¿Recuerda el final de la película Los Cazadores del Arca Perdida (1979)? El doctor Indiana Jones recibe la noticia de que el Arca de la Alianza no pasará a formar parte del museo de su universidad, ya que la Casa Blanca estima que estará mejor resguardada en un lugar secreto. Corte y un par de […]

  • 22 agosto, 2013

Ilustracion

¿Recuerda el final de la película Los Cazadores del Arca Perdida (1979)? El doctor Indiana Jones recibe la noticia de que el Arca de la Alianza no pasará a formar parte del museo de su universidad, ya que la Casa Blanca estima que estará mejor resguardada en un lugar secreto. Corte y un par de sujetos empujan un carro con el Arca dentro de una caja de madera, almacenándola en una especie de bodega kilométrica copada de cientos de recipientes exactamente iguales. Esta historia tiene un curioso paralelo con el destino de uno de los hallazgos arqueológicos más importantes, curiosos (y accidentados) de nuestro país.

A fines del siglo XIX, cuando se iniciaba la explotación minera de la actual mina a tajo abierto de Chuquicamata se encontró la momia de un hombre vestido con un “traje de cobre”. El “personaje” fue trasladado a Estados Unidos, sin que ningún Indiana Jones local pudiera meter mano e investigar y acabó sus días en los sótanos del Museo de Historia Natural de Nueva York, acaso en un almacén de cajones muy parecido al del final de la primera aventura del Dr. Jones. Objetos legendarios, míticos y ancestrales, provenientes de todas partes del mundo, que no son exhibidos en la colección principal y ni siquiera estudiados, permaneciendo guardados hasta que… Indiana Jones lo rescate y quizás lo mande de vuelta con sus dueños originales.

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Un paréntesis personal. Conocí la historia de la momia del Hombre de Cobre por casualidad. Desde hace tres meses, junto al dibujante Nelson Daniel (Juez Dread) realizamos para Codelco, en el marco de la gira Imagina Chile, las aventuras de un personaje llamado Cobre, un superhéroe con poderes originados en las propiedades del metal rojo, que a la fecha suma dos revistas de historietas de ocho páginas, las cuales pueden leerse online en el sitio de la empresa (www.codelco.com) o en papel, distribuidas gratuitamente en las ciudades que forman parte del nombrado tour de Imagina Chile. Durante el proceso de creación del “vengador escarlata”, se nos contó la historia de esta momia con el objeto de usarla de base en la creación del campeón enmascarado, suerte de heredero contemporáneo de ese “minero perdido”, caballero fundacional y ancestral de Chuquicamata.

Estando actualmente en propiedad del Museo de Historia Natural de Nueva York, tanto Codelco como la DIBAM llevan años tratando de repatriar a nuestro “primer minero de cobre”. Se han hecho todas las gestiones imaginadas, incluso durante el proceso de nacionalización del cobre durante el gobierno de Salvador Allende se le dio un cariz político a esta misión, hablándose derechamente de un robo patrimonial histórico. Robo que, cuando se conoce la historia completa, no fue tal y que explica por qué es tan complicada la recuperación de la reliquia, acaso nuestra versión del Santo Grial o la ya mencionada Arca de la Alianza. Por mientras, y a modo de compensación, una réplica del Hombre de Cobre puede verse en la sala de este mineral del Museo de Historia Natural de la Quinta Normal, misma que Codelco ha mostrado en exposiciones y eventos a lo largo de Chile.

El inicio de la historia

En octubre de 1899, un derrumbe en una ladera perteneciente a la mina La Descubridora (actual Chuquicamata), propiedad del empresario galés William Mitchell Matthews, dejó al descubierto el cuerpo perfectamente momificado de un indígena en posición recostada que, al parecer, había quedado atrapado mientras realizaba labores mineras en un yacimiento prehispánico ubicado en el mismo sitio. El ingeniero francés Mauricio Pidot, que dirigía las faenas de excavación, anotó en su bitácora que el cuerpo se encontraba sepultado con un conjunto de herramientas y estaba cubierto de una capa de costra verde que lo protegía a modo de armadura. Esta costra verde no era otra cosa que cobre envejecido tanto por el paso de los años como por la tumba subterránea. El curioso evento no tarda en ser difundido por periódicos del norte y de Santiago y en ser comidillo de la opinión pública.

