El tema de la crisis energética del país ha sido como el cuento del lobo, con esto de que nos amenazaban con un blackout y no pasaba nada. Los que se iban a negro eran los ministros que desfilaban por la cartera, saltando al mínimo cortocircuito como sucedía con los viejos tapones. Pero el costo energético terminó por doblegar la competitividad, y la situación se hizo insostenible; menos mal, que el actual ministro ha tratado de hincarle el diente al asunto.

De hecho, el país es cada vez más consciente del tema. Así, según una encuesta reciente, para las clases medias el energético es el segundo de los sectores económicos más importantes para asegurar el desarrollo del país. Si bien el minero se ubica en el primer lugar, sorprendentemente las personas comienzan a entender que sin energía el país no se mueve (1). Hace cinco años atrás, la energía habría estado bajo actividades como la agrícola, la forestal y varias otras.

Lo cierto es que las personas comienzan a entender el problema y su relevancia. Pero al mismo tiempo se han venido instalando verdaderos mitos que en sí mismos habrá que resolver. La gente percibe que la electricidad es el servicio básico que ha aumentado de manera más excesiva su precio en el último tiempo (2). Sin embargo, a la hora de explicar por qué se produce la escalada alcista, ésta es atribuida a aspectos que no necesariamente son los responsables de los actuales precios de la energía.

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En primer lugar, señalan la ausencia de una política de Estado para promover las energías renovables no convencionales. En segundo lugar, mencionan la concentración monopólica y, recién en tercer y cuarto lugar aparecen aspectos que sí se podrían atribuir de manera más certera a la situación de los precios: la falta de proyectos de generación eléctrica y al rechazo de las comunidades a la construcción de los mismos (3).

Ahora bien, las personas consideran que existe un problema importante de escasez de energía (la mitad considera que el problema es grave y que en cualquier momento nos quedamos sin luz) (4). Para la clase media, el síndrome del abuso de poder sigue prevaleciendo y, en ese sentido, atribuye a las empresas la responsabilidad final del problema. Así, la paralización de proyectos de generación tiene un peso poco relevante, considerando la alta exposición que éstos han tenido y la enormidad de actores que han advertido sobre sus negativas consecuencias (5).

Por lo mismo, no extraña que se le pida al Estado que juegue un papel mucho más activo en la regulación del sector eléctrico (6). Sorprende, sin embargo, que a pesar de la alta exposición del ministro Pacheco y el reconocimiento a su labor, sólo un 38% ha escuchado hablar de la Agenda de Energía presentada por el Gobierno y coordinada por él. Lo particular es que entre los que sí han escuchado hablar de la mencionada agenda, las personas señalan de manera espontánea que las medidas que conocen son el mayor uso de energías renovables y la promoción de energía solar, que no son precisamente las de mayor preponderancia en la propuesta oficial.

Y claro. El tema de las energías renovables no convencionales está muy instalado; míticamente instalado. Son expectativas imposibles de satisfacer. Cuando se trata de apoyar o no apoyar la construcción de plantas de generación, las personas optan de manera mayoritaria por la energía solar (89%), la eólica (84%) y la mareomotriz (74%). En cambio, aquéllas que podrían bajar el precio de la electricidad son rechazadas. Así, el carbón como fuente de generación tiene un 75% de rechazo. Con ese nivel de oposición, la pregunta es si se podrá hacer una central térmica en el país, por mucho esfuerzo de ordenamiento territorial que se realice, y a pesar de que hoy las termoeléctricas de vanguardia convivan con algunas de las ciudades de mejor calidad de vida de Europa.

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Por su parte el agua –es decir, la hidroeléctrica– no genera consenso. Esta fuente de energía ha bajado considerablemente en la adhesión pública. Todo un drama, si pensamos que es la única energía con ventajas competitivas reales que tiene Chile. Aunque es considerada la segunda fuente de energía que debiera utilizarse en el futuro (con un 15%), está muy lejos de la primera mención, que es la solar, que logra un 56%.

Esta mirada de la clase media sobre el sector de energía se confirma ante la pregunta por HidroAysén: un 70% está de acuerdo y muy de acuerdo con la decisión adoptada por el comité de ministros de dejar sin efecto el permiso ambiental de este proyecto.

Detrás de todo esto,  se puede apreciar una fuerte adhesión –posiblemente, tanto normativa como valórica– hacia los temas ambientales y apoyo a las comunidades que se ven afectadas por los proyectos. De hecho, las personas dicen estar dispuestas a pagar más si eso contribuye a generar fuentes de energía más limpias, y que prefieren respetar las decisiones de las comunidades de oponerse a los proyectos, aunque se ponga en riesgo la economía del país.

En este escenario, construir los nuevos consensos para llevar a cabo proyectos de energía va a ser una tarea ardua y compleja. Nunca ha sido fácil derribar los mitos: por algo perduran en el tiempo. •••