Un sombrío panorama se cierne sobre los clubes profesionales de fútbol chileno, que viven de allegados, con muchas bocas que alimentar y llenos de deudas. El modelo es subsistir con los dineros del CDF y la selección, y aspirar a la venta esporádica de un jugador. ¿Pero es una fórmula sustentable?

  • 20 junio, 2012

Un sombrío panorama se cierne sobre los clubes profesionales de fútbol chileno, que viven de allegados, con muchas bocas que alimentar y llenos de deudas. El modelo es subsistir con los dineros del CDF y la selección, y aspirar a la venta esporádica de un jugador. ¿Pero es una fórmula sustentable? Por Michael Boys.

La selección chilena está en la cumbre de las clasificatorias sudamericanas para Brasil 2014. La U es campeona vigente de la Copa Sudamericana y potencia exportadora del continente. La semana pasada, el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, alabó sin miramientos al fútbol chileno y lo felicitó por su desarrollo en los 50 años que han pasado desde la organización de la Copa Mundial de 1962.

Una lectura veloz de estos antecedentes llevaría a un inversionista de mecha corta a abalanzarse a la Bolsa a invertir en acciones de las sociedades anónimas que dominan el espectro futbolístico nacional. Pero debajo de las portadas triunfantes y detrás de los abrazos con tres palmadas se esconde una realidad bastante menos glamorosa y la lava de un volcán en riesgo inminente de erupción.

Los clubes del fútbol chileno, como la mayoría de los clubes del mundo, se sostienen en un precario castillo de sueños cada vez más oneroso para sus mecenas (hoy llamados inversionistas). Una industria en la que unos pocos se reparten los premios cada año y el resto aspira a la supervivencia, con la promesa eternamente postergada de que el próximo año sí que sí. Y si no hay un pronto cambio en el modelo, ese castillo amenaza con volar al primer soplido de una crisis económica general.

Problemas estructurales
La ley 20.019, que regula las So-ciedades Anónimas Deportivas Profe-sionales (SADP), promulgada en 2005, vino a disipar el espejismo del fútbol, donde organizaciones aficionadas pretendían administrar una industria rentada y con soterrados fines de lucro.

Como siempre, un terremoto agilizó las cosas: la quiebra del Club Social y Deportivo Colo Colo (2002), seguido poco después por la de la Corporación de Deportes de la Universidad de Chile (2006), pusieron el turbo a un proceso que sin el ejemplo de las dos instituciones más grandes hubiera languidecido entre parlamentos, tribunales y sedes deportivas. Con Blanco y Negro SADP y Azul Azul SADP, la educación y la apertura de los libros contables favoreció la absorción del modelo por parte del fútbol.

Al día de hoy, la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) se mantiene como una corporación deportiva sin fines de lucro, pese a que en 2008 Gabriel Ruiz-Tagle, a la sazón máximo accionista de Blanco y Negro y presidente de Colo Colo, propuso transformarla también en sociedad anónima. En la ANFP conviven sociedades anónimas abiertas y cerradas con una minoría de corporaciones y fundaciones, aunque, por ley, estas últimas deben hacer operar sus ramas de fútbol profesional como si fueran S.A. Y aun cuando el nuevo marco legal permitió un ordenamiento financiero y la entrada de capitales frescos, el fútbol chileno está lejos, lejísimos, de ser un negocio rentable.

El primer problema es de economía familiar: hay demasiadas bocas que alimentar. Desde este año, la ANFP está en el límite de socios que admiten sus estatutos (38), tras la creación de la Segunda División Profesional (en la que juegan seis equipos contra otras tantas filiales de clubes superiores). Y aunque estos nuevos asociados no reciben dinero del Canal del Fútbol (CDF), aspiran a poder hacerlo en la medida en que asciendan a la Primera División B (14 clubes). En Primera División, en tanto, hay 18 competidores, si es que se les puede dar a todos ese nombre.

