Mark Lilla es uno de los intelectuales de cabecera del mundo liberal gringo. Allá, liberal es sinónimo de centroizquierda y es la sensibilidad que representa el Partido Demócrata. Por eso, leer a Lilla es leer la autocrítica de un mundo que perdió dolorosamente a manos de Donald Trump. Es lo que hace en The Once and Future Liberal (2017) –recientemente publicado en castellano como El regreso liberal–, una fiera crítica a la política de las identidades como eje narrativo de la acción política y, al mismo tiempo, su manifiesto para recuperar el poder. 

Fue adoptar la política de las identidades, sostiene Lilla, lo que condenó a la centroizquierda. No solo en la última elección. Es un proceso que se viene arrastrando. Los demócratas tuvieron alguna vez una visión convocante. Fue en tiempos del New Deal de Roosevelt, rememora. La siguiente gran visión-país vino con Reagan en los ochenta: una visión libertaria, individualista, winner. Desde entonces, piensa el autor, ha habido poco que apele a lo que tenemos en común, y mucho más de aquello que nos divide en identidades. La izquierda liberal construyó su discurso apelando a grupos que pedían para sí una serie de reivindicaciones justas: LGTB, mujeres, afroamericanos, nativo-americanos, inmigrantes, hispanos, etcétera. Pero, en la pasada, dejó de hablarle al resto de la nación, especialmente a aquellos sectores trabajadores que siempre fueron su sostén electoral. Eso que Trump y los populistas de manual llaman la “mayoría silenciosa”. Los liberales norteamericanos se parapetaron en las universidades y construyeron burbujas progresistas fáciles de escandalizar de sus cavernarios compatriotas. Asociado a lo anterior, descuidaron la política de verdad, esa que se gana con votos, y declararon su amor a los movimientos sociales y las ONG. No es raro que de ahí vengan sus elites dirigentes. 

En la política de las identidades y el reconocimiento, piensa Lilla, no hay cómo ganar. Los negros se quejaron de que la mayoría de la dirigencia era blanca –lo que era cierto–. Las feministas dijeron lo mismo de los hombres –también cierto–. Luego las mujeres negras enjuiciaron a sus pares negros de machismo y el racismo implícito de las feministas blancas. A continuación, todas ellas cuestionadas por las lesbianas por presumir la naturalidad de la familia heterosexual. Y así sucesivamente. La política de las identidades abrió nuevos frentes de conflicto: las llamadas guerras culturales y los avatares de la corrección política. Las discusiones dejaron de tratarse del mejor argumento y se transformaron en un concurso donde gana la identidad moralmente superior. De ahí que solo ciertas personas puedan hablar de ciertos temas. Ya no fue tan importante si las aseveraciones eran verdaderas o falsas, lo importante fue si son puras o impuras desde un pretendido olimpo ético. Es cosa de darse una vuelta por Twitter, donde los sumos sacerdotes del buenismo dan sus sermones. Dice Lilla que a los liberales gringos se les metió el hábito de “tratar cada asunto como si se tratase de un derecho inviolable, sin espacio para la negociación, e inevitablemente presentando a sus oponentes como monstruos inmorales, en vez de simplemente como conciudadanos con visiones distintas”. Se les olvidó que los grandes cambios, para que sean sustentables, requieren de amplios consensos y para eso es mala idea demonizar al adversario. La política de campus se volvió religiosa, reflexiona Lilla: “Implacable vigilancia del discurso, protección de oídos vírgenes, inflación de pecados veniales como si fuesen mortales, la prohibición de los predicadores de ideas impías”. A fin de cuentas, las redes sociales funcionan como cámaras de eco donde principalmente escuchamos a los que piensan igual. 

En su tránsito hacia la pontificación discursiva, la izquierda perdió contacto con el mundo real. En la lógica de las identidades, las fuerzas se mueven en forma centrífuga. En cambio, la política partidista que convoca y aglutina es centrípeta: habla del futuro compartido. No tiene miedo a decir a nosotros, como si en ellos se escondiera un privilegio que busca pasar por neutral. No busca tanto la expresión de la propia personalidad, sino que se orienta hacia la persuasión. Esa es la política que la centroizquierda necesita, remata Lilla. Lo otro, la política de las identidades, es la abolición de la sociedad. Es Reagan para izquierdistas. 

En Chile, uno de los principales lectores de Lilla es Andrés Velasco. En un reciente artículo publicado en Project Syndicate, Velasco pide reconocer que la derecha, especialmente la reaccionaria y populista, también apela a las identidades de ciertos grupos. Su punto central es que quizás no sea posible una política que no se construya en cierta forma desde las distintas identidades, y que eso no es enteramente malo. La representación por evocación de valores abstractos tiene limitaciones. Lo que queremos, muchas veces, es que nos represente alguien que haya vivido algo parecido a lo que nosotros hemos vivido. Esa idea de representatividad por presencia, sugiere Velasco, no debe ser desechada. Aun reconociendo sus evidentes riesgos y problemas, la tesis del ex ministro de Hacienda es que es posible rescatar el lado virtuoso de la política de las identidades. En el fondo, Lilla y Velasco no están en desacuerdo: ambos destacan la vitalidad social del pluralismo –y en ese sentido son antipopulistas–, pero insisten en la importancia de desarrollar una conciencia cívica común –desde el liberalismo– que ponga acento en lo que nos une antes que en lo que nos separa.