• 13 julio, 2010


Si bien es cierto que hay razones económicas, políticas y sociológicas para que en Chile aún haya pobres, hemos de reconocer que también hay egoísmo de parte de muchos compatriotas.


El primer responsable de procurarse mejores condiciones de vida es uno mismo. Para ello, Dios nos dotó de inteligencia, voluntad, libertad y capacidad de amar para trabajar y ganar el sustento diario y para que quienes contraen matrimonio le den un buen pasar a su familia. Muchas personas no tienen dicha posibilidad por incapacidad, enfermedad y tantas otras circunstancias que se dan en la vida. En ese caso, corresponde al Estado velar para que los más desfavorecidos tengan las mejores condiciones de vida posibles con el subsidio que les procura. Con todo, son muchas las personas que, a pesar del esfuerzo del Estado por ayudarlas, no logran salir de la pobreza. Ello acontece en muchas partes del mundo y en Chile también.

Cuando Juan Pablo II estuvo en Chile, dijo con mucha fuerza que “los pobres no pueden esperar”. Hoy, después de 23 años de su venida, esa frase sigue vigente. Tal vez son pocos los niños desnutridos o que andan a pie pelado, pero son muchos que, por la educación que les dan el sistema público y el particular subvencionado, sumada a su situación familiar y social, difícilmente podrán salir de la pobreza y lograr niveles de vida más conformes a su dignidad. En Chile hay miles y miles de niños y jóvenes que se educan con treinta mil pesos mensuales.

Al ver y tomar conciencia de que esto es lo que sucede, me he convencido de que el amor es, usando la frase de Benedicto XVI, un motor de desarrollo extraordinario e insustituible y que puede efectivamente cambiar la vida de esos jóvenes. Ese amor es el que está llamado a dispensar cada hombre y mujer que se da cuenta de que ha recibido mucho en la vida y que le corresponde devolver la mano. Ese amor no es un mero sentimiento.

El amor al que me refiero es el que se manifiesta en acciones concretas para ayudar al que lo necesita y permitir que tenga las herramientas necesarias para pasar de su situación de pobreza a una mejor.
Es el principio de solidaridad. Sin negar que hay personas, familias y empresas muy generosas que siempre están dispuestas a ayudar a quienes nos dedicamos a promover obras sociales con la finalidad de paliar la pobreza de tantos chilenos, hay muchos otros que hacen la vista gorda. Si bien es cierto que hay razones económicas, políticas y sociológicas para que en Chile aún haya pobres, hemos de reconocer que también hay egoísmo de parte de muchos compatriotas. Son muchos los que no perciben su responsabilidad respecto de los demás porque sólo se miran a sí mismos.

Uno de los grandes regalos que me ha procurado ser un hombre consagrado a Dios es que me ha permitido agradecer todo lo mucho que he recibido en la vida y a reconocer esto como un don que adquiere valor, peso específicamente humano, cuando se convierte en un don para los demás. Se suele criticar mucho a la Iglesia Católica; sin embargo, los invito a que estudien la monumental obra en el ámbito social que realiza en miles de instancias y que al país le hacen un bien enorme. Y todo, motivado por el amor a Dios y al prójimo. Les sorprendería saber la cantidad de sacerdotes y laicos comprometidos que dedican tiempo, recursos, alegría y lo mejor de sí mismos para sacar adelante proyectos que los beneficiarios no podrían hacer por sí solos y que el Estado, por falta de presupuesto, no puede abarcar.

Soy un convencido de que Dios nos ha tomado tan en serio a cada uno de nosotros al lanzarnos en la aventura de vivir, que quiere que nos hagamos cargo de los más pobres y necesitados. Para ello nos dio inteligencia, recursos y capacidad de amar.

Dos son los ámbitos que debemos mirar con mayor atención para superar la pobreza y poner allí nuestro mayor esfuerzo: la educación y la vida espiritual. La primera, porque hay un vínculo virtuoso entre calidad de la educación y la calidad del empleo al que se puede aspirar. Quienes saben más tienen mejor empleos, logran para ellos y sus familias mejores condiciones de vida y colaboran con el desarrollo del país de mejor forma. El esfuerzo de los padres por llevar a sus hijos al mejor colegio que les permite sus fuerzas lo explica. Aún falta mucho por hacer, pero si lográsemos que los más pobres tuvieran subsidios de particulares y acompañamiento para mejorar sus estudios, los efectos serían notables. Esto urge, y a quien tenga dudas lo invito a visitar una escuela donde un grupo de personas generosas han puesto lo mejor de sí para mejorarlas. Experiencias hay, y muy buenas. Los resultados son asombrosos.

Otro ámbito relevante tiene que ver con la vida espiritual, aquella experiencia religiosa que nos sitúa en la verdad de nosotros mismos y nos lleva a mirar nuestra vida y a encontrarle sentido más allá
de nosotros mismos, a la luz de Dios. Son notables los cambios que experimenta una persona cuando se descubre amada por Dios, y se comprende como parte de un plan mucho más amplio que sus propios proyectos. Es notable cómo un encuentro real con Dios ayuda a reconocer al otro como un ser amable en sí mismo y no a alguien de quien me tengo que defender. La vida espiritual nos permite ser más humildes y sencillos y reconocer que la vida es para entregarla. De allí surge una auténtica vida de altos valores morales que acompañan el actuar humano a lo largo de toda la existencia. Limitar la vida a la sola dimensión inmanente y práctica, ligada sólo a la contingencia, es una pobreza.

Creo que la experiencia de la muerte, de la cual nadie se va a librar, nos puede ayudar mucho a reconsiderar qué valor les damos a nuestros bienes materiales que somos incapaces de compartir, aunque veamos que otros no tienen lo que necesitan, y que algunos tenemos más de lo que necesitamos. Además, la radicalidad de la experiencia de la muerte también nos ayudará a darnos cuenta de lo que realmente importa en la vida. En lo personal, lo que realmente me importa es Cristo y todo lo que con mis capacidades pueda hacer por El y por los demás.