Un mes después, tres norteamericanos miembros del directorio de Anaconda Copper Mining, empresa que iba a comenzar las extracciones en Chuquicamata, fotografiaron la momia y realizaron un primer estudio a la reliquia, respecto de sus características y supuesto origen. Este trío de estadounidenses estaba encabezado por el escritor y empresario Edward Jackson, quien estaba acompañado por sus colegas William Hogg y John Mc Kenzie y es entonces cuando comienza la real odisea del Hombre de Cobre.

El propietario de la mina La Descubridora pelea con su ingeniero jefe por quién fue el responsable de sacar a la luz el minero prehispánico. Los “gringos” de Anaconda ofrecen dinero e involucran al gobierno de Estados Unidos para hacer todo lo posible por sacar al Hombre de Cobre del norte de Chile y trasladarlo a Estados Unidos, y Jackson escribe un largo ensayo acerca de las características del personaje. Se habla de 600 años de antigüedad, de que es el “primer minero de Cobre de la historia de nuestro planeta”; que es un rey o un guerrero, que está enterrado en una posición ceremonial, que es mujer, que es hombre. Es inicios del siglo veinte, la gente lee a Julio Verne, se fascina con lo exótico, y el descubrimiento en la actual Chuquicamata es a la prensa de la época como si hoy se encontrara el cadáver de un extraterrestre. Y, por supuesto, empiezan las ofertas económicas por la propiedad del hallazgo.

Quién da más

La momia es finalmente adquirida por el ya mencionado Edward Jackson gracias a la interacción de José Toyos, propietario de la mina Rosario del Llano, quien adquiere al Hombre de Cobre por mil pesos chilenos (unos 2 millones actuales) a nombre del estadounidense, con el compromiso de dividirse las ganancias que se conseguirían por su exhibición. El “minero prehispánico” es trasladado a Antofagasta, donde es recibido por Jackson, quien de inmediato anota que le falta un dedo del pie, pérdida que jamás se aclaró y de la cual hay opiniones contradictorias. O se perdió durante el traslado o alguno de los peones contratados por Jackson y Toyos lo robó para dejarse un “recuerdo” de la momia. De ambas posibilidades, Bernardita Ojeda, antropóloga del Museo Nacional de Historia Natural, se inclina por la primera.

Durante 1901, el Hombre de Cobre estuvo en exhibición en una vitrina instalada en la sala principal de la casa de Jackson en Antofagasta, pero como no resultó el éxito que el norteamericano esperaba, él y su socio comenzaron a ver de qué manera podían sacar más provecho y solventar los gastos; desde inventar historias hasta arrendarlo a terceros que quisieran mostrarla en otros lugares del norte o centro de nuestro país. En el entreacto, el gobierno de Bolivia se entera del descubrimiento y comienza trámites oficiales para trasladarla a un museo de La Paz, argumentando que el Hombre del Cobre era ciudadano boliviano, ya que aunque el hallazgo se hizo durante la soberanía chilena de la actual Chuquicamata, la antigüedad del individuo lo convertía en ciudadano boliviano. Las gestiones no llegaron a ningún puerto y no pasaron de un par de cartas que no obtuvieron respuesta de las autoridades chilenas, ya que se consideraba la reliquia como propiedad privada de Jackson y Toyos.

Emerge entonces la figura de Hermógenes Pérez de Arce Lopetegui, diputado y periodista chileno, quien arrienda al Hombre de Cobre por $ 500 para exhibirlo en Valparaíso y Santiago a cambio, además, de traspasar la mitad de las posibles ganancias a sus propietarios originales. No ocurrió mucho y la muerte en 1902 de Pérez de Arce dejó nuevamente al Hombre de Cobre en tierra de nadie. Toyos empieza a hablar de una supuesta maldición, rumores que Jackson no tarda en poner freno. Es aquí cuando entra a la historia el señor Oreste Tornero, hijo de uno de los fundadores de El Mercurio de Valparaíso, quien en sociedad con un español de apellido Torres, adquieren el Hombre de Cobre por una suma cercana a los 15 mil pesos de la época, que iban a ser divididos en 5 mil al contado y 10 a cancelarse en tres meses. Como estos 10 mil nunca llegaron, Jackson y Toyos exigieron, bajo contrato, que la mitad de las ganancias que los nuevos dueños consiguieran gracias a la momia debían entregárseles. De mala gana, Tornero y Torres se vieron obligados a aceptar.

