Estuvimos en la capital inglesa, donde Eduardo Chadwick recibió el premio Hombre del Año de la revista Decanter. Una distinción que marca un hito en el vino chileno.

  • 11 mayo, 2018

No es común ver a tanto peso pesado de la industria del vino reunido en un mismo lugar. Estamos en el hotel Lanesborough de Londres y la ocasión tiene como protagonista a un chileno, el empresario Eduardo Chadwick, presidente de viña Errázuriz, elegido Hombre del Año por la revista Decanter.

El lugar está a tope: 108 invitados, varios de los cuales cruzaron océanos para llegar. En un principio la cena de homenaje iba a realizarse en otro hotel, pero debido a la alta participación se optó por un salón más grande. Los únicos invitados que se bajaron en el último momento, por la crisis diplomática entre Moscú y Londres, venían de Rusia.

Chadwick, el primer chileno en obtenerlo, ganó este premio debido a la aventura que inició hace casi dos décadas, cuando realizó la Cata de Berlín, para demostrar que los vinos nacionales podían ser tan buenos o mejores que los grandes vinos del mundo. Siguiendo la idea del llamado Juicio de París, que en 1976 probó que los tintos y blancos de California podían competir de igual a igual con los de Burdeos o Borgoña, organizó en la ciudad alemana una degustación a ciegas que incluía a un puñado de grandes etiquetas francesas, italianas y chilenas.

Fue en enero de 2004 y el resultado sorprendió. Viñedo Chadwick 2000 (Maipo) y Seña 2001 (Aconcagua) quedaron en primer y segundo lugar, superando a estrellas como Château Lafite, Château Margaux, Château Latour y Tignanello, Sassicaia, Solaia y Guado al Tasso, de cosechas tan aplaudidas como las de 2000 y 2001.

Fue el inicio de un largo viaje que tuvo una suerte de coronación cuando vinos del grupo Errázuriz lograron 100 puntos, según el crítico norteamericanos James Suckling. Y en buena medida por eso la celebración en Londres tuvo una connotación no tanto de revancha, pero sí de reconocimiento y hasta de justicia. Chadwick, pese a la resistencia que enfrentó, logró salirse con la suya. Demostró que tenía razón, que Chile era capaz de elaborar tintos de clase mundial. Y no es poco, en un mundo tan conservador como el del vino.

Uno de los presentes, Tim Mondavi, comentó: “He conocido a Eduardo por más de 25 años y tuve el placer de trabajar con él en la creación de Seña… siempre me impresionó por su pasión, dedicación y sofisticación. He llegado a pensar en él como en el Robert Mondavi de Chile”.

Otro invitado, Steven Spurrier, quien organizó la famosa Cata de París, recordó una historia poco conocida. “En 2003 y 2004, Eduardo vivió en Oxford mientras estudiaba para convertirse en Master of Wine. Sus cuatro hijas estaban con él, asistiendo a un colegio local. En enero de 2010, Sebastián Piñera, recién elegido presidente de Chile, lo invitó a ser el embajador de su país en el Reino Unido. Pero declinó este honor, afirmando que no deseaba que sus hijas tuvieran que mudarse una vez más”.
Más tarde, conversamos con el propio Chadwick.

-En cierta forma, lograste algo por lo que venías luchando hace décadas. ¿Ahora qué viene?

-Efectivamente, este premio de Decanter representa el más alto honor de la industria mundial del vino; es para mí el reconocimiento profesional más importante que he recibido o que jamás recibiré, pues simboliza la entrada de Chile al pequeño club de las más prestigiosas apelaciones del mundo. Esta es la causa por la que he luchado desde los inicios de nuestras exportaciones en los años 80, y siento un gran orgullo y satisfacción. Queda aún mucho trabajo por dar a conocer los vinos chilenos a los grandes coleccionistas mundiales y a muchos críticos y líderes de opinión. ¡Este premio es solo la invitación de entrada a este club!

-¿Cuáles fueron los momentos más duros en este recorrido? Recibiste críticas de parte de grandes productores de Burdeos y alguna vez comentaste el desinterés de Robert Parker por conocer Chile.

-En los años 90, el mundo del vino estaba dominado por el crítico Robert Parker y lamentablemente él nunca vino a Chile, ya que estaba muy ocupado y comprometido entre Burdeos y Napa. Estábamos realmente fuera del radar de los grandes críticos mundiales, que no tenían interés en venir a visitarnos y no nos reconocían. Esta realidad era muy dura y no parecía a nuestro alcance lograr cambiar la opinión de que en Chile solo se producían vinos de baja calidad. Esta frustración fue la que me llevó a organizar las catas a ciegas, y la gran sorpresa e impacto fue el resultado de nuestra primera cata en Berlín. Ahí recibí la crítica de los franceses, a quienes no les gustó para nada que alguien osara desafiarlos comparando sus mejores vinos con los nuestros. Fue un resultado totalmente inesperado que nos abrió las puertas y creó interés por los vinos finos de Chile.

-Si bien el vino chileno ha sido aplaudido por su diversidad y calidad crecientes, no todo es color de rosa. El precio aún sigue siendo bajo, en términos generales. Tampoco está de moda y muchos críticos todavía no lo tienen en su paladar. ¿Cómo ves el panorama?

