La política –y las políticas públicas– están plagadas de buenas intenciones. La gran mayoría de los que entran al servicio público lo hacen con la ilusión de poder aportar, de buena fe, al desarrollo del país. Esto no sólo se aplica a los funcionarios públicos: todo aquel que de alguna u otra manera haya participado en comisiones de expertos, consultorías y asesorías de materias públicas, lo ha hecho con la intención de que sus ideas pueden ser las correctas.

¿Dónde radica entonces la razón por la que gente bien intencionada termina generando pésimas políticas públicas? (v. gr. Transantiago). La izquierda ha representado –en general– la alternativa de que la solución a los problemas puede emanar desde el Estado, desde arriba. Así, se ha visto más expuesta a la tentación planificadora: aquella que cree que el poder puede solucionar todos los males de la sociedad. Lo curioso es que el ciudadano común suele sentirse seducido y cercano por este tipo de soluciones, también entre aquellos que se proclaman partidarios del libre mercado.

¿Por qué? La respuesta es bastante simple: el error del socialismo consiste básicamente en aplicar la lógica de grupos pequeños a grupos extensos. En una familia, todos nos conocemos, sabemos quiénes somos y manejamos nuestros nombres, características, deseos, virtudes y efectos; tenemos claridad de quién es la autoridad y los roles que juega; los padres toman las decisiones importantes para sus hijos menores porque saben qué es mejor para ellos, y donde la democracia –derechamente– no funciona. Lo mismo, pero quizás en otra escala, puede darse en una micro empresa; un equipo deportivo, un grupo de amigos o un conjunto musical. No obstante, ello no sucede en grupos grandes ni menos en la sociedad: la autoridad no puede saber la preferencia de cada uno de sus integrantes; el poder debe contar con una validación democrática y por ello el mercado es mejor asignando bienes y proveyendo soluciones a las necesidades de las personas en materia laboral, económica, social, religiosa y educativa, entre otras. Ahí donde no podemos ponernos de acuerdo, entra el Estado: Defensa, Seguridad Ciudadana, Actividad Legislativa y Judicial. Por esa razón, cada vez que se esgrime una solución paternalista o populista, una parte de nosotros suele sintonizar con ella; sin embargo debemos ser capaces de darnos cuenta que dicha política sólo tiene sentido en un grupo reducido, allí donde la compasión tiene gran cabida, pero no en sociedades completas donde simplemente no podemos obligar por la fuerza a una nación a ser virtuosa o, al menos, a seguir nuestro iluminado sentido público.

Los profesionales no estamos ajenos a esta tentación planificadora: juristas, ingenieros, médicos y arquitectos, por nombrar algunos. Primero, los abogados solemos tener la creencia que mediante leyes podemos arreglarlo todo y a cada problema social solemos invocar la sacrosanta legislación no dictada que conseguirá redimirnos. Ingenieros y arquitectos comparten la tentación: si bien una casa o un puente admiten modificaciones, perfeccionamiento y todo tipo de ajustes en función de la estética, el buen gusto, y la solidez estructural, la planificación territorial, institucional u operativa a gran escala contiene una serie de costos ocultos que no cuantificamos, entre ellos el respeto a los derechos de los demás y los incentivos que generamos. Médicos dedicados y expertos con sus pacientes suelen perder el rumbo en su afán por sanarnos a todos de nuestros males sociales sin consideraciones a los legítimos espacios de libertad individual, aun cuando no se trate de una conducta saludable. Y a todos nos fascina la “Política Nacional de (lo que sea)” a espaldas de las realidades particulares y locales.

Así, de alguna manera, el poder y lo público nos transforman, y nos llevan a pensar que las soluciones que con eficacia y eficiencia aplicamos en nuestros reducidos círculos pueden llevarse urbi et orbe, de manera, a lo menos, ingenua, y a lo más, totalitaria. “Otra cosa es con guitarra”, pero al parecer pensamos que nuestra música puede encantar a las masas, cuales flautistas de Hamelin (de más está agregar cuál fue el destino final de los ratones).

Todos llevamos un pequeño totalitario en nuestro interior que debemos mantener a raya, aun cuando pensemos que podemos pasar de simples profesionales a reformadores sociales en pocos segundos, donde el último toma el control del primero. Después de todo, Hitler, Stalin y Nerón fueron exitosos planificadores profesionales. •••