• 15 junio, 2007

 ¿Qué tan sobredimensionados están en relación a otros profesionales? ¿Y qué tiene la economía que no tienen otras ciencias? por Andres Benítez

Si un grupo de filósofos, abogados, psicólogos o incluso médicos, se reúne para analizar el futuro del país, seguramente no aparecerían en ningún medio de prensa. No serían noticia. Pero si el grupo es de economistas, entonces la reunión se transforma en un hecho fundamental para la vida nacional. Es precisamente lo que ha sucedido con el Grupo Santa Rosa, que reúne a 30 economistas de derecha, y que busca preparar propuestas y aportarlas al gobierno que, esperan, sucederá al de Michelle Bachelet. La sola aparición del grupo, significó que el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, señalara, un tanto molesto, que primero hay que ganar las elecciones, y que la derecha no ha ganando ninguna desde que volvió la democracia.

Sorprende primero que la conformación de este grupo Santa Rosa sea noticia. Pero sorprende aún más que sea un motivo de preocupación para el ministro Velasco. ¿Por qué es tan relevante que un grupo de profesionales se junte a pensar el futuro? Quizás sea simplemente porque son economistas.

No cabe duda que la especialidad está sobredimensionada en la vida moderna. Lo está en casi todo el mundo, pero en Chile especialmente. Es el legado de los Chicago Boys, aquellos que la historia dejará como personajes claves del gobierno de Pinochet. De ahí en adelante, nuestros ministros de Hacienda se han convertido en personajes fundamentales. Y un tanto contradictorios, porque pese a definirse como tecnócratas, todos han querido reconvertirse en políticos. Partiendo por Büchi, quien no contento con erigirse en un súper ministro, quiso tocar el cielo y ser presidente. Foxley, Aninat y Eyzaguirre también se tentaron con la idea de ser los herederos del reino, pero ninguno de ellos lo logró. Hasta ahora, al menos.

Pero si bien sus aventuras presidenciales no han tenido eco, no hay que desconocer su poder. Por lo pronto, han logrado instaurar la idea de que son intocables. Porque si un presidente cambia su ministro de Educación, Salud, Trabajo o, incluso, Interior, se habla de un ajuste. Pero si cambia al ministro de Hacienda, entonces estamos frente a una crisis. Una crisis profunda. Prueba de ello es que todos los gobiernos de la Concertación han sido fieles a la regla: el ministro de Hacienda no se toca. No importa si crecemos al 2, al 3 o al 4%. De hecho, no importa si crecemos.

Los economistas de Hacienda tienen un escudo protector inédito y a todo evento en el mundo político. Y cuando algún parlamentario se le ocurre decir que hay que cambiarlo, su voz rápidamente es acallada por irresponsable. Vas a crear incertidumbre en los mercados, nos dicen sin que nadie entienda mucho quién es el mercado que está tan preocupado de estas cosas. Algunos opinan que el poder de los últimos ministros de Hacienda proviene de haber hecho bien su trabajo.
Pero este es un diagnóstico que se contradice con todos aquellos que plantean que la economía chilena se ha dormido y que si uno mira los números agregados las cifras son más bien mediocres. A pesar de ello, a los encargados de Hacienda, en general, no solo no los cambian, sino que terminan siendo personajes muy bien evaluados.

Todo esto, aun cuando ninguno de ellos ha sido catalogado de simpático. Por el contrario, la mayoría de las veces se los considera arrogantes, casi soberbios. Hasta dentro del gabinete son personajes poco queridos. Como son los dueños de la plata, esto les otorga un poder incontrarrestable frente al resto de sus colegas. Así las cosas, el ministro de Educación, el de Salud o el de Transportes, dependen de la buena voluntad del de Hacienda, y eso no le gusta a nadie.

El aura que tienen los ministros de Hacienda se trasmite en alguna medida a los economistas en general. Sus modelos son imprecisos, sus proyecciones muchas veces erróneas, pero su voz sigue siendo fundamental en la vida nacional, algo que ninguna otra profesión puede exhibir. Y si la economía ha hecho aportes fundamentales al desarrollo de los países, su importancia no es mayor que la ciencia, la medicina, la educación o la tecnología. Pese a ello, ninguno de estos especialistas tiene la estampa pública de los economistas, líderes de opinión por excelencia. Quizás por eso mismo a nadie le extraña que la novela más comentada del año en Chile tenga como autor no a un escritor, sino a un economista.