Considerando que el volumen total del negocio del fútbol profesional en Chile es de unos 80 a 100 millones de dólares anuales, con costos altos y en un mercado relativamente pequeño, la sobrepoblación asoma evidente.

El segundo gran problema es la estructura de sus competencias. Desde 2002, y con la excepción del terremoteado 2010, los campeonatos nacionales de Primera División se disputan con la modalidad mexicana: dos torneos de medio año cada uno, nombrados de Apertura y Clausura, que después de una ronda de todos contra todos rematan con una postemporada para los ocho mejores en eliminación directa (los llamados playoffs).

Supuestamente, este sistema de campeonato aumentaría las posibilidades de triunfo de los equipos chicos y mejoraría las asistencias a los estadios, estancadas en torno de los dos millones de espectadores anuales desde ¡1995! Ni lo uno ni lo otro: desde 2002 (19 torneos), Colo Colo suma siete estrellas; la U, cuatro; la UC y Cobreloa, tres; y Everton y Unión Española, una. Es decir, los sospechosos de siempre, y en sus proporciones históricas.

Deportivamente indefendibles, los campeonatos cortos también han fallado en llenar los estadios y las asistencias se mantienen estables dentro de su gravedad, con promedios apenas superiores a las cinco mil personas. ¿Qué sucede? El sistema le quita relevancia al 90,1% de los partidos a disputarse (los de las fases regulares) y crea una falsa sensación de emoción en los playoffs, asociada íntegramente al resultado y no al desarrollo del juego. El incentivo al triunfo (positivo), motor de la fidelización y del desarrollo sano del deporte, queda subyugado a la presión por no ser eliminado (negativo), y eso es percibido por los otrora habituales de los estadios.

La experiencia del estadio y la dependencia
Los siguientes factores de desvalorización del fútbol chileno no se solucionan, desafortunadamente, con una racionalización de socios en la ANFP ni el cambio en los sistemas de campeonato.

En el fútbol profesional chileno, sólo cuatro instituciones son dueñas de los estadios donde disputan sus partidos de local: Colo Colo, Universidad Católica, Unión Española y Huachipato (perteneciente a CAP). El resto utiliza recintos de propiedad estatal, ya sea por administración del gobierno central, de las intendencias o de los municipios.

Lo que pudiera parecer un importante ahorro de costos, vistos los problemas de financiamiento de los grandes coliseos, termina siendo una condena: al no ser propietarios, las inversiones que realizan los clubes en estos reductos no sólo son ínfimas, sino inexistentes. Los administradores, por su parte, tampoco corren en auxilio, porque para el Estado siempre hay otras urgencias y porque, finalmente, el rédito de estas inversiones no se lo puede llevar el fisco.

Y pese a las ingentes inversiones en infraestructura deportiva desarrollado por los últimos dos gobiernos, el tema de la administración y sostenibilidad de los estadios sigue irresoluto. ¿El resultado? La experiencia del estadio es mala, y peor si se le compara con el resto de la industria de la entretención y el tiempo libre, una competencia que el fútbol chileno se ha negado a asumir.

Así, los ingresos generados en el día de partido tienen cada vez menos relevancia en las finanzas de los clubes y quedan casi exclusivamente circunscritos a lo que pagan los aficionados en las taquillas. Merchandising, paquetes de hospitalidad, servicios de alimentación y bebidas, estacionamientos, comercio asociado, todos son engendros que se niegan a nacer en las canchas chilenas.

Al no despertar de este marasmo, los modelos de gestión de los clubes profesionales en Chile se han mimetizado en uno solo, que puede resumirse así: subsistir de los dineros del CDF y la selección chilena, y aspirar a la utilidad con la venta esporádica de un jugador. Una fórmula tan riesgosa como impredecible.

