Novelita, la nueva exposición de Natalia Babarovic, es un profundo acto de fe en la pintura. En sus tradiciones, abstracciones y misterios. 

  • 7 septiembre, 2007

Novelita, la nueva exposición de Natalia Babarovic, es un profundo acto de fe en la pintura. En sus tradiciones, abstracciones y misterios. Por Luisa Ulibarri.

 

Entre las artistas chilenas de la generación de los 90, Natalia Babarovic es quizás quien mejor se asocia a una pintura académica y siempre investigadora, muy en línea con las enseñanzas y el legado de profesores suyos como Adolfo Couve y Gonzalo Díaz. Sus primeras y siempre potentes obras oscilaron entre una revisión de la gesta histórica o el paisaje difuminado en imágenes fugaces a ojo de viajero en tránsito, por una parte, y el retrato vinculado a la narrativa, la investigación científica o la simple observación de la realidad y la abstracción, por otra.

 

Ahora, en su reciente exposición, Novelita (Galería Florencia Loewenthal), la unión entre relato y retrato –literatura y visualidad– se consolidan en una propuesta y en un espacio minimalista donde la frase y la obra del economista budista Peter Schumacher, “lo pequeño es hermoso”, cae al dedillo. Apenas tres obras de elocuente estructura cromática –las primeras de una serie mayor– son exhibidas como historias por entregas de una novela corta, en esta sala de 50 m2, antaño peluquería y videoclub inaugurada en mayo en el barrio José Miguel Infante con Santa Isabel. En el vecindario abundan los arquitectos, talleres de artistas (Benmayor, Bororo, Pinto D’Aguiar, Duclos, Díaz, De la Puente), restaurantes, anticuarios y dos galerías. Pero también los talleres mecánicos, los tapiceros y las buenas marraquetas de barrio.

 

La actitud de misterio y la pose, la soledad, la ternura, el encuentro y el vacío, comparecen con texturas fuertes y decididas en cinco personajes de esta Novelita: la modelo, la modelo fumando, Pablo y Antonia, Antonia fumando y dos niños. El espectador es libre de inventarse la trama que quiera de lo que sucede entre ellos, y en la atmósfera de esa sala íntima y de cámara. Babarovic cita como pistas literarias a Henry James y John Fowles por la falta de acción del uno, y la incursión en lugares particulares, en el caso del otro.

 

Pero sin duda son los pintores John Singer Sargent y Lucien Freud los que más campean en esta muestra. El primero, retratista norteamericano nacido en Florencia, en el siglo XIX, y percibido como un nuevo Lawrence o un Van Dyck de los tiempos modernos, inmortalizó en la más clásica de las tradiciones a la burguesía y la aristocracia en Inglaterra y Estados Unidos. Para Babarovic “su estilo pictórico recibe el nombre de bravura entre sus admiradores, por la impresión de velocidad y rapto que da a sus brochazos”. En Lucien Freud, nieto del padre del psicoanálisis, hasta las flores están tamizadas de dolor y desamparo en su brutal realismo. Y tanto la pose desnuda como esa serie de retratos de su madre transida de dolor después de la viudez, convierten al retratado en un soberano del lienzo.

 

De este último Babarovic toma la frase “aprender a pintar es aprender a utilizar la pintura”, y el afán por mostrar más el proceso que el resultado de cada obra. “Lo que más me interesa es dejar los procedimientos a la vista y, al mismo tiempo, descubrirlos”, dice. Desde sus paisajes iniciales de Huentelauquén, la mezcla de planos, la descomposición de los objetos, el borrón y la mancha, plantearon la eterna relación entre la artista y la representación del objeto, el lenguaje, los parajes, cuerpos y objetos registrados por una cámara fotográfica y transformados en pintura borrosa. “Observo, tanto en el trabajo de Freud como en el de Sargent, la presencia y flujo de los objetos blancos como medio de contraste para representar el color de la atmósfera”, señala la artista. Esa presencia y ese flujo interpelan al espectador el que, enfrentado a su Novelita, arma la historia de Antonia, Pablo, los niños y la modelo. Casi todos ellos ocultan su mirada en una pose diagonal que da la espalda a toda otra posible mirada.

 

Con una carrera persistente, y otros trabajos que quedaron en la memoria, como El sitio de Rancagua, obra decisiva que la acercó a la tradición del muralismo americano, o como Hierbas de Pasmo, tríptico de flores nativas, funerarias y paisaje, presentado en la colectiva en homenaje a los 50 años del Nobel de Gabriela Mistral, más una anterior exposición individual en 2005, que combinaba retratos de investigadores científicos y vistas panorámicas nacidas de paisajes, Natalia Babarovic cree con fervor en la pintura. Su propuesta conecta con la representación de elementos sacados literalmente de la realidad, cuya trama y relato se transforman en la más absoluta de las abstracciones, como ocurre en esta Novelita minimalista. Y conecta también con el retrato y el homenaje a los más tradicionales gestos y expresiones pictóricas.