Martín Rodríguez y Francisco Javier Díaz analizan qué significa ser liberal en estos días y de qué manera este sector transversal puede influir en la política, la economía y la cultura.

  • 17 julio, 2012

Martín Rodríguez y Francisco Javier Díaz analizan qué significa ser liberal en estos días y de qué manera este sector transversal puede influir en la política, la economía y la cultura.


Al fin, la partícula liberal

Del mismo modo que el bosón de Higgs, la esquiva partícula liberal comienza a hacerse visible y a tomar cuerpo en la vida política, económica y cultural del país, lo que puede darle masa crítica al actual gobierno y una inesperada consistencia al final de su período. Por Martín Rodríguez.

Hoy existen suficientes evidencias de que el ala liberal de la derecha chilena comienza a doblegarle la mano al sector conservador y a tomarse terrenos vedados para sí misma y otros que eran propios del progresismo liberal de la Concertación. Con la diferencia de que si faltó identidad y convicción en las iniciativas sociales de los dos primeros años del gobierno, ahora este impulso puede rodar de manera brava pero natural.

Las partículas elementales de la sensibilidad liberal del actual gobierno están en el origen de la llegada de Piñera al poder. Hablamos de Rodrigo Hinzpeter, Lily Pérez, Daniel Platowsky, Arturo Fontaine, David Gallagher y Óscar Godoy, personajes que sin duda son un caldo de diversidad y tolerancia. Y para los que los conocen bien, representan identidades e historias personales al margen de la matriz decimonónica de la derecha nacional.

Llegar al gobierno no fue fácil, pero recibir esa ola de críticas generalizadas en los primeros años de gobierno debe haber sido peor. Y aún más amargas pueden haber sonado las que paradojalmente parecieran resaltar su traición al dogma liberal. Para muchos, tanto combo subsidiario ha sido un acto de abandono a la sociedad de oportunidades, ese mundo de trapecistas que debía ser forjado en el espacio de la libertad y la creatividad. Por escuchar a las sirenas de la red proteccionista de Bachelet, algunos en La Moneda olvidaron al viejo liberal De Tocqueville –como lo recordara José Francisco García en una columna– y tomaron el riesgo del asistencialismo, aquel que “no destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y dirige”. Ante esta confusión, pronto se dejó de hablar de la “nueva derecha”. Para los empresarios, las reglas del juego parecían antes más claras. Para neoliberales acérrimos, se optó por una tonta política socialista. Para el liberal progresista de la Concertación, fue una apropiación populista de sus ideas.

Pero Piñera ya no está solo ni el dogma liberal termina en la dimensión económica. Como una marea, las partículas liberales han comenzado a cubrir y tomarse diferentes espacios de la sociedad chilena, en un plano acotado, elitista, pero muy influyente.

El autor es director ejecutivo de Feedback.
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En primer lugar, en el mundo de la cultura, lo que se expresa en la tolerancia y apertura a las temas de orientación sexual e identidad de género. La foto del ministro de Educación, Harald Beyer, con su amigo el escritor Pablo Simonetti apoyando el lanzamiento de la fundación Iguales durante la marcha de la diversidad es, sin duda, un batatazo. No sólo fue un golpe mediático en un tema mediáticamente vedado hasta hace no mucho, sino que el cruce de fronteras sirvió además para quitarle o al menos para disputar una bandera eternamente afincada en la izquierda. Es cosa de ver el secundario rol que tuvo el Movilh, el viejo referente de izquierda de las minorías sexuales. Esto pudo parecer un guiño marketero durante la campaña de Piñera, pero hoy vemos persistencia en el tema de género y apertura en los sectores más conservadores. Al conocido intelectual de UDI que ha apoyado públicamente a su hijo gay, se suma a su manera Andrés Chadwick, que primero apoyó la ley antidiscriminación, junto al liberal Andrés Allamand, y recientemente la unión civil de parejas del mismo sexo. Para La Tercera, este proceso es señal de que el ministro UDI “ha ido transitando, tímidamente, a la sensibilidad liberal”. Pues, como dice, la vida le ha enseñado “que los valores y principios no se pueden imponer al resto”.

