Por Cristián Bofill
Foto: Fábio Rodrigues Pozzebom, Agência Brasil

  • 20 diciembre, 2018

Jair Bolsonaro (63) subirá por primera vez la rampa del Palacio del Planalto el 1 de enero para inaugurar un gobierno que promete mucho ruido dentro y fuera de las fronteras brasileñas. Los ojos del mundo –especialmente de sus vecinos– están puestos en el ex capitán electo a fines de octubre con promesas como un gobierno de impronta militar, mano durísima con la delincuencia, una revolución económica liberal y una agenda conservadora en educación y costumbres. Además de un giro en política exterior para acercarse a Trump y alejarse del multilateralismo.

En las últimas semanas ha confirmado cada uno de los puntos de su programa. Generales (r) ocuparán las principales oficinas del Palacio del Planalto, ubicadas en el 4° piso, donde está la del presidente. La más cercana será del general (r) Augusto Heleno, hombre fuerte del nuevo gobierno, nombrado jefe del Gabinete de Seguridad Institucional.

Como los gobernantes del ciclo militar (1964-1985), el presidente electo cree en ministros muy empoderados. Paulo Guedes, doctor en Chicago, fusionó en sus manos las tres carteras económicas y se convirtió en un “zar de la economía” casi tan poderoso como el gestor del “milagro brasileño” (69-74), Antonio Delfim Neto. En el papel incluso tiene más poder. Pero Guedes tendrá que navegar en aguas democráticas.

La gran sorpresa ha sido la designación como ministro de Justicia del juez Sergio Moro, responsable por la condena de Lula da Silva. Su cartera también está reforzada con poderes inéditos. Pese a las críticas del PT, su nombramiento es  visto como una gran jugada política, por el prestigio de Moro y la credibilidad que otorga al combate al crimen organizado y la corrupción.

Mucho más controvertida fue la designación del canciller Ernesto Araújo, fuerte crítico de la globalización y admirador de Trump, y la del filósofo Ricardo Vélez como ministro de Educación. Vélez es ex profesor de la Academia de Guerra del Ejército y su nombramiento recibió fuertes aplausos de la poderosa bancada evangélica.

Los obstáculos que tiene por delante el nuevo gobierno no son menores. Un desafío potente es imponerle una abertura liberal a un empresariado acostumbrado a buscar subsidios en los gabinetes de Brasilia. Otro es lidiar con un Congreso fragmentado en 33 partidos y viciado en clientelismo. A su favor juega la tradicional buena voluntad parlamentaria durante la luna de miel, cuyo plazo de extinción lo determinan las encuestas.

Ya está definido el primer paso que dará su gobierno para mantener su popularidad: una feroz ofensiva contra la delincuencia, responsable de casi 70 mil muertes al año. Las Fuerzas Armadas consideran que el crimen organizado es una amenaza a la Seguridad Nacional. Lograron un cambio en la ley para que los militares acusados de crímenes sean juzgados por tribunales castrenses.

La mano se viene muy pesada. El general (r) Augusto Heleno dice que “los derechos humanos son para los humanos derechos”. También estima que a los delincuentes que portan fusiles hay que abatirlos aunque no estén disparando o amenazando a alguien: “Así se procede con el enemigo y estamos en guerra con la delincuencia”. Las encuestas muestran que esas tesis son muy populares. El combate a la delincuencia, al revés de la economía, tiene otra ventaja: la demanda de mano dura es mucho más fácil de atender.