Los temores no se concentran en el núcleo cercano, sino que aumentan a medida que crecen las distancias. Eso tiene algo de triste, pero también de bueno: algunas de las prácticas de confianza que sostienen nuestras relaciones interpersonales pueden fortalecerse, explicitarse, ejercerse experimentalmente desde el núcleo más personal (o más tribal) e irradiar hacia la sociedad.
Por Adriana Valdés, directora de la Academia Chilena de la Lengua

  • 6 junio, 2019

Aquí, ahora, le tenemos miedo a la falsedad. El primero de los temores, el peor, es la corrupción de las instituciones, según esta muestra. Las instituciones “son sepulcros blanqueados, por dentro llenos de piojos”, me escribía un amigo en una décima. 

Eso da mucho miedo. El blanqueo por fuera, las noticias falsas, las emociones cívicas falseadas frente a cualquier cámara. Una chilena que se emociona con la canción nacional se siente un poco tonta, como si la estuvieran engañando. La gente con fe se percibe como conmovedora, es decir, da un poquito de pena. Las instituciones en que confiábamos han perdido nuestra confianza. Lo que más tememos hoy no es inmediato y tangible, sino difuso: el deterioro, la corrupción de instituciones antes sentidas como sólidas.

Según la encuesta, hoy se confía mucho más en los bomberos que en los jueces, o en la autoridades de gobierno, o en los parlamentarios, o en los medios de comunicación, o en las iglesias. Los bomberos vendrían a apagar un incendio en mi casa. ¿Pero quién vendría a socorrerme si me enfermo, quién va a sostener y apoyar mi vejez, quién me dice la verdad cuando prendo la radio o la televisión, o cuando leo un diario? ¿A quién les entregaría mis niños para orientar, para acompañar? No tenemos confianza en las instituciones. ¿Y quién me defenderá si sufro violencia física, otro miedo repartido en todos los estratos en Chile, pero sobre todo, según la encuesta, en los más bajos?  Quién sabe. Confiar, hoy en Chile, parece ser una ingenuidad. Eso me da a mí, personalmente, mucho miedo.

En cambio, los compatriotas -–aquí, ahora– no tienen temor a las reivindicaciones de género. Los encuestadores incluyen temas de género (feminismo, aborto, diversidad) junto a los de los pueblos originarios y los de la inmigración, como posibles creadores de miedo. Las respuestas indican que no, que el miedo no es la primera reacción en ninguno de los casos: ni contra los pueblos originarios, ni contra los inmigrantes, ni contra las mujeres. Hay hasta un gráfico especial sobre el temor que  podrían provocar –pero no provocan– diversos aspectos del feminismo. El temor implícito en las preguntas de los encuestadores no se refleja en las respuestas de los encuestados. Eso es curioso, por decir lo menos, y da para pensarlo, porque tal vez las preguntas se hagan desde los fantasmas de una élite.

Una muy buena sorpresa del gráfico sobre los miedos es la respuesta acerca de lo que efectivamente es más temido por quienes contestaron: “Las dictaduras de cualquier signo”. Aplaudo, sobre todo porque otros sondeos han encendido luces de alarma sobre una disposición a aceptar regímenes autoritarios, a condición de traer consigo bienestar económico. Esto último sí me parece de temer. 

Termino con una observación alentadora, me temo que por costumbre y por necesidad. La seguridad, según la encuesta, la encontramos en los ámbitos más cercanos a cada persona: en su familia, en su trabajo, en los lugares donde la gente se mira a los ojos. Los temores no se concentran en el núcleo cercano, sino que aumentan a medida que crecen las distancias. Eso tiene algo de triste, pero también de bueno: algunas de las prácticas de confianza que sostienen nuestras relaciones interpersonales pueden fortalecerse, explicitarse, ejercerse experimentalmente desde el núcleo más personal (o más tribal) e irradiar hacia la sociedad. Ojalá. En eso estamos. O deberíamos estar, tanto las personas como las instituciones. Dando la cara. Mirándonos a los ojos.

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