¿Qué ha motivado a algunos grandes cineastas a experimentar con las tres dimensiones en sus nuevas películas? Spielberg, Scorsese, Wenders y Herzog se han sumado a la tendencia, con resultados y fines dispares. Por Christian Ramírez

  • 14 diciembre, 2010

 

¿Qué ha motivado a algunos grandes cineastas a experimentar con las tres dimensiones en sus nuevas películas? Spielberg, Scorsese, Wenders y Herzog se han sumado a la tendencia, con resultados y fines dispares. Por Christian Ramírez

 

De todos los voladores de luces lanzados por la industria audiovisual en los últimos tiempos, quizás el más persuasivo ha sido el del 3D. Eso, porque el mercado lo abrazó de inmediato: muchos ejecutivos deben haberse estrujado las manos de sólo pensar que la conversión del espectáculo de gran pantalla a las tres dimensiones vía productos como Avatar significaría ríos de dinero corriendo eternamente alrededor.

Y, claro, de inmediato salieron a perseguirlos, sólo que no calcularon un pequeño gran detalle: Cameron demoró alrededor de cuatro años en su rodaje (y para la secuela tiene planificados otros cuatro). ¿Cómo diablos iban a producir suficiente material como para tener abastecidas en el intertanto a las salas digitales y así poder seguir cobrando el valor completo de sus ticket premium?

La solución fue vergonzosa: usar el proceso de post producción para reconvertir al 3D películas que ya habían sido filmadas con el tradicional proceso de dos dimensiones. De hecho, si tuvieron el infortunio de ver Furia de titanes o El último maestro del aire en digital se habrán dado cuanto de que el asunto no podía sino llevar al desastre. Es como si intentaran vendernos la imitación barata de una cinta de verdad (Harry Potter 7 se salvó a última hora de la conversión).

Los resultados de taquilla fueron lo bastante malos como para detener una estrategia aun peor: fabricar versiones 3D de algunos clásicos de cine. Tiburón y la primera trilogía de Star wars aun están bajo consideración en ese aspecto, y hay gente que pagaría por verlas, aunque sea para pelarlas a la salida.

La situación debe haber sido tan complicada como para que a falta de producciones que no fueran de cine infantil, se haya tenido que recurrir al reestreno de Avatar (con algunos minutitos de más) y a la exhibición de copias digitales de filmes como Inception, para mantener girando las nuevas salas en pos de material digno de las tres dimensiones.

Pero vaya que se ha demorado la espera: todavía no hay nada que supere la tensión y el equilibrio de Beowulf (2007), el serio intento de Robert Zemeckis por hacer un relato de ficción animada para adultos, aunque en vistas de lo que se viene tal vez le salga digna competencia. Especialmente ahora, que hay varios maestros del cine entusiasmados con el tema.

Cineastas en otra dimensión

El primero de los directores de renombre en experimentar fue Steven Spielberg, quien en 2008 no sospechó que al anunciar su versión estereoscópica de Tintin se estaba comprando un rodaje -y un problema- que duraría tres años. Las exigencias planteadas por la versión animada del cómic de Hergé casi paralizaron sus acostumbrados niveles de productividad, sin asegurar que el resultado -que se verá a mediados de 2011- tenga el éxito esperado a nivel de taquilla.

Mucho más interesante parece ser la apuesta de Martin Scorsese, quien desde hace meses rueda en Londres Hugo Cabret, el primer filme de esta nueva ola 3D que no tiene efectos especiales y sólo confía en el poder de los actores y decorados. También es una cinta orientada al segmento infantil, pero está basada en un concepto brillante: La invención de Hugo Cabret, de Daniel Selznick, una novela ilustrada cuyas imágenes no reiteran lo que se narra en el texto sino que continúan la acción, tomando la posta de la narración, como una película trasladada a las hojas de un libro. Ambientada en el París de principios del siglo pasado (en ella hace una aparición George Mélies, uno de los primeros maestros del cine), parece ser la solución ideal a la fusión de barroquismo y esplendor narrativo que el director de La isla siniestra viene buscando hace más de una década con resultados hasta ahora muy dispares.

Algo parecido está en el corazón de los experimentos de Wim Wenders, quien en el último par de décadas se ha encargado de borrar todos los aciertos conseguidos en sus primeros veinte años de carrera. También él quiere su parte en el botín de las tres dimensiones, aunque su primer intento posee aspecto de informercial místico: el corto If buildings could talk, realizado en el interior del extraordinario Rolex Learning Center, de Lausana, un edificio cuyo suelo está construido en diferentes grados de desnivel, como si fuera un paisaje. Se lo puede ver en Youtube. Al ex maestro alemán al menos hay que concederle el beneficio de la duda por emplear la técnica para filmar en el documental Pina las clásicas coreografías de la fallecida Pina Bausch.

Moda o experimentación

¿Qué llama tanto la atención de estos señores -todos, pasados de los 60 años- para casarse con la nueva tecnología? ¿Estar a la moda? ¿Temor a quedar abajo del tren del cambio? Salvo por Hugo Cabret ninguno de estos proyectos tiene aspecto definitorio o rupturista en la carrera de los involucrados. Tal vez sea algo parecido a lo que le ocurrió a Zemeckis cuando renunció a seguir haciendo películas con actores y se lanzó a la animación (ahora está en pleno trabajo en su remake de Yellow submarine, de Los Beatles… en 3D).

Quizás la tentación de pisar nuevo terreno siempre es más fuerte, aunque se use para mirar hacia muy atrás, tal como lo hizo hace unos meses Werner Herzog. El suyo debe ser uno de los proyectos tridimensionales más bellos en la historia de esa técnica: en Cave of forgotten dreams (estrenada en el último festival de Toronto) él y su mini equipo construyen una cámara que los acompaña en su descenso en las cuevas de Chauvet, Francia, donde hace 32 mil años hombres prehistóricos dibujaron y pintaron las paredes.

Hermosa ironía la de usar lo más avanzado en tecnología sólo para hacernos retroceder a los principios mismos de nuestro imaginario visual, en el momento en que con las manos trasladamos lo que nos rodeaba a una superficie plana. Al momento en que creamos lo que hoy llamamos imagen.