Estuvimos en la capital inglesa para participar de una singular competencia: seis cosechas del vino chileno Seña contra cuatro reputados vinos de Francia e Italia. Más allá del resultado, la conclusión es que Chile puede producir tintos de primera clase que envejecen de manera notable. Por Marcelo Soto, desde Londres

  • 20 junio, 2012

Estuvimos en la capital inglesa para participar de una singular competencia: seis cosechas del vino chileno Seña contra cuatro reputados vinos de Francia e Italia. Más allá del resultado, la conclusión es que Chile puede producir tintos de primera clase que envejecen de manera notable. Por Marcelo Soto, desde Londres

Londres siempre sorprende. Cuando uno cree que la ciudad va a estar deprimida ante el panorama sombrío de Europa, ahí aparece de nuevo la vitalidad de una metrópolis que vibra como ninguna otra. Aunque, claro, si hilamos fino, pueden advertirse pequeños nubarrones, cierta desesperación en los semblantes de los elegantes ejecutivos de traje y corbata que colman los bares a la hora de almuerzo en el sector de Green Park. Se empinan varias jarras de cerveza, algunos toman largos cocteles… ¿volverán a la oficina?
En realidad, no es una sorpresa la capacidad para beber de los londinenses, ni lo bien que saben vestirse. La invitación al Four Seasons, donde iba a celebrarse una cata vertical de Seña, un tinto de Aconcagua producido por Eduardo Chadwick, decía que había que usar corbata, pero los periodistas ingleses no respetan el dress code. Aunque, lejos, son los más distinguidos entre el medio centenar de invitados –provenientes de diversos países- a la degustación.

Chadwick recibe personalmente a los participantes de un particular desafío: se medirán a ciegas seis cosechas de Seña con dos súper Toscanos y dos Premier Cru de Burdeos. Obviamente, los organizadores chilenos traslucen algo de nerviosismo. Londres tiene fama de ser una de las capitales con el paladar más exquisito para el vino. Sin tener una tradición productora, son los consumidores más exigentes. Acostumbrados a beber botellas de otros países, tienen un gusto cosmopolita y ni una pizca de chovinismo.

Si algo impresiona de Chadwick es su pasión y determinación por comprobar una cosa: que los mejores vinos chilenos pueden pararse de igual a igual junto a los grandes tintos europeos. Su primer gran golpe lo dio en la Cata de Berlín de 2004, donde Viñedo Chadwick 2000 y Seña 2001 ocuparon los lugares de honor superando a Château Lafite 2000 y Château Margaux 2001. Algunos viñateros, sobre todo de Burdeos, se molestaron: eso era, arguyeron, comparar peras con manzanas, porque los vinos franceses necesitan mucho más tiempo en botella que los vinos del Nuevo Mundo para llegar a su punto óptimo. Y envejecen mucho mejor.

Esa idea de que los vinos chilenos no envejecen bien es la que está tratando de desmentir Chadwick con esta nueva cata londinense. ¿Dicen que Chile no puede producir grandes vinos de guarda? Pues bien, comparemos diferentes cosechas de Seña con añadas de Burdeos y Toscana y veamos qué pasa.

Peter Richards, el crítico inglés que más sabe de vinos chilenos, y Steven Spurrier, editor asesor de la revista Decanter, dirigen la degustación. La presencia de Spurrier no es menor: él fue quien organizó el mítico Juicio de París de 1976, que catapultó a los vinos californianos a la fama al ponerlos a competir en una cata a ciegas con grandes vinos franceses, y que incluso inspiró una reciente película hollywoodense. Los competidores en Londres son Seña 95, 97, 2001, 2005, 2007 y 2010, los toscanos Sassicaia 2005 yTignanello 2008 y los bordeleses Château Lafite 1995 y Château Margaux 2001.
Primera observación: no creo que el vino sea un asunto de rankings, de puntajes más o puntajes menos, pero las degustaciones a ciegas son una herramienta eficaz para verificar qué nos gusta, más allá de la reputación de una etiqueta. Segundo: hay seis vinos chilenos, y sólo cuatro europeos. Por un asunto estadístico, Chile no debería ir tan mal.

