“Bergoglio, el Papa argentino, es, manifiestamente, más parroquial que especulativo. No es Ratzinger, que podía desenvolverse con soltura entre la intelectualidad europea. Es, en cambio, un padre acogedor, inteligente (…) En la poesía, diríamos: más Neruda que Pound”.
Por: Hugo Herrera, prof. titular, Universidad Diego Portales. @HugoEHerrera

  • 4 enero, 2018

Tras poco más de 30 años, vuelve a venir un Papa a Chile: el número 266 en la lista de pontífices, primer latinoamericano Papa, primer jesuita Papa.

Tanto ha cambiado el país en los 30 años que han pasado desde que nos dejara Juan Pablo II. Entonces había dictadura, hoy democracia. Entonces Atari o Commodore, hoy Internet masiva, teléfonos inteligentes, redes sociales virtuales y aparatos computacionales capaces de soportar programas inimaginables en los 80. Entonces era dominante la presencia de la Iglesia en el mundo social y en ambientes intelectuales; hoy se va retirando de ellos. Entonces, contábamos con un desarrollo económico incipiente, con amplios bolsones de miseria (veníamos saliendo de las protestas y la crisis del 82-83); hoy el hambre y la desnutrición son marginales; el crecimiento económico ha hecho emerger nuevas capas medias, esforzadas y ansiosas, que ponen en cuestión los logros de la transición. Entonces la educación superior era para una élite, hoy tiene una cobertura equivalente a la de países avanzados. Entonces se hallaban activos el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (estaba por venir lo de Corpus Christi u Operación Albania) y el Movimiento Juvenil Lautaro; hoy la violencia es provocada por las bandas de droga y el conflicto en La Araucanía.

Ha cambiado el país en estos 30 años. Hoy hay preocupación en el mundo católico tanto por la pérdida de fe en la población, producto, tal vez, de época, de un tiempo con formas de vida secularizadas y desatadas de vínculos comunitarios; también por la disminución de la confianza hacia la Iglesia, desencadenada, entre otros factores, por diversos y mal abordados casos de abuso sexual.

El himno que preparó Américo para la visita del Papa Francisco no es Paz de Joakin Bello. La nueva composición viene como a dejar de manifiesto que el catolicismo político y cultural está, hasta cierto punto, a la zaga. Las vocaciones más cultivadas tienden a encerrarse en las que podrían llamarse comunidades de nicho. El catolicismo territorial se ve deteriorado. El nivel de las prédicas deviene en muchas parroquias, por momentos, paupérrimo.

Todo eso convive, empero, con el hecho de que aún radica, en el fondo popular, al alero de las mismas parroquias o de instituciones educacionales, monasterios, organizaciones caritativas y sociales, una adhesión persistente y en algunos casos masiva, a aspectos fundamentales que la religión católica viene a manifestar: el “misterio tremendo” y el sentido intenso que abriga la existencia, los cuales son capaces de irrumpir incluso a través de la espesa costra que los modos contemporáneos de consumo, trabajo e interacción tecnológica imponen sobre nuestras vidas.

La Iglesia parece estar también cambiando; acentuando el reconocimiento de una realidad concreta, que se revela exuberante, indeterminada y misteriosa en cada rostro y cada situación, cual se hace en Amoris Laetitia. Considera con más atención la superficialidad y el agobio a los que conduce una existencia tecnológica, donde la acción se convierte, poco a poco, pero persistentemente, en un paso, en una serie de pasos dentro de un campo de juego predefinido por programadores, soslayándose su hondura, su riesgo, su encanto. Y repara en el daño medioambiental, en la estética de la Tierra y el paisaje; y vuelve sobre los abusos del poder político y el económico, en la encíclica Laudato si’.

Bergoglio, el Papa argentino es, manifiestamente, más parroquial que especulativo. No es Ratzinger, que podía desenvolverse con soltura entre la intelectualidad europea. Es, en cambio, un padre acogedor, inteligente, pero más cercano a lo telúrico y lo vecinal que a las elaboraciones teóricas sofisticadas. En la poesía, diríamos: más Neruda que Pound. En política, más populista que institucionalista, más Perón que Merkel. También: más latino que germano, más natural que racional, más pastor que teólogo.

Tampoco hay que exagerar. Tiene formación teológica y, aunque es un paisano llano, posee también carácter, lucidez sobre el poder y viene intentando sacar a la Iglesia de los límites de la moral sexual, de las mafias internas, en los que parecía irse quedando la egregia institución, equilibrando su preocupación por los diversos aspectos de una existencia humana plena de sentido en un mundo donde no pocas veces se hace difícil lograrla.

