Hay películas que comienzan cuando terminan. Otras que terminan a muy poco de empezar. Hablemos de finales. 

  • 21 septiembre, 2007

Hay películas que comienzan cuando terminan. Otras que terminan a muy poco de empezar. Hablemos de finales. Por Héctor Soto.

 

Si es por comenzar una película –decía un amigo– cualquiera lo hace. Lo complicado es terminarla –agregaba. El muy pillo se aprovechaba de la ambigüedad de sus palabras, puesto que al dejar las cosas en la nebulosa mataba dos pájaros de un tiro. Podía estar hablando tanto de la dificultad de sacar adelante un proyecto fílmico desde el día del inicio del rodaje hasta el momento del estreno como de lo importante que son los finales en las películas.

 

Este último aspecto tiene sin duda interés. El otro es una lata: pura cocinería económica y fáctica, que en Chile se combina con lo heroico que es hacer cine y con las pellejerías que hay que afrontar. Los finales, en cambio, son un gran tema y volví a recordarlo con ocasión de La vida de los otros, esa película alemana un tanto sobredimensionada que habla del lado más siniestro de la antigua RDA. La cinta no tendrá un final grandioso pero en sus últimas imágenes se permite una vuelta de tuerca interesante, cuando al discurso de lo malo que son los malos une la observación de que los entre buenos –y el tontón que hace de dramaturgo buena onda en principio lo es– también pueda haber un oportunista ligeramente miserable. No está mal como remate.

 

Hay desenlaces que no son tales. En títulos tan distintos como Los 400 golpes, como El padrino, como Antes del atardecer, por citar tres muy diferentes, las imágenes postreras abren en realidad otra película y el espectador sale del cine con el convencimiento de haber compartido solo momentos con personajes que han seguido viviendo después de concluida la proyección. Así como hay finales de confirman lo que hemos visto durante toda la narración, hay otros que cambian la perspectiva de todo cuanto hemos visto antes, como en El planeta de los simios, cuando Charlton Heston se enfrenta a los restos de la Estatua de la Libertad, incorporando el dato fundamental que faltaba.

 

Si en las películas del Oeste el final clásico era el del cowboy alejándose del pueblo una vez cumplida su misión –porque levantar o fundar un pueblo no está en su imaginario moral– en la tradición cine romántico la ortodoxia prescribe un beso para rematar. Acaso nadie puso tanto genio en el cierre de sus películas como Billy Wilder. En Amor al atardecer Gary Cooper sube a Audrey Hepburn al tren al último momento, cuando todo indicaba que la pareja iba a tener que separarse. En el momento en que el millonario le dice a Jack Lemmon que nadie es perfecto, una vez que éste le ha contado en Una Eva y dos Adanes que en realidad es hombre, Wilder dio con uno de los finales mas subversivos, locos y disparados de la historia del cine. Y en Sunset Boulevard, bueno, filmó el que tal vez sea uno de los mejores planos finales de todos los tiempos: Gloria Swanson descendiendo por la escala de su mansión, completamente loca, creyendo que Hollywood ha vuelto aclamarla –aunque esta vez las cámaras y los flashes son de los reporteros policiales–, mientras ella avanza hacia los espectadores y su rostro se disuelve en la oscuridad.

 

Puesto que esto es pura subjetividad, creo que va ser muy difícil terminar una película con mayor desconsuelo y tristeza que la empleada por Hitchcock en Vértigo o Brian de Palma en Estallido mortal. Son dos realizaciones muy distintas, pero ambas comparten a un protagonista que repite dos veces su tragedia. Pierden la primera y pierden tambien la segunda oportunidad.

 

Nada más desgarrador. El personaje central de Vértigo supera su limitación pero se da cuenta que todo cuando vivió fue un doloroso espejismo. El de Estallido mortal se queda pegado para siempre en su culpa y en su error. Vaya uno a saber qué es peor.