• 2 abril, 2009

En períodos difíciles, existe un aspecto que es determinante en la decisión electoral y que en esta coyuntura puede ser clave: la nitidez del liderazgo.

Por estos días circula en la prensa la versión actualizada de un paper de los economistas de la Universidad Católica Rodrigo Vergara y Rodrigo Cerda, en el que se establece una alta correlación entre desempeño económico y resultados electorales. En el mencionado estudio, el crecimiento económico y la votación de candidatos incumbentes (representantes del gobierno de turno), son dos variables que se mueven en la misma dirección. Es decir, si el ciclo es favorable, la votación del candidato incumbente también lo es. Amplia literatura especializada ratifica los resultados de esta investigación.

De mi propia experiencia en campañas presidenciales, y recogiendo el resultado de la investigación rescatada desde los focus groups, entrevistas y encuestas, resulta evidente que el ambiente económico juega siempre un papel relevante. En particular, en la campaña presidencial de 1999 el alto desempleo derivado de la crisis asiática ayudó al espectacular ascenso de Joaquín Lavín y fue un factor importante en el estrecho resultado final.

La situación de los bolsillos y de los empleos influye. “Is the economy, stupid.” O “los votantes votan con el bolsillo”. Son frases que reflejan bien esta correlación entre votos y números económicos. Por cierto, en el caso de Chile hay que tener en cuenta razones históricas, culturales, políticas y, por sobre todo, la escasa renovación del padrón electoral, que explican una baja volatilidad electoral y que determinan un cierto tradicionalismo de los electores que amortigua los efectos de los cambios de entorno.

Pero en presencia de una crisis económica hay también otras dimensiones que tomar en cuenta para tener una visión completa de lo que se nos viene. En períodos difíciles, existe un aspecto que es determinante en la decisión electoral y que en esta coyuntura puede ser clave: la nitidez del liderazgo. Desafiando la tesis “peores números, menos votos”, la propia presidenta, utilizando al máximo su énfasis empático y focalizando su discurso en una preocupación cotidiana por los más vulnerables, ha escalado a los niveles más altos de su popularidad, precisamente en estos momentos de decaimiento económico. Y es que el liderazgo, función prioritaria de la política, es demasiado importante para ciudadanos sumidos en una realidad tan incierta como la actual.

En las democracias, la toma de opción de los electores constituye un extraño intercambio de intangibles. La decisión en pro de un candidato constituye siempre un acto de confianza en una promesa que no está radicada en su oferta programática, la cual los ciudadanos descreen por principio. Es en la proyección de un carácter, en la apropiación particular que hacen de una biografía y en el modo en que los mensajes son percibidos por el sistema de valores y creencias de los electores, respecto de lo que ellos creen bueno o malo para el país y para si mismos, lo que define la cruz en el voto.

Por ello no seria extraño que el efecto de la crisis en el escenario político de Chile pueda suponer una excepción a la correlación establecida en la literatura y por los economistas Cerda y Vergara. Si es que el liderazgo de la presidenta y su candidato son capaces de proyectar fortalezas que permitan enfrentar unidos este remezón y sus consecuencias sociales más dramáticas; y si el conjunto de malas noticias es enfrentado desde Bachelet con una contracorriente que otorgue conducción y sentido a los ciudadanos, la crisis puede abrir una inesperada oportunidad respecto de lo que está en juego en diciembre.

Si, al revés, no se logra transferir esa fuerza con igual determinación desde la candidatura de la Concertación, entonces el espacio para Sebastián Piñera será grande. Piñera no es fuerte en atributos de cercanía, pero sí en otras áreas del liderazgo como la capacidad de gestión, singularmente relevante en contextos turbulentos.

Puestas así las cosas, esta gran conmoción económica puede significar cambios políticos mayores, como indicaría la tradición intelectual, o la ratificación de que las personas optarán por lo conocido en medio de tantas dudas. Tendremos que esperar hasta diciembre, o quizás hasta enero, para saber qué camino tomó la mayoría.