-Sin duda que aún queda un largo camino por recorrer. Vengo llegando de Burdeos donde una vez al año, en la semana de los “Primeurs”, los críticos mundiales, coleccionistas y compradores se dan cita para evaluar la cosecha del año anterior de esa zona francesa. Este año llegaron 6.000 personas, incluyendo a todos los críticos internacionales de primera línea. Como contraste comparativo, en Chile nos visitan James Suckling una vez al año, Luis Gutiérrez (por The Wine Advocate, la revista de Robert Parker) solo una vez cada 18 meses, y Wine Spectator envía un crítico cada ¡5 años! Esto refleja que estamos aún muy lejos de ser una categoría de vinos de lujo consolidada, que concite el interés mundial como lo hacen los vinos de Burdeos, Napa o Toscana, más aún si la mitad de nuestros vinos se venden a granel a un dólar el litro. Sin embargo, si uno lee la historia de otras regiones del planeta, se puede constatar que esta realidad que vivimos hoy en Chile es muy similar a la que existía en California antes de los años 70 o en Italia en los años 60. Han sido los productores líderes de estas regiones los que han logrado elevar la imagen y darles valor a sus respectivas apelaciones en tan solo 30 a 40 años, con trabajo y dedicación orientados a la calidad.

-Tu idea de elevar el precio del vino chileno aún no se cumple del todo. ¿Hay frustración?

-Lamentablemente, el vino chileno se vende aún mucho más barato de lo que debiera respecto de su calidad comparativa con otros países productores. Solo un ejemplo: Nueva Zelandia, con una industria sin ninguna historia o pedigrí, tiene un precio 200% más alto que el promedio de Chile. Sin duda es frustrante que la visión de las grandes viñas de la industria ha sido destacar principalmente por ser productores masivos y eficientes de vinos de bajo costo, ofreciendo la mejor relación precio/calidad del mercado internacional. Creo que esto ha sido un gran error estratégico, y lo que han logrado es que Chile tenga oferta e imagen de vinos baratos, lo que hace más difícil romper este paradigma para lograr vender vinos finos al precio adecuado en el contexto internacional.

-¿Quizá tu voz no ha sido escuchada en la industria local?

-Nuestra industria debe reflexionar profundamente cómo enfocar nuestro desarrollo futuro. Cada productor debiera pensar y decidir dónde quiere dedicar sus esfuerzos; a vinos de mayor calidad con precios adecuados, o a vinos de volumen con precios y márgenes muy bajos. Ojalá predominen los primeros, ya que eso daría un sello de calidad a nuestra imagen global, la que actualmente es difusa. La consolidación de los pequeños y medianos productores, tales como MOVI, VIGNO y viñas familiares, es fundamental para enriquecer y profundizar la propuesta de calidad de Vinos de Chile.

-¿Cuáles han sido los costos personales de esta apuesta?

-Sin duda que han sido largos años de peregrinaje mundial… Respecto de los costos, tienes que preguntarle a mi señora que piensa que viajo mucho. Pero he aprendido que es indispensable conocer los mercados mundiales y hacerse un nombre. Esta es otra gran diferencia con las viñas de calidad y prestigio de otros países, donde los dueños saben de vinos, viajan y representan sus marcas, tal como el Barón de Rothschild o el Marqués Antinori, y como lo hizo Robert Mondavi en su época. En Chile viajan preferentemente los ejecutivos comerciales y los enólogos; somos una industria con muy pocos nombres conocidos.

-¿Cuál crees que debe ser la ruta del vino chileno de aquí a 20 años? ¿Apostar a China? ¿Qué tipos de vinos deberían ser el foco?

-La estrategia debe poner prioridad en la calidad, imagen, sustentabilidad e innovación, junto con atreverse a posicionar los vinos nacionales al precio adecuado. Sin duda que Asia, y China en particular, son los mercados que ofrecen mayor potencial de crecimiento a futuro y donde habrá que dedicar los mayores esfuerzos de educación al consumidor. Chile es conocido prioritariamente por nuestro cabernet sauvignon, carménère y vinos de mezcla; ese sin duda es el corazón de nuestra industria. Sin embargo, será también muy importante poder ofrecer diversidad con otras cepas y vinos producidos bajo una viticultura sustentable, siempre priorizando los vinos de alta calidad, imagen y precio.

-¿No es una quimera?

-En Chile tenemos 130.000 hectáreas de viñedos, lo que representa el 2,5% de la producción mundial; personalmente, soy un convencido de que el gran potencial de nuestra industria está en los vinos de alta calidad. Si lográramos el precio promedio actual de Burdeos de US$ 10 por litro, podríamos llegar a exportar aproximadamente US$ 10 mil millones, dándole gran valor a nuestro patrimonio vitivinícola. Para mí, esa es la gran oportunidad y el gran desafío de lograr una industria sustentable a largo plazo.

-Por último, ¿cómo evalúas el papel de Vinos de Chile? ¿No has pensado postular a la presidencia de la asociación?

-Vinos de Chile hasta hace algunos años estuvo orientado a la promoción genérica de los vinos, lo que influyó en un crecimiento de volumen, pero lamentablemente sin priorizar la imagen. Y todo eso, a precios medios muy bajos. Ese fue el mandato y la visión histórica de las grandes viñas, y así estamos hoy con una industria de muy baja rentabilidad y con el estigma de ser reconocidos por precios bajos, que es lo que exportamos mayoritariamente en la actualidad. Para salir de este círculo vicioso se necesita una perspectiva común distinta, un cambio de mentalidad. Creo haber sido más útil trabajando en forma independiente por la imagen de los vinos de Chile, sin restricciones.