Sorprendente e inesperada. Irresistiblemente encantados quedan quienes la visitan y se van con la idea de volver, volver…
Por María Teresa Herreros

  • 25 octubre, 2018

No hay tiempo suficiente para conocer y disfrutar de todo lo que ofrece. Es imprescindible tener claro qué es lo que uno no debe perderse por ningún motivo. Así, planificar un itinerario, tener bien clara la ubicación, la forma de llegar, ver las reservas con tiempo… 

Aunque, en definitiva, eso no se cumpla por las tentaciones que salen al paso. 

Como la compulsión de beber una y otra vez su jugo de naranjas recién exprimido que llega a emocionar. Suco de Laranja bebido en altos vasos y amplias copas. También los  gajos de la fruta  entremezclados en ensaladas y, cómo no, en el sabor de sus pasteles. Lisboa con aroma de naranja. La impresionante cantidad de pastelerías, una cerca de la otra a lo largo de las calles, obliga a detener el paso, fisgonear en las vitrinas y elegir difícilmente entre tortas, brazos de reina, la amplia variedad de dulces de almendras, de coco, otros semejantes a berlines, o parecidos a donuts, y pasteles de nata.  

 

Pero el alma de la pastelería de Lisboa está en sus famosísimos pasteles de Belén, al punto de que un conocido crítico gastronómico declaró: “Si me tuviera que quedar con algo de Lisboa, sería con sus pasteles de Belén”. Se preparan y venden solamente en el local llamado Pasteis de Belém, con sus inconfundibles toldos azules, ubicado en el barrio de ese nombre, a poco andar desde el Monasterio de los Jerónimos hacia Lisboa. Lleva funcionando ininterrumpidamente desde 1837. Solo tres cocineros conocen la receta y para empezar a trabajar ahí debieron firmar un contrato de confidencialidad que los obliga a mantener el secreto. Trabajan en una cocina especial donde solo pueden entrar ellos. Estos pasteles se elaboran uno a uno en forma totalmente artesanal; tienen forma de tacitas, llevan una base de hojaldre que preparan a mano unas 140 mujeres y encima se les coloca una crema basada en esa misteriosa receta. Este local está abierto todos los días y produce 20.000 pastéis diariamente, llegando hasta 50.000 en épocas especiales. Quien no ha probado los pasteles de Belén, no conoce Lisboa.

Gallo de Barcelos

Quien vea la típica imagen de un gallo negro de gran cresta roja y de cuerpo profusamente coloreado, le hará un guiño y lo identificará de inmediato con Portugal. Es casi su símbolo. No se sabe por qué. Se encuentra a lo largo del país en figuritas de sobremesa, de adorno de corchos, de llaveros, magnetos, estampado en diferentes objetos. Es el gallo de Barcelos (ciudad ubicada al norte de Portugal), fruto de la leyenda de un peregrino que en camino a Santiago de Compostela fue acusado de robo, apresado y sentenciado a la horca. Antes de ser ejecutado, pidió ser liberado si el gallo que comía el juez se levantaba y cantaba. Y así ocurrió…

 

Generalmente, el primer lugar que se recorre en la capital portuguesa es la Rua Augusta, arteria central de la parte baja, Baixa. Toda empedrada en tonos claros y luminosos, adornada con motivos arabescos en negro. Son unas doce cuadras de largo, con mesas y toldos al centro, y entre los paseantes que la recorren sonrientes, uno que otro músico por aquí y por allá. 

Lugar ideal para una comida tranquila, sin pretensiones, con sus platos característicos como el llamado pastel de bacalao, que resultó ser una especie de croqueta rellena con el más popular de los pescados portugueses. También hay que probar las sardinas asadas en su punto, acompañadas de papas sin pelar también al horno. Y amplia variedad de carpaccios que sirven generosos en láminas de queso parmesano. Camarones por doquier.

Pero si se trata de un restaurante de categoría, si no el mejor del centro de Lisboa, la recomendación unánime es el Mar ao Carmo.

