El tercer trabajo de Norah Jones es un esfuerzo imperfecto pero valiente. Un paso adelante –sutil, pero firme– en el pedregoso camino de alguien que se hizo demasiado famosa demasiado rápido Por Andrés Valdivia Norah Jones pareciera flotar sobre los arreglos de sus canciones como el humo anónimo de un bar pequeño sobre sus comensales […]

  • 9 marzo, 2007

El tercer trabajo de Norah Jones es un esfuerzo imperfecto pero valiente. Un paso adelante –sutil, pero firme– en el pedregoso camino de alguien que se hizo demasiado famosa demasiado rápido

Por Andrés Valdivia

Norah Jones pareciera flotar sobre los arreglos de sus canciones como el humo anónimo de un bar pequeño sobre sus comensales algo meditabundos. Su timbre envolvente y sin sobresaltos se acurruca en nuestros oídos, provocando esa tibieza propia de las tardes ociosas de domingo y de las copas bien compartidas de una noche tranquila. Aparte, Jones tiene talento y es mucho más exitosa de lo que ella jamás hubiese imaginado.

Su primer disco, el multiplatino y multi-grammy Come away with me arrasó con todo el 2002, transformando a esta vecina de Brooklyn (e hija de Ravi Shankar) en una estrella global a punto de melodías bellas, calma y una pulcra producción a cargo de Arif Mardin. Jones imponía en el mercado de entonces un cierto grado de sencillez inédita y algo de novata credibilidad, mientras que Ardin –productor de Carly Simon, Patil Labelle, Bette Midler, Diana Ross y una larguísima lista de voces femeninas– se hacía cargo de pulir cualquier aspereza en la vocación blusera y jazzística de la cantante que pudiese molestar al gran público. En pocos meses, Norah salió de los cafés de Manhattan y se subió a recibir premios y tocar en lugares tan recónditos como Santiago de Chile. Come away with me era irresistible y provocó un fenómeno similar al que coronó a Tracy Chapman como la emperatriz de las cantantes cuyos álbumes debut canibalizan el futuro de sus carreras. Peligro inminente.

Como era de esperarse, los ojos de la crítica y las esperanzas de su sello disquero se posaron en los resultados de su segundo trabajo Feels like home, de 2004. Mismo productor, mismo equipo de compositores, misma pulcritud, mismo encanto, mucha consolidación y buenas ventas. Pero cero avance, cero apuesta. De hecho, la actitud algo punk reflejada en el nulo compromiso de Jones con su nuevo papel de celebridad musical chocaba de frente con la comodidad y escaso riesgo asumidos en su segundo esfuerzo. ¿Acaso la neoyorkina repetiría el destino de Miss Chapman?

Pasó un par de años y en junio de 2006 el bueno de Arif Mardin sucumbió a un cáncer pancreático, abandonando a nuestra heroína justo a tiempo para obligarla a reaccionar. Y la respuesta llegó hace algunas semanas bajo la forma de Not too late, una tercera placa con varias particularidades formales que conviene destacar: es el primer disco en el que la cantante participa en la composición de todas las canciones, fue grabado en su estudio casero junto a su novio bajista Lee Alexander y voluntariamente prescindió de músicos de sesión y la pulcritud técnica de sus predecesores. El resultado, si bien no reinventa estilo alguno ni pretende extender las barreras de lo comúnmente aceptado en el género de la canción, sí define un quiebre importante en la carrera de esta solista.

Not too late viene cargado de un intimismo poco común, de un grosor y austeridad cuya sutil versión de la música sureña de los Estados Unidos se siente más genuinamente americana que todos los locales que Starbucks tiene esparcidos por el mundo. Es un disco auténtico en el que las canciones de Jones son despojadas de todo suavizante y de varios de los edulcorantes de sus trabajos anteriores, para mostrarse pequeñas y bellas, simples e imperfectas. Una movida arriesgada y valiente de la chica de Brooklyn que no pretende alienar a sus fans –de hecho, mucho no notarán la diferencia–, pero que sin duda muestra a una mujer más interesada en su oficio que en la temperatura de su propio éxito. Por cierto que el resultado es fallido a ratos, pero lo que escuchamos es a una cantante en movimiento, buscando y reflexionando sin rasgar vestiduras, sin arrebatos autodestructivos y muy al “estilo Norah Jones”: country, blues, blue grass, guitarras acústicas, pianos y la siempre vaporosa voz de su protagonista…