• 7 octubre, 2011



En Europa y Estados Unidos los políticos están de moda. Y lo están no porque estén ejerciendo en forma responsable el poder conferido, sino por su insoportable tolerancia al vértigo y su capacidad de correr con los ojos vendados por las cornisas del hoy frágil andamiaje económico. Por Roberto Sapag Q.


Fue hace poco, a principios de agosto, cuando la agencia clasificadora de riesgo Standard & Poor’s adoptó la inédita decisión de rebajar la clasificación de Estados Unidos. Y lo hizo, como está quedando cada vez más claro, no porque creyera que esta potencia fuera incapaz de cumplir con sus obligaciones –de hecho sus papeles resultaron más apetecidos por los inversionistas–, sino que condenando otra incapacidad: la de sus líderes políticos de dejar de lado las mezquindades y abordar en forma unida el reto de enfrentar la peor crisis económica desde la Gran Depresión.

En Europa, sin ponerlo en letras de molde en un reporte, los analistas, evaluadores de riesgo y, qué mejor, el mercado, están emitiendo una sentencia de similar orden. Claro que en este caso no se trata de reprochar mezquindades que se puedan asociar al cálculo político de corto plazo, sino que de amonestar la falta de liderazgo y claridad política con que por décadas los líderes europeos se han empeñado en forjar, expandir con premura y, hoy, intentar sostener en forma desesperada una unión económica concebida al ardor de varios pecados originales.

En ambos casos, la calidad de los políticos y de las políticas sigue y seguirá sometida a prueba en las jornadas que vienen. Estados Unidos no resolvió a largo plazo sus desajustes fiscales y de endeudamiento y las fechas límite para sus políticos vuelven a asomar en el horizonte. Europa, en tanto, se ha desgastado regateando fondos para pagar los cupones de cada mes del talonario de vencimientos griego, postergando o, mejor dicho, eludiendo los dolorosos temas de fondo.

Y así es cómo están las cosas. Los muy bien provistos apostadores, que chapotean en un sistema económico abarrotado de fondos baratos, corren un día hacia el terreno del rojo y al siguiente al del verde de las pantallas financieras, en un juego que, “neteado”, se resume en dar un paso para adelante y dos para atrás.

Se avecinan jornadas decisivas para los políticos, aquellos que han recibido el mandato de sus electores para gobernar en forma responsable. Los expertos no tienen dos opiniones al respecto. Las autoridades económicas del mundo pueden seguir suministrando sedantes y drogas al paciente, pero no está en sus manos la capacidad de sanarlo. Podría Europa reiniciar los recortes de tasas. Se podrían lanzar nuevos planes de estímulo cuantitativo en Estados Unidos. Se podría seguir rebarajando el naipe de bonos de la Fed para inundar de billetes el sistema financiero. Pero probablemente nada de eso calmará definitivamente las aguas.

Son otras las señales que apaciguarán el volátil y arremolinado pulso de las bolsas. Señales que confirman que la política (la que se ejerce con ambición, pero con responsabilidad; la que lucha por el poder, pero que a la vez vela por las personas de carne y hueso) sí importa, y mucho.
Un mensaje que, por cierto, no es indiferente por estas latitudes, donde desde hace rato se echa de menos un mejor clima político.