 

Situado en la Plaza del Carmo, en el sector superior del elevador Santa Justa, con mesitas en el exterior entre grandes jacarandás, bellísimos en épocas de su floración. El restaurante da la bienvenida con un acuario con lento deambular de langostas y cangrejos. Y un escaparate de pescados y mariscos frescos –traídos a diario desde las islas Azores – “only the best”, como el lema del Mar ao Carmo.

Las sugerencias de Lee, a cargo del restaurante, fueron espléndidas. Para empezar, camarones al ajillo, de buen tamaño y consistencia, deliciosamente aliñados, al punto de beber hasta el final el caldo restante, cuchara en mano. Lo mismo los Moules al estilo Carmo, inigualables. De fondo coincidimos en el Polvo à Lagareiro, un bello e impactante pulpo recostado sobre espárragos a la crema y papas asadas. Todo  acompañado con un blanco seco de la región de Bairrada, zona cerca del Atlántico con la mejor calificación vinícola de Portugal.

Volvemos a la Rua Augusta, a la que se accede pasando por el Arco Augusta, hecho de piedra que se adorna al centro con un gran Escudo de Armas de Portugal. La Plaza del Comercio, con sus arcadas laterales en colores amarillo y blanco, resultará inolvidable. Así como el encontrar en ellas el Café Martinho da Arcada, donde acudía regularmente Fernando Pessoa a tomar café y, a lo mejor, a pensar en “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”. 

La plaza tiene una superficie de 35.000 m2, totalmente despejada, y en ella solo reina una gran estatua del rey José que mira hacia el amplio río Tajo. Frente al Arco Augusta transitan y se detienen los típicos tranvías que, en colores amarillo, rojo, verde –según sea su recorrido– dan un toque característico a Lisboa.

 

Una de las atracciones turísticas de la ciudad, desde su construcción, es el elevador de Santa Justa, la forma más rápida de subir desde el barrio de abajo, Baixa, hasta el distrito del Barrio Alto. Fue inaugurado en noviembre de 1902. Tiene una altura de 45 metros y su estructura se construyó en el estilo del arquitecto francés Eiffel, aplicando las mismas técnicas usadas en los funiculares de Francia de ese tiempo. Lisboa tiene numerosos elevadores y ascensores para llegar a las partes más altas de las varias lomas de la ciudad, además de buses, tranvías, taxis y  motocars. Hay que tenerlo en cuenta al dirigirse al gran Castillo de San Jorge, al que se accede a través de dos grandes ascensores modernos. Es una fortaleza morisca que ocupa y domina lo alto del centro histórico de Lisboa y el río Tajo, y que data del período medieval de la historia portuguesa. A través de los tiempos fue reconquistado por la cristiandad, se convirtió en residencia real durante cuatro siglos, luego en cuartel militar para, finalmente, ser declarado monumento nacional en el siglo XX. Entre sus funciones de Palacio Real, se recuerda la recepción a Vasco de Gama tras descubrir el camino marítimo a la India a fines del siglo XV. 

 

En las cercanías está el barrio de Alfama, el distrito más antiguo de Lisboa. Habitado por personas de menores recursos, sus calles empedradas son curvas y estrechas, sin embargo, allí se erige la Catedral de Lisboa, el Panteón Nacional donde yacen las principales personalidades portuguesas; varias iglesias, conventos, monasterios; numerosos restaurantes, bares y fado.

Pensar en Alfama es pensar en el fado, esa música nostálgica, casi siempre melancólica –“fado” quiere decir destino–, a veces festiva, pero siempre gentil y evocadora que parece reflejar algo del alma profunda de Portugal y los portugueses. En el tiempo que pudiera quedar disponible, se deben planificar imprescindibles visitas a la cercana ciudad de Sintra, con sus dos residencias reales, el Palacio Nacional y el Palacio da Pena; al Monasterio de los Jerónimos; al Museo Nacional de Artes Antiguas; al Castillo de Queluz. Fáciles de acceder en ferrocarril desde la central estación de Rossio.