No pueden ser partidos amistosos con resultados arreglados, ni tampoco masacres. Y es que en el mundo de los negocios no es gracia repartirse el mercado ni adueñarse completamente de él. De ahí que haya más de una sutileza en eso de revisar las normas de libre competencia.

Hace cinco años y medio, en Capital desarrollamos un reportaje de portada que llevó por título: ¿Qué tan libre es la competencia?. Fue una investigación a propósito de la guía sobre concentración empresarial que ese 2006 publicó la Fiscalía Nacional Económica y de los ajustes que se discutían en ese momento a la institucionalidad antimonopolios.
Fueron muchas entrevistas las que hicimos y en la mayoría de ellas también fueron muchos los interlocutores que nos dijeron que a la hora de hablar de libre competencia no había que olvidar que lo que los agentes económicos buscan es prevalecer sobre sus competidores y, en el extremo, dominar el mercado… “Ojalá ser un monopolio”, llegó a aventurar, incluso, un abogado especializado en libre competencia.
Y aunque pueda sonar políticamente incorrecto, admitir que lo que lleva a competir es justamente tratar de hacer las cosas mejor que otro y así conquistar las preferencias de los consumidores (ojalá, de todos los consumidores), es clave en este nuevo periodo de debate que se ha abierto en torno a la institucionalidad de libre competencia.
Entonces, en 2006, las señales que enviaron iban en la dirección de penalizar la concentración, de poner coto el afán de dominar excesivamente un mercado, ya sea a través de crecimiento orgánico o inorgánico (fusiones y adquisiciones). Hoy, y desde el caso de las farmacias en adelante, el mensaje es otro: cuidado con el status quo. En especial con el claramente indeseable status quo en el que los actores terminan en una suerte de acuerdo (tácito o explícito, aunque reservado) para dejar las cosas como están y no hacerse daño, lo cual al final del día redunda en perjuicios para el mercado y los consumidores.
Entendiendo que el tema es complejo y que hay una gran diversidad de situaciones y matices –como que la globalización ha agregado nuevas dimensiones para medir la competencia en ciertos mercados; o que hay áreas complejas con barreras que complican la entrada de nuevos actores; o que no siempre se dan patrones de competencia perfecta–, recordar ambos límites es pertinente.
Ahora que se ha resuelto volver a revisar vía una comisión la institucionalidad de la libre competencia, es conveniente tener a la vista estas consideraciones porque, más allá de lo que se delibere y resuelva, en la sintonía fina estarán las diferencias. El trabajo que se realice tendría que identificar y corregir los vacíos que puedan tener las normas recientemente modificadas, cuidando de no trabar el delicado engranaje que en la mayoría de los casos y ocasiones permite que el mercado sea un eficiente asignador de recursos.