Por: Raúl Zurita Vi por última vez a Nicanor Parra siete meses atrás, en la primera semana de junio del año pasado. Fui con Paulina, mi mujer, Sofía García-Huidobro y Patricio Fernández, quien le era muy cercano, entre otras cosas, por los continuos números especiales y homenajes que su revista, The Clinic, le rendía. Nicanor […]

  • 15 febrero, 2018

Por: Raúl Zurita

Vi por última vez a Nicanor Parra siete meses atrás, en la primera semana de junio del año pasado. Fui con Paulina, mi mujer, Sofía García-Huidobro y Patricio Fernández, quien le era muy cercano, entre otras cosas, por los continuos números especiales y homenajes que su revista, The Clinic, le rendía. Nicanor estaba sentado, cubierto con un chal y solo me reconoció a mí y luego a Paulina cuando ella le dijo que era esposa mía.

No lo había visto en más de un año y medio y sabía que era una despedida. “Hola, Raúl”, me dijo al verme. Me senté a su lado tomándole la mano y permanecimos así, por un largo rato en silencio mientras la sala se iba llenando de gente que entraba diciéndole: “Nicanor, soy la tanta o soy el tanto”, pero él no los miraba, como si no hubiera nadie, hasta que en un momento alzando los ojos donde estaba Paulina, me dijo: “Muchacho, ¡tú me levantaste a esa mujer!”.

Fue la última frase que le escuché en mi vida. Sí, era Nicanor Parra. A los minutos vinieron a recogerlo, ya no podía caminar y en un momento, mientras lo alzaban para sentarlo en la silla de ruedas, los pantalones se le vinieron abajo. Yo estaba atrás y desde entonces no he podido sacarme esa imagen de encima. Era la ferocidad de la antipoesía, la ruptura de toda la solemnidad, la vejez de 103 años sin maquillajes. ¿Quiso dar una señal contra la poesía de la vaca sagrada, contra la poesía del toro furioso, contra la poesía del pequeño dios? Bueno, allí estaba la señal.

Ahora se discute si Nicanor estaba o no lúcido. ¿Quién podría saberlo? ¿Quién podría saberlo de cualquier ser humano? ¿Quién podría decir algo de los últimos cinco días? ¿De las últimas cinco horas? ¿Quién podría decir algo de los últimos cinco minutos?

Lo conocí cuando yo tenía 20 años, en su casa en Isla Negra. Fui con un poeta de Valparaíso que lo frecuentaba y del que me había hecho amigo. Llevé mis poemas, pero solo al final me atreví a preguntarle si podía dejárselos y me contestó que sí. Lo volví a ver varias veces, pero jamás me los mencionó. Tiempo después salieron los Artefactos y no daba crédito a lo que veía: varios de mis poemas estaban allí convertidos en artefactos. O sea ¡eran buenos! Fue una de las alegrías más grandes de mi vida. Como muchas cosas que nunca le pregunté, tampoco le pregunté por esos poemas por temor a que creyese que le estaba haciendo un reproche o algo así. Cuarenta y siete años más tarde estaba despidiéndome de él mientras alguien le subía los pantalones. Siete meses después estaba en su funeral.

Fue un funeral extraño, se escuchaban cuecas guitarreadas por los músicos del clan, de pronto cantos gregorianos, muy bello todo, pero nadie, absolutamente nadie, habló; estaba la presidenta de la Republica, había escritores, autoridades, pero nadie le hizo un discurso de despedida o una semblanza, nada. Yo le había dedicado un poema a propósito del cambio de milenio y lo llevé pensando en leérselo, pero en vista de que nadie hablaba, lo guardé.

Una nota más sobre el funeral: se dice que a algunas personas, y a algunas muy cercanas a Nicanor, les prohibieron la entrada. Debe haber un error. Conozco a los hijos de Nicanor, al menos a los que estaban presentes, y sé que jamás serían capaces de una acción tan deleznable y facistoide como la de echar a gente de un funeral, y más aún del funeral de un poeta que le pertenece a la pluralidad profunda del pueblo. Seguro que fue un malentendido.

Pero estaba hablando de un poema dedicado a Nicanor Parra que no leí. Lo dejo acá, por si alguien quisiera mirarlo:

A Nicanor Parra

Sólo tú estás en la vanguardia, maravilloso
antipoeta y mago,
sólo tú eres más joven que yo,
sólo tú maestro mestizo de estrofas y guitarras
marchas adelante
cruzando el siglo como un pájaro que cruza el mar
sin alardes, simplemente
porque el pájaro es pájaro y el mar es el mar.

Tanto mar Nicanor Parra.
Nos morimos todos los días de nuevo pero tú eres
más joven
y eres siempre más joven.

La multitud y la noche se han llenado de estrellas
(tus hermanos te esperan en la noche blanca
y negra),
y yo te veo
y quiero seguirte,
pero tú vas mucho más adelante,
joven y bello, a la cabeza de la muchedumbre
con tu cuaderno de escolar flotando sobre todos.

Y tú saludas mientras las luminarias y las cámaras
te siguen,
cada vez más joven y bello,
al centro,
igual que una foto encontrada en el futuro.

(de Poemas militantes)