Haciendo uso de un minimalismo refinado, Jorge Tacla vuelve a exponer en Chile.

  • 2 noviembre, 2007


Haciendo uso de un minimalismo refinado, Jorge Tacla vuelve a exponer en Chile.

Haciendo uso de un minimalismo refinado, Jorge Tacla vuelve a exponer en Chile. Por Luisa Ulibarri.

El cuerpo humano, el placer, la muerte, el día después de la catástrofe, han rondado durante dos décadas la pintura de Jorge Tacla. Integrante de una renovadora y aún potente generación de los 80, Tacla invirtió a largo y fecundo plazo, al instalarse a los 22 años con una beca Guggenheim en Nueva York.

 

Había partido con sus obsesiones más íntimas e inmediatas: dibujos muy sexuales y perturbadores del cuerpo humano; etnias primigenias, y música de tumbadoras, en una estética cercana a la del haitiano Jean Michel Basquiat.

 

Después, el artista conocería la obra de Rothko, Pollock, Kiefer y Polke, y ello, sumado a la cotidianeidad de un país que monitoreaba los destinos, las grandezas o las catástrofes más grandes del mundo, enriqueció su paleta, y desvió el eje de su mirada hacia el silencio fantasmal, la belleza y el desvarío implícito tras toda violencia, o destrucción del tejido social. Lejos de quedar indiferente ante ello, Tacla construyó entonces una dialéctica visual de vida y muerte, de arquitecturas públicas y desiertos, cuyo legado más actual es la muestra Escombros, en Galería Animal.

 

Sobre tela, papel y yute, Tacla disecta una humanidad en el vértigo. La amenaza y la melancolía posterior a esa solitaria devastación de sus pinturas de gran formato, nos hacían sentirnos abandonados y distantes, pero a la vez tremendamente protagonistas de esas imágenes.

 

Además de citar el bombardeo y las arquitecturas yacentes de Beirut, los escombros de Tacla se adentran en los humores, las células, los flujos y los entramados desvaídos del cuerpo humano ya inerte. El artista elude esta vez los colores explosivos, los restos de edificios tamizados de tierras desérticas, de roqueríos, y esa magia de palimpsesto visual contenida en cada tela.

 

Su paleta esta vez empalidece como alma agujereada dejando entrever, según Richard Vine, “componentes globulares semejantes a células epiteliales de color rosado” y edificios como marcas parecidas a telas o cuerpos porosos. En su minimalismo refinado, reiterativo y ornamental, los gritos silenciosos de la paleta y el luto de polvo de un mármol adormecido y opaco, están más cercanos al cansancio que a la celebración gozosa y desesperada de su inspiración original.