Sin embargo, de igual forma es sorpresivo el resultado. Los asistentes, muchos de ellos expertos catadores, no lo pueden creer. Dos chilenos ganan. La chica al lado mío, una inglesa joven que escribe largas descripciones de cada vino, no sale de su asombro. “Nunca lo imaginé, también puse en los primeros lugares a Seña”, comenta. La lista final es la siguiente :

1. Seña 2008
2. Seña 2010
3. Château Margaux 2001
4. Sassicaia 2005
5. Seña 2001
6. Tignanello 2008
7. Seña 2005
8. Seña 1997
9. Seña 1995
10. Château Lafite 1995

Mi propia evaluación difiere bastante del promedio. Puse en primer lugar a Lafite y en segundo a Seña 2001; y a Tignanello y Seña 97 compartiendo el tercer puesto. Pienso que premié a Lafite por ese toque animal que me encanta y que algunos catadores, por el contrario, castigan. Lo mismo me pasó con Seña 2001: las notas mentoladas, balsámicas, inmediatamente me hablaron de un tinto chileno clásico.

Debo decir que todos los vinos catados eran muy buenos y las diferencias, mínimas. En mis apuntes puse puntajes de 90 a 95, siguiendo la clasificación estándar de un máximo de 100.

Ahora bien, como conclusiones, creo que la cata demostró dos puntos centrales: 1) un gran vino chileno puede estar al mismo nivel que etiquetas muy famosas de Europa, que fácilmente cuestan cinco veces más, 2) grandes exponentes, como Seña, tienen capacidad de guarda y pueden mejorar con el tiempo.

Sin embargo, otra cosa que la cata reveló es que muchos de estos vinos tienden a parecerse. Yo premié a los más distintivos, pero la mayoría apostaba por un estilo de fruta muy madura, una barrica muy presente y un alcohol elevado, sobre todo en las muestras chilenas. La estandarización, creo, es uno de los mayores peligros que afronta el mundo del vino; en ese sentido, apostar por otros estilos es una de las deudas de la industria nacional. Si ya hemos demostrado ser capaces de hacer vinos de primera clase, nos falta confirmar que también podemos hacer cosas distintas, únicas, radicales. Como el espíritu de Londres.

Hallazgos costeros
Francisco Baettig, elegido Mejor Enólogo del Año por los cronistas gastronómicos, es el responsable de los vinos del grupo Errázuriz, incluido los Seña que deslumbraron en la cata de Londres. Está clarísimo que Baettig puede hacer grandes vinos, al estilo de los mejores tintos bordeleses, pero también tiene una mente y un paladar curioso que lo lleva a experimentar, a elaborar cosas que se salen de esa norma y exploran nuevos territorios.

Nos juntamos con Francisco en Santiago, para probar algunas de esas novedades que está haciendo y, de verdad, el asunto es tremendamente promisorio. Conversamos largamente sobre el vino y sus caras –en otra oportunidad contaré más detalles de esa charla- pero lo que sobresalen son un puñado de botellas notables, como The Blend White 2011, de viñedos de Ocoa, a 50 km del océano Pacífico; una mezcla que se compone de un 55% de roussanne, 30% de marsanne y un 15% viognier. Uno de los blancos nacionales más delicados y complejos que haya probado en mucho tiempo.

Otra sorpresa que de seguro dará mucho que hablar es el Chardonnay 2011 Wild Ferment de Aconcagua Costa –una zona de gran potencial, y una de las apuestas más auspiciosas de Errázuriz-, una maravilla de frescor y verticalidad, un vino que casi se masca y nada tiene que ver con los ejemplares tradicionales de esa cepa que ha hecho Baettig en el pasado. Entre los tintos, destacan un Pinot Noir Wild Ferment 2011, delicado y grato, y un soberbio Syrah 2010, también de Aconcagua Costa. Hay que seguirles la pista a estos vinos, en los que Baettig está apostando por un estilo sumamente fresco, más vertical y sin excesos de madera.