Cambiar de aires genera grandes momentos antes, durante y después de la travesía. Nadie vuelve igual después de emprender el rumbo. Por Mauricio Contreras

  • 15 abril, 2009


Cambiar de aires genera grandes momentos antes, durante y después de la travesía. Nadie vuelve igual después de emprender el rumbo. Por Mauricio Contreras

 

Cambiar de aires genera grandes momentos antes, durante y después de la travesía. Nadie vuelve igual después de emprender el rumbo. Por Mauricio Contreras

“El viaje es el sueño que se conversa”. La frase pertenece a Cote Evans, hombre de mundo y conversador compulsivo, que me instó a creer que los viajes son relatos que perduran en el tiempo, en la mente y en la construcción de recuerdos.

Desde el momento en que tomamos la decisión de viajar, se provocan cosas. Un pequeño nervio, la ansiedad por que llegue pronto el día de partir, ese momento insoportable en la sala de espera del aeropuerto, con zapatillas de clavos esperando el llamado a abordar.

Los viajes se conversan antes. Mi última gran escapada fue a España y Marruecos con mi mujer y se lo comenté a un compañero de trabajo, quien me contactó con su amigo Manuel Pellegrini. Me dio su celular y en plena Champions League con el Villarreal, nos dejamos caer en su lugar de entrenamiento para conversar un rato, en una experiencia inolvidable.

Desde Madrid, pasando por Barcelona, Villa-Real, Valencia, Benidorm, Granada, Málaga, Fuengirola, Marbella, Algeciras, la magnífica y desconocida Ronda (¡que destino para quedarse a vivir!), Córdoba, Sevilla y Toledo, para volver a la capital de España. Todo en un auto full, escuchando radios españolas, aprendiendo nuevos términos como retención (tacos) y sabiendo que el viaje de la vida es posible en la medida de querer conocer y aventurarse.

Las anécdotas son fundamentales. En Algeciras tomamos el ferry rumbo a Marruecos; en Tánger, un tren a Fez; conocimos Meknes y las ruinas de Volubilis. Sin hablar una pizca de francés y apelando a la buena fe del marroquí, fue como estar en otro mundo, aprendiendo a regatear precios en la Medina de Fez, volviendo a Chile con un puf de cuero y una alfombra que hasta hoy mis amigos me preguntan cómo me la traje desde Africa.

España y su natilla de postre; “enhorabuena por el bebé que esperan”, me dijo el dueño de un hostal en Sevilla; la Lonely Planet salvadora; los platos que te tiran en Madrid; el verano en Benidorm; la eterna fila que no nos dejó entrar a la Alhambra y el problema con el avión a la vuelta que nos dejó casi 27 horas en la terminal 4 de Barajas. Si no lo hubiera conversado, no habría sido.