, y lamentablemente, estamos muy lejos de que los católicos contribuyan efectivamente con el 1% de sus ingresos. Me parece que deberíamos ponernos la mano en el corazón y reconocer el valor inmenso que tiene el acompañamiento que la Iglesia realiza en los momentos más importantes de la vida, como el nacimiento, el matrimonio, la experiencia profunda del sufrimiento y de la muerte. Todo eso se realiza en un contexto de mucha gratuidad.

Entregar el 1% es una forma concreta de creer en que somos hermanos, porque el diezmo es el único ingreso redistributivo que existe en la Iglesia Católica. Es decir, las parroquias que reciben más dinero por el 1% lo comparten con las que tienen menos.

En América latina, la única Iglesia que tiene una pastoral constituida del 1% que funciona bastante bien es la chilena. Esa es la demostración de la madurez de los chilenos. Sin embargo, todavía nos falta muchísimo: la mitad de los católicos que van a misa todos los domingos no se hace cargo de la mantención de su Iglesia y se conforma solamente con la colecta que va de manera directa a la parroquia, pero que no tiene este efecto de solidaridad hacia los templos más pobres.

Tal vez esta realidad se deba al enorme desconocimiento que existe en torno a los bienes de esta institución. A continuación daré respuesta a los mitos que se oyen con mayor frecuencia, y que causan un gran daño a la Iglesia y a su inmensa labor en la sociedad.

PRIMER MITO: la Iglesia es riquísima. La Iglesia tiene muchos bienes como templos, capillas y colegios, lugares de culto y de caridad, que nunca van a ser vendidos ni arrendados; por lo tanto, son lugares físicos que están al servicio de la gente. Resultaría inimaginable que vendiésemos una parroquia en Providencia porque es rentable construir un edificio. Eso tiene un valor del cual nos tenemos que hacer cargo. Las iglesias son patrimonio de Chile.

SEGUNDO MITO: es lo mismo dar a la Arquidiócesis de la Iglesia Católica que a las obras de caridad relacionadas con ella. Las obras de caridad son valiosísimas y la Iglesia las promueve, pero esa donación no exime de la responsabilidad de entregar el 1% de los ingresos. Esto es un deber de justicia para poder tener templos dignos y sacerdotes adecuadamente preparados para el culto a Dios. Las obras solidarias son un subsidio que destinan organizaciones al Estado, que es el primer responsable de los pobres. Nosotros no podemos suponer que el Estado nos va a ayudar a mantener la profesión de nuestra propia fe. Por lo tanto, solamente contamos con la ayuda de los católicos. La Iglesia se mantiene exclusivamente con el aporte de sus creyentes.

TERCER MITO: nadie controla los gastos. La Iglesia chilena cuenta con los servicios de auditoría de Ernst & Young para todos los recursos que recibe para la labor evangelizadora y se puede dar cuenta de esos ingresos. El dinero recolectado sirve básicamente para dar una congrua de 120 mil pesos mensuales a los sacerdotes; una ayuda económica a las religiosas y a los diáconos; mantención de los templos y todo lo que se requiere para conservar esta gran institución que está al servicio de las personas.

La Iglesia de Santiago tiene un déficit importante de 300 millones de pesos, según el último balance. Aun así hay obras paralizadas por falta de recursos. No hemos sido capaces de construir las parroquias que correspondería frente al crecimiento de la población, y no tenemos la capacidad de enviar sacerdotes a estudiar afuera, etc.

Los católicos no han valorado suficientemente lo que significa, como tejido social, tener 4.000 templos en Chile que promueven a la persona y su dignidad, colaboran con la unión de la familia, fomentan el matrimonio y se preocupan de los jóvenes, entre otros.

La campaña del 1% no es un tema económico, es pastoral y de adhesión a la Iglesia que tanto nos ha dado. Y lo que yo sostengo es que hay una desproporción entre el bien inmenso que realiza la Iglesia y la forma en que los católicos colaboran con ella.

Como obispo quisiera encantarlos para que aprecien el valor inestimable de esta Iglesia de la cual tenemos que hacernos todos responsables. Indicaría a cada católico que va a misa o a un funeral, a despedir a un ser querido; que se siente identificado con su enseñanza y que ha visto que sus hijos se casan o se bautizan; que cuando entre a un templo y lo vea limpio, ordenado y encuentre a un sacerdote preparado, se pregunte quién pagó todo eso, se ponga la mano en el corazón y reconozca que está en deuda.
Finalmente, aprovecho este espacio para agradecer al grupo generoso de empresarios y ejecutivos que ha donado a la campaña comunicacional, que busca dar a conocer y acercar nuestra labor.