En el mundo de las ideas y de la ciencia también los vemos muy activos. Es así como el creciente interés en las ideas neoevolucionistas “de connotación liberal– ha dado paso a diferentes iniciativas de alta convocatoria. Algunas, desde la lógica innovadora de Fundación Chile; otras, desde el espíritu liberal de Celfin, como el ciclo llamado TheTalk, con el objeto de aportar con ideas y visiones. Los participantes son sin duda un influyente elenco: Juan Claro, Jorge Errázuriz, Claudio Bunster, Arturo Fontaine, Tamara Avetikian, Álvaro Fischer, Álvaro Saieh y Sergio Melnick. No todos son liberales, pero son los liberales los que lo hacen posible.

En el tema de las drogas también han irrumpido, rompiendo moldes y cruzando viejas trancas y provocando nuevamente el desconcierto en los sectores más conservadores. Así, debido al fracaso de la lucha en contra de las drogas, han rescatado el espíritu de Milton Friedman, quien concluía en que se combatían mejor legalizándolas que prohibiéndolas. En este terreno, insólito para la derecha tradicional, personalidades como Francisco José Covarrubias y Álvaro Fischer, liberales acérrimos, han aceptado el fracaso del prohibicionismo y aceptado la propuesta miltoniana. Para ello han citado en columnas mercuriales a otro viejo liberal, John Stuart Mill, quien decía que “el propio riesgo individual no parece razón suficiente para que el Estado intervenga”.

Pues precisamente todo tiene que ver con el Estado. Es muy probable que la agenda social de Piñera sea más bien pragmática, un necesario ejercicio de estabilidad social. No así para sectores más conservadores como Hernán Larraín, que creen que a propósito del debate tributario la misión de la Alianza no es defender el dogma liberal sino el Estado subsidiario. Puede darse el caso de que en el último tramo del gobierno se reviertan los roles y los conservadores quieran más Estado. Pero también es probable que esa batalla la pierdan: es cosa de ver cómo terminó la discusión sobre el salario mínimo, con los conservadores taimados por no lograr que se subiera.

Y en el plano de los presidenciables del conglomerado de gobierno ya ganó el discurso liberal: Longueira hablando de los consumidores, mientras Allamand ya cruzó el desierto y puede ser el liberal de siempre; y con un Golborne hijo ilustre de una sociedad de oportunidades, meritocrático y optimista, quien desde ya está instalando que todos los chilenos merecen la felicidad.

En definitiva, ha surgido un mundo liberal que atraviesa distintas fronteras y con una plena convicción en el progreso. Le han perdido el miedo a las advertencias que los sectores más conservadores han impulsado otrora, con su sempiterno llamado al orden y tradición. No es necesario conocer la cuna para confiar en el otro. Bienvenidas la meritocracia, la tolerancia y la diversidad. Jorge Errázuriz, liberal y optimista irredento, tiene algunas frases para el bronce que grafican esta irrupción: en Chile somos “todos nuevos ricos” o “los dinosaurios –los políticos– tienen que dar un paso al lado”. Verdaderos manifiestos liberales.

Lo particular es que es una corriente que crece; y es probable que sea la sensibilidad política que por ahora mejor converse y se articule con la paradojal convivencia entre malestar y optimismo en el futuro que hoy está presente en la sociedad chilena, como bien lo muestra en su último libro Eugenio Guzmán, un liberal con militancia UDI.


Liberen a los liberales

El gran logro de candidatos como Velasco, MEO, Allamand o Golborne sería poder aglutinar a los liberales de todos los sectores en una sola gran causa, una suerte de “nuevo centro” de la política chilena. Pero para eso deberán sacudirse de inercias del pasado. Por Francisco Javier Díaz.

Qué significa ser liberal? ¿Es una postura filosófica ante la vida? ¿Es una postura pragmática ante las cosas? ¿Tiene algún destino político tratar de organizar a los liberales hoy día en Chile? ¿O están destinados a vivir desperdigados y ser, más bien, una suerte de Pepe Grillo libertario en los partidos de izquierda y derecha? Porque si todos tenemos algo de liberal, ¿por qué no apelar a ese voto directamente?

Hace tiempo que los liberales dejaron de tener representación política específica en Chile. Durante los albores de la república y mediados del siglo 19, los liberales (los famosos pipiolos) lograron organizarse como partido político y promover políticas acordes a su ideario. En libertades civiles, libertad de prensa, cuestiones religiosas, libre circulación de los bienes, los liberales lograron dejar su impronta en nuestra legislación, oponiéndose al poderoso eje católico-agrario-conservador. Dejan como legado grandes y controvertidos líderes, desde José Manuel Balmaceda a Arturo Alessandri.

