Jugárselas sólo en la discusión de los procedimientos (primarias) y en la defensa de su derecho a competir puede ser algo banal. Construir fuerzas e ideas que agreguen valor, mostrar equipos y capacidad de gobernar un país cada vez más complejo es un paso de otro tamaño.

A principios de los noventa, participé activamente en la iniciativa para reducir el mandato presidencial desde los ocho años que indicaba la Constitución del 80 a los cuatro que comenzaron a regir desde 2006. El propósito era hacer coincidir las elecciones presidenciales con las parlamentarias, para evitarle al presidente trabajar con un Congreso originado en una elección distinta a aquella que lo había ungido.
Hablamos de un tiempo en que los partidos tenían estrecha relación con sus bancadas parlamentarias y en que los gobiernos eran capaces de ordenar la agenda pública. La oposición disponía de un nivel de articulación y liderazgo que hacía posible una dinámica de disputa y cooperación. Tomando pie en el éxito del gobierno de Patricio Aylwin, se entendía que un periodo de cuatro años era suficiente para hacer una obra significativa, que dejara huella vigorosa.
Se desechó también la reelección inmediata tanto para darle tiraje a la chimenea como para acoger la opinión de la oposición, la cual no quería facilitar la perpetuación de la Concertación en el poder. Sin embargo, se permitió la postulación posterior, convirtiendo así a los ex presidentes en candidatos potenciales per se.
Hoy, por lo que se está viendo, todas estas decisiones parecen discutibles.
Con los breves gobiernos de cuatro años se generó un presidencialismo precario; el que, junto un sistema electoral parlamentario de muy baja competencia, instaló todos los escasos incentivos políticos en torno a un primer premio: la presidencia de la República.
En los viejos códigos de la política chilena la intención de postularse a la primera magistratura correspondía a una decisión mayor. Entre 1920 y 1970, muy pocos nombres giraron de verdad en este circuito: los Alessandri, el general Ibáñez, Frei Montalva, Salvador Allende y algunos líderes radicales. Ellos se repetían en las postulaciones. Y estaban asociados a fuertes liderazgos personales, a proyectos nacionales o a partidos y coaliciones poderosas.
En los últimos meses hemos visto el lanzamiento de variadas candidaturas. Ocurre cuando el actual gobierno no cumple aún dos años y cuando faltan 20 meses para la próxima elección.
Aunque es evidente que siempre es positivo que se aclaren aspiraciones, estas proclamaciones implican riesgos. El primero es que la percepción ciudadana de unos señores peleando tan anticipadamente por el sillón presidencial, en medio de las dificultades del día a día, pueda aumentar la distancia con políticos e instituciones. El segundo, que esta disputa por la máxima magistratura diluya la discusión de las cuestiones pendientes de nuestro desprestigiado sistema político y postergue otros debates fundamentales, como el destino del cuestionado sistema escolar.
En el caso de quienes participan del gobierno, la búsqueda por la adhesión puede cambiar orientaciones y evitar decisiones impopulares. Respecto de los tres ministros precandidatos (Longueira, Allamand y Golborne), cada uno de sus actos será visto en códigos electorales; más aún, si se despliegan mediáticamente. Por otra parte, un presidente con tan baja aprobación no puede ni jugar el rol de gran elector ni imponer una agenda que dicte las prioridades de su mandato por sobre aquella en que se define su reemplazo. Por tanto, cada ministro está libre de hacer su propio camino.
Lo de la Concertación es todavía más complejo. Mientras la ex presidenta Bachelet no se pronuncie, todo lo que ocurra en este sector se percibirá siempre en borrador. Aún falta tiempo (y el desenlace de la próxima municipal) para suponer que ella vaya a formular algún juicio sobre los comicios del próximo año. Mientras tanto, todas las candidaturas de la centroizquierda serán un poco eventuales. Además, MEO mantendrá vigente una propuesta alternativa, que hackeará el discurso de la Concertación y le impondrá límites de crecimiento.
Felicito a los que se han proclamado candidatos. Su paso es valiente. Pero apenas es un comienzo. La decisión de renovar los liderazgos del sector no basta para conquistar el imaginario público. Esas candidaturas tienen que enfrentar un cierto aire de levedad, el que deberán asumir conduciendo un difícil proceso de renovación de propuestas. Ahora tienen como meta animar el debate sobre la transformación de la sociedad, de la política y de cómo combinar desafíos de crecimiento económico con sustentabilidad ambiental y territorial.
No hacerlo y jugárselas sólo en la discusión de los procedimientos (primarias) y en la defensa de su derecho a competir puede ser algo banal. Y sólo del interés de los candidatos y su entorno próximo. Construir fuerzas e ideas que agreguen valor, mostrar aliados, equipos y capacidad de gobernar un país cada vez más complejo es un paso de otro tamaño. Aquello requiere no sólo del coraje individual, sino de importantes ejercicios colectivos, dramáticamente escasos en la política chilena actual.