A veces, un viaje que comienza mal termina muy bien. Eso nos pasó durante una visita a los nuevos terrenos de la viña Estampa en Paredones, en la costa de Colchagua.

  • 19 febrero, 2009

A veces, un viaje que comienza mal termina muy bien. Eso nos pasó durante una visita a los nuevos terrenos de la viña Estampa en Paredones, en la costa de Colchagua. Por Marcelo Soto.

Colchagua es famosa por sus tintos, cálidos y grasos, en especial el carménère, pero en el último tiempo se han empezado a plantar viñedos en las zonas más frescas del valle, hacia la costa. Si Lolol ha mostrado potencial para el syrah, Paredones –a pocos kilómetros del mar– podría dar la pelea por el sauvignon blanc. Ya hay un buen exponente de la viña Casa Silva y ahora Estampa acaba de comprar 40 hectáreas, en los que también plantará pinot noir y chardonnay.

Fuimos hasta Paredones junto al enólogo Ricardo Baettig y el viticultor Martín Fernández para conocer el proyecto, que recién está en pañales, aunque promete bastante. “Queríamos un lugar de clima frío sin tener que pagar tanto como en Casablanca”, explica el enólogo.

“Aquí las condiciones climáticas son parecidas a la parte más fresca de Casablanca, pero sin heladas. El promedio de las temperaturas máximas es menor. El gran problema es la falta de agua”, agrega Baettig.

Estampa nació con el eslogan de hacer vinos de mezclas, cuando éstos podían ser una novedad. Hoy los ensamblajes son bastante comunes, pero la viña insiste en la idea, lo que a veces parece un pie forza do. ¿Si tienen un excelente carménère de Marchigüe, por qué no embotellarlo solo?

La pregunta queda rondando durante la cata, que comienza de manera desordenada. Aparte de que hay un imprevisto cambio de planes en la agenda del viaje, una de las botellas sale defectuosa. Sin embargo, probamos cosas interesantes, como un Gold Syrah-Cabernet Sauvignon- Merlot-Malbec 2007 ($11.000), un tinto fresco, con fruta roja y un tono muy especial a aspirina, algo rudo en boca, pero de buen futuro. También resulta sorprendente un Reserve Syrah-Viognier 2008 ($5.000), cuya variedad blanca ocu-pa un nada desdeñable 7%.

La gracia de estos vinos es que no apuestan tanto por la ultra madurez como otros ejemplares del valle. Sin llegar a deslumbrar, tienen bastante carácter. Se salen un poco de la norma y eso siempre se agradece. Más tarde probamos un blanco de Casablanca, Reserve Sauvignon Blanc-Chardonnay-Viognier 2008 ($5.000), que destaca por su nariz cítrica y una boca capaz de hacer frente a platos marinos de contundencia.

Pero lo más memorable de aquel viaje fue que algunos detalles empezaron a estropearse. Parecía un cuento de Murphy. De pronto nos perdimos antes de llegar a Pichilemu y luego nos quedamos en pana cuando volvíamos a Santiago, en un lugar llamado Rapel de Navidad. Pasado el mal rato, terminamos de muy buen humor bebiendo cerveza en una fuente de soda junto a Baettig y los wine writers Patricio Tapia y Eduardo Brethauer. Había un viejo wurlitzer en el que escuchamos canciones románticas. Los caminos del vino, a veces, llevan a lugares impensados.