El Hombre de Cobre conquista Estados Unidos

La movida perpetrada por Tornero y Torres fue trasladarse a Estados Unidos, donde se organizaba, en Buffalo, New York, la Exposición Panamericana. Si lograban posicionar la momia en medio de esa muestra, sin dudas podrían realizar un excelente negocio. La Exposición Panamericana era una extraordinaria muestra de Ciencia y Técnica de los países del continente americano. Sin embargo, sus reglas y procedimientos eran muy estrictos e incluso el pabellón oficial del gobierno de Chile estuvo a punto de ser suspendido por incumplimiento de los trámites burocráticos pedidos.

Si bien el Hombre de Cobre fue una gran atracción en el evento, la preocupación iba dominando a Tornero y Torres, quienes veían que pasaba el tiempo y que su proyecto de sacar ganancias al espécimen se iba diluyendo. Además, los gastos de mantención aumentaban y al no ser Tornero y Torres parte de una institución académica, se corría mucho riesgo de que la reliquia se dañara o derechamente desapareciera producto de las inclemencias del tiempo y del clima. Hacen su entrada así en este thriller arqueológico las figuras del Museo Histórico de Buffalo, el Smithsoniano y el Museo de Historia Natural de Nueva York que se disputaron la posible compra del ejemplar, aunque no están dispuestos a desembolsar las sumas exigidas por los socios.

Varios artículos de periódicos norteamericanos de 1903 y 1904 hacían referencia a la pieza chilena y los intentos de los museos de hacerse dueños. Lamentablemente, el tiempo se dilató y como el dinero no aparecía, Tornero y Torres tuvieron que pedir un préstamo empleando la momia como garantía. En esos años se afirma que la momia llegó a ser mostrada en un circo itinerante de curiosidades y freaks, incluso aparece en un cartel del Madison Square Garden junto a hombres barbudos y monstruos marinos. Lamentablemente, estas exhibiciones, por mucho público que acapararan, no llegan a cubrir los enormes gastos de los socios.

Como el negocio no se concretaba, la oficina financista Hemenway & Co. de Nueva York acabó embargando el cuerpo del minero prehispánico y los socios no tuvieron más que regresar a Chile con los bolsillos vacíos. Mientras tanto en Antofagasta, Edward Jackson y su socio Toyos, cansados de tan fallido periplo, se las ingenian para recuperar sus derechos sobre la momia y autorizan al comerciante Raimundo Docekal, de Antofagasta, a viajar a Estados Unidos para recuperarla. Le entregaron 500 dólares en oro y un poder, pero el barco en que viajaba naufragó en el estrecho de Magallanes. Jackson comienza a pensar que en verdad había una maldición rondando a la momia. Eventualmente, Docekal llega a Nueva York y gestiona un arreglo con el acreedor (Hemenway & Co.) cancelando la deuda, sin embargo, como Jackson y Toyos se niegan a pagarle mil dólares, decide quedarse con el “minero prehispánico” y antes de que los antofagastinos puedan hacer algo, vende la momia al banquero y coleccionista John Piper Morgan,  un famoso magnate que pocos años después se haría mundialmente famoso al bajarse del Titanic antes de que el barco zarpara de Inglaterra, por un extraño presentimiento que experimentó al subir al vapor.

Y como la vida tiene más vueltas que una oreja, Morgan investiga la historia del Hombre de Cobre y decide donarlo al Museo de Historia Natural de Nueva York, su ciudad natal, y de cuyas instituciones culturales es mecenas. Tras exhibirse durante un tiempo en los diversos pabellones y galerías de esta tradicional institución, nuestro primer minero fue relegado a los sótanos del edificio, ubicado frente al Central Park, donde aún se encuentra esperando que algún día los trámites de Codelco y la DIBAM lo traigan de regreso a Chile. ¿Y después qué? Quizás el destino sea otro sótano, otra caja, y otra historia, con aún más vueltas de tuerca que esta. •••