Si el hambre y la pobreza extrema parecen ir remitiendo, los modos en los que los humanos se ligan a sus semejantes y a su paisaje parecen estar deviniendo crecientemente artificiales, artificiosos, formalizados, realizarse en el modo del uso que desecha o la disposición dominante. La existencia tecno-científica ha generado indudables beneficios, pero deja menos tiempos y espacios para los afectos en paz, el pensamiento silencioso, la apertura de la contemplación estética, la meditación religiosa, la experiencia de lo insondable. El Papa se hace cargo de considerar estas tensiones y volverlas patentes para la Iglesia y el mundo. Logra mostrar que el “malestar” de la modernidad no es simplemente un fenómeno añejo que haya que aguantarse, sino un efectivo y complejo problema que exige atención cuidadosa, pues importa una pérdida de significado para la vida humana.

Francisco acusa tener domicilio político, no solo una deslavada sencillez o una vaga opción por los pobres. Fue cercano a la “Guardia de Hierro”, un grupo juvenil peronista de resistencia. Disputó con los Kirchner, pero tuvo acercamientos con Cristina. Se lo ve distante de Macri. Acá se llega a especular sobre cómo será su relación con Sebastián Piñera.

Es un Papa con posición en los asuntos de política y de poder, dentro y fuera de la Iglesia. Pero, ¿no tiene la Iglesia como iglesia una posición política? No, por cierto, una necesariamente partisana, y este y los demás papas se comportan usualmente con una sutileza y ambigüedad capaces de producir que un espectro amplio de creyentes (a veces demasiado amplio, dirá un circunspecto) quepan dentro de la institución. Refiriéndose a esa amplitud, el agudo Carl Schmitt caracterizó a la Iglesia Católica como una “unidad de los opuestos”, en la que un abanico extendido de posiciones, incluso enfrentadas entre sí, cabe. Si se mira, en todo caso, la historia de la Iglesia, al menos desde las encíclicas sociales, uno ve una posición más o menos definida, como de “tercera vía”, nítidamente distante tanto del capitalismo más duro cuanto del socialismo revolucionario.

Hay una hebra que debe ser seguida, si se quiere entender bien el a veces inasible y sorprendente posicionamiento de la Iglesia en el mundo político. Wilhelm Emmanuel von Ketteler, el autor en las sombras de la primera y famosa encíclica social, Rerum Novarum –el “perro” von Ketteler, como lo apodara Marx–, se formó con Friedrich Carl von Savigny, el jurista, y Joseph Görres, el filósofo y periodista. Estos dos últimos son autores románticos, que entienden al Estado en sutil analogía (no tosca identidad) con un organismo vivo, el cual, para existir y desplegarse debe atender a sus partes, pero es también una comunidad. De esa veta luce provenir, en lo más cercano (pues los antecedentes remotos están en el “organicismo” de corte aristotélico y el “comunitarismo” de vertiente tomista), el pensamiento político de la Iglesia: del romanticismo político y la idea de una armonía de los opuestos, el individuo y la totalidad, solo bajo la cual es posible el florecimiento humano. Ni el sujeto ha de ser soslayado bajo un aparato político que destruya su libertad, ni es la comunidad política algo parecido a una simple agregación de individuos aislados. Bergoglio no está distante de estas consideraciones.

El mensaje del actual Papa sobre lo concreto y la Tierra, los lirios del campo y las aves, la pureza de las aguas y los cielos, y el amor y la intensidad y las profundidades del alma; su pensamiento acerca del cuidado de lo humano y lo natural, de los modos de trabajo, consumo y esparcimiento, aunque a veces escrito sin mucha elocuencia, expresado en un modo más bien simple o con un énfasis que moleste a algunos, ¿no alude, sin embargo, ese mensaje a los asuntos perennes a partir de los cuales nuestro tiempo –el histórico y el biográfico– puede recién acoger el inefable significado con el que el mundo originariamente se nos devela?

Crónicas papales

Dos épocas. Dos Papas y Chile de telón de fondo

20 de noviembre de 2017, mediodía, en un café de Santiago centro
Conversa Rómulo con Ernesto y Andrea. Hablan de la visita del Papa Francisco. Hay poco ambiente, convienen. No se compara con el del año 87. Las elecciones, pese al eventual desinterés político, copan la agenda noticiosa. Y, de hecho, la conversación se va rápidamente hacia asuntos políticos.

