Si el miedo nos paraliza, debemos tenerle miedo. Quedarnos donde estamos, nos hace más desiguales y tiene el riesgo de transformar nuestra sociedad en una donde nos acostumbremos a que la dignidad con la que vivimos es distinta dependiendo de la cuna o los ingresos.
Por María Olivia Recart, Rectora Nacional de la Universidad Santo Tomás

  • 6 junio, 2019

A lo único que debemos tener miedo es al miedo en sí mismo”. La frase, pronunciada por Franklin D. Roosevelt en 1933 en pleno período de la Gran Depresión, nos da pie a reflexionar sobre algunos de los datos de la encuesta “¿A qué le temen los chilenos?”.

Es revelador enfocarse en la desigualdad que reflejan las cifras en aspectos básicos para el ser humano. A modo de ejemplo, en niveles socioeconómicos más bajos, los mayores miedos apuntan a sufrir una enfermedad grave, a la soledad y a la vejez. En el nivel socioeconómico alto, estos no son los temas que más atemorizan.

Cabe preguntarse qué peso tienen en las respuestas de los niveles sociales más bajos los factores económicos asociados. En sus afirmaciones debe permearse la inseguridad que genera no contar con las redes de apoyo; de hecho, el nivel socioeconómico bajo identifica en más de un 50% que en su barrio o vecindario siente que existen personas que por su comportamiento o su manera de pensar les producen temor. También sienten temor por no contar con sustento económico suficiente para hacer frente a eventos inesperados y catastróficos. ¿Cuántas personas temen terminar viejas y solas y no tener los recursos necesarios para aliviarlo? Todo pareciera apuntar a que los factores económicos pesan en la diferencia a cómo vivimos la vida; con o sin miedo.

En el nivel socioeconómico más bajo, temen a la inflación, a una recesión mundial, a que bajen los fondos de pensiones e incluso a que quiebren las grandes empresas. En el nivel más alto, estas cifras bajan visiblemente. Lo mismo ocurre con el temor de los niveles más bajos a perder su empleo debido a la automatización, situación que no se refleja en los niveles más altos.

¿Imaginan vivir con miedo constante a este tipo de factores? Todos estos temores, además, tienen algo en común. Son sentimientos que fácilmente se transforman en rabia. Rabia porque depende del nivel de ingresos: cómo me atienden en el sistema de salud, cómo educan a mis hijos, cómo jubilo, las inseguridades en mi trabajo y cuánto confío en mis redes cercanas (no familiares). El futuro es visto como auspicioso solo por algunos. De hecho, el 27% de los encuestados de menores recursos confiesa que teme fracasar en la vida, mientras que esto solo le ocurre al 9,1% en el nivel socioeconómico alto.

En educación superior hay un sinnúmero de ejemplos de personas que superan, día a día, sus temores. Mientras solo un 3,5% de personas del nivel alto tiene mucho temor a no poder desarrollar una carrera profesional, esto es 26% en el nivel más bajo.

Volviendo a la reflexión de Roosevelt, si el miedo nos paraliza, debemos tenerle miedo. Quedarnos donde estamos, nos hace más desiguales y tiene el riesgo de transformar nuestra sociedad en una donde nos acostumbremos a que la dignidad con la que vivimos es distinta dependiendo de la cuna o los ingresos. La paralización por miedo nos llevará a ser una sociedad enrabiada y frustrada.

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