POR CHRISTIAN RAMIREZ

“Calculador” ha sido lo menos que le han dicho a George Clooney por estrenar Michael Clayton –su película acerca de un abogado de corporaciones que aspira a una tardía reivindicación moral– con un perfecto timing para recoger rumores sobre posibles nominaciones al Oscar.

  • 4 abril, 2008

Se da por entendido que como Clooney ya obtuvo el premio a mejor actor secundario por Syriana, ahora quiere llevarse el de mejor actor, a lo que habría –a su vez– que responder: bueno, ¿y qué?

Es raro lo que ocurre con su persona; mejor dicho, con su mito de estrella: los medios reportean sin remordimiento sus escapadas románticas con féminas de todos los talantes y comentan in extenso sobre su vida de rico y famoso, pero cuando el tipo se pone serio, comienza a producir películas y luego a dirigirlas, lo acusan de sobregirado, de marioneta liberal, de tonto grave. Mala cosa. Especialmente considerando que trabajos como Buenas noches y buena suerte, Confesiones de una mente peligrosa y la mencionada Syriana, fi guran entre los pocos esfuerzos del Hollywood reciente por hacer cine para adultos, algo más que simple detritus audiovisual que luego se recicle en DVD.

Al comenzar a producir filmes poco antes de los 40 (hoy tiene 46), Clooney se metió a ese juego en el momento justo. De hecho, su caso recuerda mucho al de Jack Nicholson y Warren Beatty, superestrellas que alcanzaron un estatus similar a mediados de los años 70, cuando las millonarias recaudaciones de fi lmes como Atrapado sin salida y Shampoo tentaron a ambos a pasarse a la dirección tal como lo había hecho Clint Eastwood. Nicholson lo intentó unas cuantas veces (Los dos Jakes) antes de perder interés y calzarse la máscara de “Jack” para siempre. Beatty jugó a la ambición, escribió y dirigió la extraordinaria Reds (1981) –que a la vuelta de los años se conserva mejor que muchos “clásicos” de Scorsese o Coppola–, pero desde entonces asoma la cabeza muy de tarde en tarde, casi siempre con proyectos autogestionados.

¿Qué quiere Clooney? Por como se comporta en público se diría que le resulta fácil andar por la vida a lo “Jack”. Por su creciente influencia sobre cada proyecto que apadrina, la idea de ser un Beatty debe rondar por su cabeza. Ahora, si quiere ser un Eastwood, el nivel de difi cultad es otro. Ahí hay que ser corredor de distancia. Algo de maratonista tiene George, pero recién está comenzando la carrera.