En el año 1927 se produjo una auténtica irrupción en la teoría política. En el “Archivo de ciencia social y política social”, la revista fundada por el sociólogo Max Weber, un jurista y filósofo que, por ese entonces, era defensor enfático de la República de Weimar, llamado Carl Schmitt, publicó “El concepto de lo político”. Se trataba de un artículo de apenas 33 páginas, el cual, pese a su brevedad, alteraría decisivamente la comprensión contemporánea de esa dimensión de la existencia. Leo Strauss, Jacques Derrida, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Ernst-Wolfgang Böckenförde, son solo algunos de los autores no solo críticos, sino deudores importantes del pensamiento schmittiano.

En aquel artículo, que más tarde fue editado como libro, Schmitt vino a definir lo político como el ámbito que se deja discernir a partir de los criterios de amigo y enemigo. Él buscaba dar con una definición que permitiera describir adecuadamente el campo político, sin reducirlo (por ejemplo, a la moral o la economía) y captando la tensión específica que hay allí.

Schmitt pensaba en algo como lo que sigue. Hay distintos ámbitos en la existencia humana, así uno moral, otro económico, otro estético, otro religioso. En todos ellos, operan ciertos criterios que definen al ámbito respectivo y articulan sus tensiones y oposiciones. Si el ámbito moral, por ejemplo, se distingue porque ahí valen los criterios de bien y mal, el económico se puede identificar porque en él rigen los criterios de la utilidad y la inutilidad; el campo estético se deslinda a partir de los criterios de belleza y fealdad, y así en lo que sigue.

Schmitt, entonces, se hace la pregunta siguiente: si lo político es propiamente un ámbito de la vida humana, distinto del campo moral, el económico o el estético, ¿cuáles serán los criterios que permiten distinguirlo? Él entiende que ese campo se articula a partir de relaciones de cercanía o amistad y de rechazo o enemistad entre grandes grupos humanos.

Los grandes grupos humanos se conforman a sí mismos como encarnaciones de ciertos contenidos espirituales: económicos, morales, estéticos, religiosos, etc. Ese conjunto de contenidos realmente encarnados hace que el grupo respectivo asuma lo que Schmitt llama una “forma de existencia” compartida. Cuando un grupo de personas se comprenden a sí mismas según unos ciertos contenidos encarnados al punto de que ese grupo llega a erigirse como un modo de existencia compartido, una manera colectiva de ver el mundo, entonces emerge una agrupación específicamente política.

Esa constitución de un grupo político no opera en la nada, sino en medio de otros grandes grupos, que también comparten, respectivamente, una manera de ver el mundo, un modo de existencia colectivo.

La pluralidad de formas de existencia que asumen los grandes grupos humanos, importa, piensa Schmitt, que esos distintos grupos puedan hallarse en relaciones de amistad, de indiferencia o de tensión. La forma de existencia respectiva de un grupo puede quedar eventualmente opuesta a la de otro grupo. La tensión emerge cuando uno de los grupos ve amenazada su forma de existencia por otro grupo. Entonces estamos en presencia de una enemistad propiamente política y ante la eventualidad de un conflicto político.

Desde un inicio, el planteamiento de Schmitt fue incomprendido. Probablemente haya incidido en esta recepción el hecho de que el filósofo vino a llamar la atención sobre un aspecto inquietante de la vida humana. Usualmente queremos tener pensamientos agradables, tendemos a cerrarnos a la posibilidad misma de la crisis. Más aún, las ideas de Schmitt ponían en cuestión el proyecto, de raíz kantiana, de una paz perpetua según principios universales de la razón. Su pensamiento mostraba una debilidad de cualquier proyecto político de talante racionalista.

Schmitt vino a llamar la atención en que el dinamismo de las relaciones humanas es más fuerte que las construcciones de la razón, de tal suerte que nunca es descartable que, desde lo profundo de la existencia, irrumpan la discrepancia y el conflicto.

Cualquier extraño, cualquier grupo extraño, puede ser considerado como aliado o de un modo neutral, y entonces hay usualmente paz. Pero, así como en cada ser humano hay un fondo de misterio que lo vuelve inquietante para los demás y amenazante, así también los grupos humanos ajenos son, en último trámite, desconocidos para los demás, al punto de que pueden volverse inquietantes y eventualmente amenazantes.

Lectores apresurados (hemos leído, por ejemplo, el 20 de junio, una columna en El Mercurio de la profesora de la Universidad Autónoma, Vanessa Kaiser, “¿Dónde están los fascistas?”) han entendido la sobria descripción que efectúa el católico Schmitt, el Schmitt defensor de Weimar, del irreductible dinamismo de las relaciones humanas, como un programa o propuesta política, consistente en algo así como proponer el enemigo y su eliminación por medio del conflicto.

La lucidez de Schmitt apunta a algo distinto, nada trivial, sino de alto significado político. Se trata de reparar en el hecho de que los grupos humanos se configuran irremediablemente según vínculos de afecto y rechazo, y en que tales vínculos pueden adquirir una intensidad tal que termine colocando a dos o más de ellos en oposiciones que lleguen a la violencia. Schmitt se inserta aquí en una tradición de pensamiento que atiende a la imposibilidad de clausurar completamente el conflicto. En ella se incluyen autores como Hobbes, Maquiavelo, Agustín o Plessner.

Saber de tal eventualidad del conflicto es condición de una política capaz de, precisamente, suspender y limitar el conflicto. A esto era a lo que también apuntaba Schmitt, quien se distancia expresamente de una concepción belicista de la política. Una praxis política responsable exige, sin embargo, no perder de vista la desagradable eventualidad del conflicto. Esquivarla es evasión. Una acción política que soslaye o simplemente condene la guerra y el conflicto es calificable como ciega. Un político que pretenda orientar su praxis como si el conflicto no fuese una posibilidad real es, en verdad, irresponsable respecto de su tarea.

Nuestra historia es buen ejemplo de lo que Schmitt trataba de plantear. Cuando durante los años 70 en Chile dos sectores sociales relevantes no solo perfilaron marcadamente sus posiciones, sino que, además, se vieron recíprocamente amenazados, entonces fue el momento del conflicto político. En la medida en que primaron liderazgos que avanzaron sin transar, sin detenerse en las consecuencias, las consecuencias acabaron por emerger de la peor manera. Aquí hay una situación que hace exigible reparar, más allá de las etiquetas, en la actualidad del pensamiento schmittiano.