Los liberales se dedicaron a gobernar y legislar desde fines del siglo 19 y comienzos del 20. Sin embargo, nunca lograron conectar certeramente con la naciente y creciente clase media, desde donde el Partido Radical termina ganándole sin contrapeso. Su genealogía de elite le impidió abrirse a nueva gente. Ni hablar de inserción en movimientos sociales, campesinos, pobladores u obreros. Poco a poco, los liberales fueron asimilándose a sus otrora adversarios, los conservadores, en la defensa del orden establecido. Hacia mediados del siglo 20, el clivaje religioso lo encarnaba mejor la disputa entre radicales y democratacristianos. Los liberales se asociaban, más bien, con el antiguo régimen oligárquico y patriarcal. Luego de la debacle electoral de 1965, terminaron fusionándose como partido de clase, junto al Conservador. Y finalmente, lo poco que quedaba de ese partido no fue capaz de cumplir con lo mínimo que le correspondía hacer a un partido democrático en dictadura; en otras palabras, no se vio a los liberales defendiendo libertades. Esa fue la bancarrota moral del liberalismo clásico en Chile.

El autor es investigador senior de Cieplan y miembro de la comisión política del PS.
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¿Pero es justo limitar el liberalismo chileno a aquel añoso Partido Liberal? Ciertamente, no. Surgen hacia fines del siglo 20 plataformas liberales en diversos puntos del espectro político. En la derecha, el neoliberalismo económico y social, inspirado en Hayek y Friedman, que gana adeptos rápidamente y forma una exitosa alianza estratégica con el gremialismo político para hacerse de la manija de las políticas públicas durante el régimen de Pinochet. Pero su lógica de análisis, su verdadera filosofía, se impregna con fuerza en toda la derecha y logra subsistir mucho más allá del gobierno militar.

La derecha, sin embargo, ha sido temerosa para entrar en otras áreas. El extremo liberalismo (o neoliberalismo) económico, el de la desregulación y el estado subsidiario no ha sido acompañado de un correlato político ni valórico. La derecha liberal en Chile terminó defendiendo a senadores designados y enclaves autoritarios, oponiéndose a la píldora del día después, o al matrimonio homosexual. ¡Si hasta Andrés Allamand se opuso a la ley de divorcio a fines de los años noventa!

En el centro y en la izquierda, el proceso de renovación también abrió espacios para el pensamiento liberal. Distintas ramas de pensamiento fueron construyendo, de manera menos orgánica que el neoliberalismo en la derecha, pero igualmente influyente, un cuerpo de ideas socialdemócrata-liberal que fue el que, casi sin decirlo, gobernó durante los 20 años de Concertación. En lo político, la renovación de la izquierda y el predominio exclusivo de la democracia representativa; en lo legal, la ética de los derechos humanos y las libertades personales; en lo social, un mayor balance entre igualdad y libertad; en las políticas públicas, la lógica implacable del rational choice; en lo económico, la aceptación del mercado como motor de la economía; en lo valórico, el divorcio completo con la tradicional moral conservadora.

Este cuerpo de ideas de la Concertación, sin embargo, se armó a pulso, más en la práctica que en los cursos de teoría política. Leyeron a Rawls, Giddens y Bobbio, es cierto, pero la construcción del socio-liberalismo chileno es una construcción pragmática, evolutiva, más parecida al laborismo inglés o a la socialdemocracia escandinava que a la verborrea izquierdista bolivariana.

A esta evolución ideológica en la derecha y en la izquierda se debe sumar el empoderamiento ciudadano. Hoy en día, detrás de cada movimiento social hay también una motivación individual. Lo colectivo se ha fundido con lo personal. El empoderamiento ciudadano es el empoderamiento de miles y miles de personas, todos sujetos de nuevos derechos.

Ad portas de un nuevo escenario presidencial, algunos candidatos han tratado de hablarle a este nuevo mundo. Andrés Velasco y Marco Enríquez-Ominami llevan la delantera (aunque MEO de manera menos explícita). Andrés Allamand podría intentarlo también, aunque Golborne tiene toda la biografía para tener más éxito en esta tarea. El gran logro de ellos sería poder aglutinar a los liberales de todos los sectores en una sola gran causa, una suerte de “nuevo centro” de la política chilena, moderno, meritocrático, tecnocrático, progresista y pluriclasista. Suena difícil hacerlo porque, en cierta forma, significa liberarse de inercias pasadas. Pero creo que no tienen nada mejor que hacer que intentarlo.