Hoy en día nadie cuenta con excusas suficientes para no medir. La medición nos permite saber dónde estamos, dónde estuvimos y dónde queremos estar. Erróneamente, tendemos de manera arraigada a creer que el que mide –el que calcula– es un persona fría, sin sentimientos, o carente de todo espíritu, de ahí que todo lo […]

  • 23 agosto, 2013

 

Hoy en día nadie cuenta con excusas suficientes para no medir. La medición nos permite saber dónde estamos, dónde estuvimos y dónde queremos estar. Erróneamente, tendemos de manera arraigada a creer que el que mide –el que calcula– es un persona fría, sin sentimientos, o carente de todo espíritu, de ahí que todo lo que huela a número solemos clamar desde el lugar común a “dotarlo de humanidad” o darle una mirada “más humana”, como si esto se opusiera a aquello. Irónicamente, quizás no haya nada tan humano que medir, y el que mide no hace otra cosa que racionalizar lo que piensa, lo que percibe o incluso lo que siente. Muchas decisiones que tomamos a diario, desde la más simple e irrelevante a la más compleja y trascendente, se mueve por estos patrones, pero no somos consientes –o capaces– de medirlo.

Los abogados, y muchos otros que cultivamos las ciencias sociales, solemos mirar con indiferencia o incluso con desprecio este tipo de aproximaciones. Gracias a Dios, somos una subespecie en extinción, dado que cada vez tenemos más acceso a medir cosas que antes no podíamos. En esto la matemática y la tecnología han posibilitado un notable avance. El termómetro permitió un progreso en relación al impreciso “hace frío/hace calor”: esto logró  comparar las temperaturas, ayudar a predecirlas y tomar las medidas del caso.

Con todo, existen ciertas ciencias sociales que han recibido con entusiasmo la ayuda de las mediciones, como la Ciencia Política a través de las encuestas. De hecho, ahora todo se encuesta, con el correspondiente riesgo de sobredimensionar su poder, o peor, creer que la verdad misma radica en ella, como si lo relevante fuera el numerito 50 del termómetro y no que la gente esté muriendo de calor. Es aquí donde se puede terminar siendo esclavo de las mismas, si es que no se tiene claridad en los principios, ya que si la medición no está al servicio de los principios, entonces ocurrirá lo contrario.

Quizás sea por esta debilidad, muy abundante en el mundo político, que tendemos a simplificar las mediciones y a ponerlas en términos absolutos de negro y blanco: a favor/en contra de (inserte educación pública /isapres/modelo,etc.) lo cual resulta irónico, dado que es el proceso político el que precisamente introduce matices, acuerdos y transacciones. De lo contrario, deshagámonos de las instituciones colegiadas y transformémonos en una democracia plebiscitaria, donde pensemos ingenuamente que toda solución a un problema público es reducible a una pregunta (y por lo tanto, sometido a la voluntad de quien la formula: ¡Vaya “democracia”!).

Es acá donde tal vez estemos olvidando algo importante: no basta con que el “96% dice estar a favor del color verde” si es que ese tema no tiene relevancia alguna. El punto es entonces “la intensidad” de la preferencia, lo que puede expresarse con dos ejemplos recientes: no basta que más de la mitad de la población esté a favor de algo, sino qué intensidad existe en ese planteamiento o de su posición relativa respecto de otros temas de interés. Si estoy dentro del 96% que prefiere el color verde y mi candidato no, ello no es obstáculo para que de todas formas vote por él, ya que su posición respecto de este tema es menos relevante frente a otros.

Así, no basta que una supuesta gran mayoría (descartando la denominada “crítica metodológica”) esté a favor de una asamblea constituyente, si este tema en particular no está dentro de los diez asuntos prioritarios de la gente. Si esto fuera realmente relevante, la gente votaría necesariamente por los candidatos que se manifiestan a favor de este asambleísmo, ya que no sólo serían mayoría en la preferencia sino también en la intensidad. Pero esto derechamente no ocurre, ni concurren tampoco teorías conspirativas ni pirotecnia jurídica para justificarlo.

Una segunda buena lección de esto sucedió en las elecciones de alcaldes, porque todas las fallidas encuestas trabajaron binaria y dicotómicamente suponiendo que todo el que contestaba iba a ir a votar, errando de manera considerable en la calidad predictiva. Por esa razón es que en otros países con voto voluntario, no sólo se le pregunta a la gente por qué candidato vota, sino que, de 1 a 10, cuánta intensidad tiene de ir a votar (descartándose todos los que dicen menos de 7).

En definitiva, si bien siempre debe ser bienvenida la medición, no cometamos el error de absolutizar sus resultados o reducirla a un todo o nada. Lo anterior, simplemente, porque la gran mayoría de las cosas en la vida no los son: estamos llenos de grises, matices y –por sobre todo– de diferentes intensidades. Y probablemente para esas pocas que sí pueden ser absolutas, no sirven las encuestas. •••