Internet, el consumismo –tan criticado en los 80 por los curas de colegios de curas y las monjas de colegios de monjas–, la dispersión social, el avance de los evangélicos y de modos de espiritualidad menos formales, el tránsito alienante, la variedad de maneras de llenar el tiempo vacío, parecen provocar que solo una parte acotada del pueblo y una fracción menor de sus mentes puedan ocuparse con la segunda visita de un Papa en ejercicio a Chile.

“La venida del Papa está pasando más desapercibida”. Es lo último que dice Ernesto, antes de que empiecen a comentar la estrecha victoria de Piñera en primera vuelta.

Miércoles 1º de abril de 1987, al borde del camino entre el aeropuerto Pudahuel y Santiago

Llega a Chile Juan Pablo II. Los papás de Rómulo han arrendado dos piezas en un hotel en Santiago. Está junto a ellos y sus hermanas esperando, entre mucha gente, que pase en el Papamóvil. Es una tarde de comienzos del otoño, con calor y el viento de la explanada. La expectación es difícil de representar. El país vibraba, hacía meses, en tensa espera. Todos los medios de comunicación de masas de la época convergían en el acontecimiento. En el colegio era el asunto del que se hablaba y enseñaba desde el comienzo del año.
Rómulo no había salido del país, como la gran mayoría de sus compatriotas. Para ellos, lo que estaba allende la cordillera como entre que no existía y venía de otra dimensión. Fue en esa disposición de espíritu que, luego de largas horas de espera y mote con huesillos y helados, contempló a Juan Pablo II: lo vio pasar cual se percibe a un ser de galaxia ajena. Contribuía a tal modo de captar su presencia no solo la preparación de la visita. También el fervor de las masas, apretadas a las dos veras del camino, su religiosidad recién salida de la niñez, el aplomo de la figura luminosa con rostro bondadoso y severo, elevada sobre el blanco y novedoso vehículo. Pasó lento y majestuoso, en un instante que quisieron no se detuviese jamás.

Miércoles 29 de noviembre de 2017, 8 de la noche, en una casa en Las Condes
Ernesto conversa con Benjamín sobre la visita del Papa. Ha sido como el tema del día. Benjamín ha seguido de cerca la discusión en torno al pensamiento del pontífice. Especialmente respecto de Amoris Laetitia.

–“Hay dos aspectos importantes en ese texto”, indica. “Primero, la atención que le otorga a la mediación entre los preceptos generales y las circunstancias particulares de los casos concretos, que debe hacer quien juzga y discierne las conductas y estados de las personas. El Papa viene a hacerse cargo, recogiendo la tradición que sigue de Tomás de Aquino, de un problema que afecta a la comprensión humana, evitando las soluciones que, por enfatizar la norma, desconocen la peculiaridad de los casos”.

Ernesto replica: “Kant motejaba de ‘jesuitismo político’ a la atención por lo concreto más que por las reglas. Justo, Bergoglio es jesuita”.

– “Es verdad” –dice Benjamín– “algo de jesuitismo tiene. Ahora Amoris Laetitia no les quita los sacramentos a personas fuera del matrimonio, siempre que vivan con estabilidad y entrega. Deja la cuestión más bien abierta”.

Al día siguiente, Benjamín le escribe a Ernesto un correo: “Volviendo a lo de ayer, la cuestión de los sacramentos y los no anulados es una disputa en cuyo trasfondo están los teólogos alemanes”. Le copia unos links con opiniones del filósofo Robert Spaemann, amigo de Ratzinger y crítico de las disposiciones de Francisco, “adoptadas probablemente bajo influencia de otro alemán, el cardenal Walter Kasper, discípulo del teólogo Hans Küng”, finaliza el correo.