Y eso que el CDF ha puesto largamente su parte: después de tres años y medio de travesía por el desierto, donde a Jorge Claro (socio minoritario y administrador) y su gente varias veces le tembló la mano al firmar los cheques a fines de mes, la estación comenzó a tener utilidades en 2006 y a convertirse en la vedette del mercado televisivo nacional en 2010. Para 2012, entregará a sus socios mayoritarios, los clubes, alrededor de 50 millones de dólares, que se distribuyen entre los tres “grandes” (25%), los restantes 15 equipos de Primera (57%) y los 14 de Primera B (18%).

Con los dineros generados por la selección, poco más de 80 millones de dólares para el periodo 2011-2014, se produce una tremenda injusticia: el rigor, éstos le corresponden a la Federación de Fútbol de Chile, entidad que reúne a la ANFP con la Asociación Nacional de Fútbol Amateur (ANFA).

Sin embargo, ésta última cedió la gestión de las selecciones nacionales a su par profesional en los ochenta y desapareció del mapa, lo que frustra buena parte del desarrollo integral del fútbol chileno. Y como la promesa del actual directorio de la ANFP es repartir más el dinero entre los clubes, jibarizando a la entidad rectora y recortando los productos financieramente deficitarios, el desarrollo integral del fútbol chileno se ve amenazado por los sueldos de jugadores y directores técnicos.

Con estos ingresos, relativamente estables, los clubes tratan de rascarse. Pero apenas lo consiguen: Blanco y Negro reportó pérdidas por 1.317 millones de pesos en el primer semestre y Cruzados SADP, la concesionaria que administra el fútbol de la Universidad Católica, tuvo un balance negativo de 479 millones de pesos. Y la U, campeona sudamericana y con las ganancias frescas de la mayor venta histórica desde el fútbol chileno (Eduardo Vargas al Napoli de Italia), reportó utilidades por sólo 626 millones de pesos.

Del resto poco se sabe, porque no tienen la obligación de hacer sus balances públicos, pero es evidente la administración de la pobreza. Sobreviven, como antaño, gracias al bolsillo profundo de los antes dirigentes y hoy inversionistas: Abumohor en O’Higgins, Segovia en Unión Española, los empresarios de la colonia en Palestino, Antillo en Audax, Martínez en Everton, los Kiblisky en Ñublense y así. Pasada la euforia de ser literalmente el dueño de la pelota, los balances en rojo y las escasas –si no inexistentes– satisfacciones deportivas van agotando la paciencia de quienes entraron nublados por la pasión y olvidaron el plan de negocios que aplican rigurosamente en sus empresas.

Hay espacio, incluso, para fórmulas que utilizan a los clubes como pantallas. Desde que la FIFA prohibió que particulares fueran dueños de jugadores –en esa extrañísima versión posmoderna de la esclavitud–, los empresarios que desarrollaban este negocio debieron buscar alternativas. Y una de ellas es la adquisición de instituciones deportivas, que “blanquean” la propiedad del pase de los futbolistas. En Chile, dos argentinos utilizan abiertamente el esquema: Raúl Delgado en Unión San Felipe y Ricardo Pini en Rangers de Talca. El resto quisiera hacerlo, pero debe contentarse con usar los recursos generados por esporádicas ventas o préstamos para cubrir el factoring, pagar sueldos atrasados o aumentar sus planillas e intentar ser más competitivo al año siguiente.

Toda esta realidad quedó al desnudo nuevamente en marzo de este año, cuando Patrick Kiblisky, presidente de Ñublense, propuso a sus pares en la ANFP el “Bono CDF”: emitir un bono en el extranjero y endeudar al CDF en 120 a 150 millones de dólares, que serían repartidos entre los clubes para su saneamiento e inversión en infraestructura. Los clubes pagarían al CDF con los excedentes que éste le reparte en mensualidades. Financieramente, una idea que puede subirse a los hombros anchos del CDF, pero que es irreal por las razones antes expuestas. El dinero se malgastaría y a la vuelta de un par de calendarios el aval estaría tan acogotado como los avalados.

Por mientras, la vieja bicicleta que manejaron tantos dirigentes del fútbol chileno por cien años seguirá haciendo chirriar su oxidada cadena.