Por Sebastián Edwards. Cierro los ojos y pienso en los años sesenta. Poco a poco las imágenes llenan mi mente: veo las corbatas angostas que usaba mi padre, veo a mi mamá muy joven y muy bonita en un vestido floreado, y me veo junto a mi hermana en un barco en el que viajamos al Perú.

  • 6 mayo, 2011

Por Sebastián Edwards.

Cierro los ojos y pienso en los años sesenta. Poco a poco las imágenes llenan mi mente: veo las corbatas angostas que usaba mi padre, veo a mi mamá muy joven y muy bonita en un vestido floreado, y me veo junto a mi hermana en un barco en el que viajamos al Perú. Lentamente aparecen mis amigos de esa época, con Jorge López a la cabeza, seguido por Máximo Pacheco, Jorge Bande y Anita Mingo. Recuerdo las matinées en el cine Lo Castillo, las primeras fiestas y los partidos de la Católica –esos maravillosos equipos del 61 y del 66. También recuerdo nuestras andanzas por un Santiago triste y húmedo, tomando unas micros destartaladas, o caminando sin parar mientras explorábamos la ciudad en la que habíamos nacido.

Hace 50 años, en 1961, el presidente de la república era un político de centroderecha con fama de estudioso y de genio de las finanzas. También, el país se recuperaba de un terremoto devastador. Pero los paralelos entre esa época y hoy en día llegan sólo hasta ahí. Los sesenta fueron años arrastrados y complejos, años de búsqueda y de esperanzas fallidas, de crisis y desolación. Un contraste abismante con la situación actual, cuando el país se empina en todos los rankings internacionales y se encuentra a las puertas del desarrollo económico.

Durante los sesenta las aspiraciones nacionales eran mínimas. En cierto sentido vivíamos a la sombra de los argentinos. Y no era sólo una cuestión de fútbol. Nos apocábamos ante su desplante, su hablar fuerte, su seguridad a toda prueba y el que estuvieran plantados sin complejos frente al mundo. Viajar a Mendoza era un portento, ya que significaba comer comidas que en nuestro país no existían (o eran muy caras), comprar unos chocolates deliciosos y acceder a ropa de buen corte y diseño moderno. Mirado desde la perspectiva actual, aspirar a ser como Argentina suena extraño, casi absurdo. Ahora queremos parecernos a Australia y a Nueva Zelanda; queremos jugar en las ligas mayores.

Recuerdo mi primera bicicleta. Un armatoste amarillo en el que –muchas veces en compañía de mi amigo Sergio Álvarez– recorría el cerro de la Pirámide y llegaba hasta lo que hoy día es Huechuraba. Era una bicicleta sin cambios, pesadísima y mal hecha, que se estropeaba en un dos por tres. Pero, desde luego, era ‘industria nacional” y era la única marca que, debido a las absurdas políticas proteccionistas del momento, estaba disponible en el mercado. Lo paradojal, claro, era que las bicicletas eran el medio de transporte favorito de los obreros, y ellos tenían que pagar tres o cuatro veces el precio internacional por un producto de pésima calidad, que pasaba más tiempo en el taller que en uso. En vez de ayudarlas, como argumentaban los ideólogos del momento, las políticas de industrialización artificial y forzada perjudicaban a las clases trabajadoras.

También recuerdo que en esa época la mayoría de los precios estaban controlados por un organismo siniestro, llamado Dirinco, y que, en algún momento, se impuso una “veda” legal de carne. Los jóvenes de hoy no lo pueden creer, pero las autoridades nacionales de esa época de verdad creían que la manera de solucionar los problemas económicos del país era prohibiendo –sí, ¡prohibiendo!– el consumo de carne durante ciertos días de la semana. Insólito, por decir lo menos.

Otra cosa que los jóvenes de hoy no creen es que en esa época no teníamos teléfono. Conseguir una línea podía demorar hasta 10 años, y cuando uno se cambiaba de casa había que volver a empezar. Una verdadera pesadilla.

Durante los sesenta la economía era, a todo nivel, un desastre, y los desacuerdos políticos alcanzaban niveles cada vez más agudos, los que ya presagiaban esos enfrentamientos terribles que desembocarían en el golpe de Estado y en casi veinte años de dictadura. Las condiciones sociales eran pésimas: la cesantía era generalizada, y muchos de los que lograban obtener trabajo lo hacían en el sector informal, ganando una miseria y sin contar con servicios de salud o jubilación. Todo esto era el resultado de un enfoque económico que enfatizaba el rol primordial del Estado y quería controlarlo todo, coartando las libertades individuales.

En un buen año la inflación era del 15%, el crecimiento era exiguo, las mejoras de productividad eran nulas y las exportaciones se encontraban estancadas. La noción de que productos chilenos, que no fuera el cobre, pudieran competir internacionalmente era una quimera. Además, la idea de que nuestras empresas invirtieran masivamente en países vecinos era impensable. Y nadie soñaba con tener inflación de un dígito; menos aún por debajo del 3%.

Es verdad que durante los sesenta mucha gente se ilusionó con los cambios y con la revolución cubana. Pero eran ilusiones crudas y mal fraguadas, que provenían de manuales de marxismo de una vulgaridad aterrante. La gente de derecha era igualmente dogmática e intransigente, y muchos anhelaban un golpe de Estado.

A pesar de estos problemas y antagonismos, siento por los sesenta una atracción especial, una añoranza rarísima. Creo que esto responde a dos motivos: para empezar, fue la época de mi adolescencia y de mí despertar ante el mundo. Fueron los años en los que forjé las grandes amistades que persisten hasta el día de hoy, y en los que conocí el placer de la lectura y nació mi interés por la historia. También, en esos años tuve mis primeras pololas –unas niñas dulces y preciosas– e hice mis primeras (y breves) incursiones en la política.

Pero mi atracción por los sesenta va más allá de mi experiencia personal. Hay un elemento societal e histórico, que tiene que ver con la intensidad con la que tanta gente –en todo el mundo, y no sólo en Chile– trató de sacudirse de la convencionalidad conservadora del momento. Muchos de esos intentos fueron fallidos o terminaron mal, pero el que intentaran liberarse y quisieran enfrentar la vida de una manera más auténtica tiene valor por sí mismo.

En su poema Annus Mirabilis el poeta inglés Philip Larkin captura en forma sucinta la esencia de esa época: cuenta que sus relaciones sexuales empezaron en 1963, entre el fin de la prohibición de Lady Chatterley y el primer larga duración de los Beatles (el poema se puede leer aquí: http://www.poetryconnection. net/poets/Philip_Larkin/4761). Hasta los sesenta –o hasta la aparición de la píldora– había poco sexo, la censura en los libros era generalizada y la música era bastante tímida (aunque, desde luego, Elvis y Chuck Berry eran excepciones importantes).

Es quizá esta atracción incontrolable por esos años grises e intensos, peligrosos y frustrantes, lo que explica que mis libros se sitúen en esa época y que exploren, desde diversos puntos de vista, lo que significaba vivir en medio de conflictos políticos, históricos y personales.