Jueves 2 de abril de 1987, 3 de la tarde

Rómulo va entrando, con su papá y una de sus hermanas, al Estadio Nacional. Tienen una hermana pequeña, de tres años, que se ha quedado con su mamá. Podía ser peligroso ir allá con ella, con tanta gente y bajo el ambiente de tensión. Es primera vez que Rómulo va a ese estadio. Conoce Sausalito. Es su punto de comparación. Se impresiona con lo grande que es todo. Con la cantidad de gente. La música, las coreografías, los jóvenes que bailan contentos, la masiva guardia papal. Se suma al fervor del público. Canta el himno del Papa, Mensajero de la vida, y la hermosa canción de Joakin Bello, Paz, sobre “la consciencia universal que descansa en su inocencia”. Se le electriza la piel cuando la entonan 80 mil almas. La cálida tarde parece un enorme suave festival. Se interpretan temas de cantautores chilenos y argentinos, por Julio Zegers, Cecilia Echeñique, Gervasio, Florcita Motuda. Los argentinos quedaron fuera, por una medida del gobierno. Las canciones, con letras sutiles de protesta, son coreadas a viva voz por todos.

A algunos grupos en el público se les pasa la mano y rayan las banderas papales con las siglas PC o MIR o FPMR. La tensión aumenta. Rómulo, su padre y su hermana miran asombrados. Pero prima la devoción activa, masiva y juvenil.

Al atardecer, luego de muchas horas, que fueron más un espectáculo que una espera, llega Juan Pablo II; más de lejos que en la calle, pero igual puede verlo. Habla con severidad y asentado, con palabra serena y gesto decidido. Ahí dice una de sus frases más recordadas: “No tengáis miedo de mirarlo a Él”, apuntando con el dedo al rostro de Jesús, que se recorta contra el fondo negro de la noche que ha caído.

Jueves 7 de diciembre de 2017, por la tarde, ruta 68

El camino va lleno de peregrinos en ambas direcciones, desde Santiago y Viña y Valparaíso, vienen a Lo Vásquez, en oleadas que se reiteran todos los años. Son decenas, cientos de miles. Al día siguiente la prensa dirá que los fieles se acercaron al millón. Permiten notar que ni la Teletón ni las elecciones ni las nuevas formas de comunidad ni la tecnología han acabado completamente con un fondo religioso popular que acontece periódicamente en este santuario. También en Andacollo, en La Tirana, en Yumbel, en La Compañía, en los pueblos del valle central para Cuasimodo, en las caletas de pescadores para lo de San Pedro y San Pablo. Hay una devoción masiva, que desborda explicaciones racionales o cálculos; es predominantemente entrega a algo así como la hondura del mundo, una celebración de su misterioso sentido invisible. Esa devoción se entremezcla con los elementos: el agua, el viento, el sol hirviente, las alturas. Funde, de cierta manera rústica y sutil, a veces grotesca, otras más sobria, la mente con un todo que intensifica la vida individual. Vuelven los celebrantes, cansados, polvorientos, transpirados; y usualmente dotados de una paz pesada y alegre. En ese momento, el catolicismo colonial, mestizo, preilustrado, barroco, parece unirse con las reflexiones más sofisticadas de los pensadores contemporáneos que reparan en el carácter insondable y el sentido con el que emerge la existencia. Hay una práctica y un pensamiento que expresan una condición de lo humano. Una Iglesia que, crisis aparte, mientras los encarna, persiste.

Jueves 14 de diciembre de 2017, 11 de la mañana, Monasterio de los Benedictinos, Las Condes

A Mauro no lo afecta una preocupación en particular, sino su vida. El peso de su vida o quizás la banalidad de su existencia devenida una acumulación de trámites y ansiedad y evasiones. Todo eso rondado por el miedo a la muerte, la muerte acechante, que amenaza poner término a todo significado.

Mauro camina por la pendiente, entre la honda desazón y el cansancio vital. Ha leído que tal vez los antiguos secretos se guarden en algún monasterio de la orden más que milenaria de san Benito. Tiene a la vista la iglesia del monasterio. Abre su pesada puerta. Entra y lo envuelve el agradable frío del interior, el aroma del incienso que queda todavía esparcido en el espacio. Camina lento. Se instala en la capilla lateral, con timidez, en la última banca. Todo está solo. Cierra los ojos. Intenta centrarse. Respira hondo. Poco a poco su respiración se vuelve calma. En cierto instante el silencio puede percibirse. Y entre el silencio y el aroma y la paz del espacio y los momentos, comienza como a sentirse a sí mismo, a sentir un aplomo tranquilo, alejado de cualquier ansiedad o asunto puntual, un cierto retiro de sí respecto de los objetos. Se desconcentra por una picazón en la mejilla. Se rasca la mejilla. Cuando vuelve a concentrarse comienza, sin embargo, desde donde estaba: observándose, asentado en un presente sin cosas. Sin cosas, en una extraña e intensa ausencia que es como una presencia; o al revés.