Foto: Verónica Ortíz

  • 5 julio, 2019

“Fue en julio de 1962, en Las Últimas Noticias. Yo tenía 13 años y acababa de ganar el campeonato de Chile de la Universidad Católica. ‘Comienzos de estrella del tenis lució Leyla Musalem’, decía el artículo. Mi mamá, Olga, lo guardó, pero estuvo perdido por muchos años. Apareció de pronto, el año pasado, cuando mi hija menor, Stephanie, empezó a escribir un libro sobre mi trayectoria. No es una biografía propiamente tal, sino que trata sobre mi forma de vida.

Es sorprendente para muchos, que yo, a los 70 años, pueda estar haciendo lo que hago, rompiendo un poco los esquemas de las mujeres de mi generación. Pero sí, he sido disciplinada. Muy ordenada. Me acuesto temprano, no bebo. Tampoco fumo, llevo una dieta súper equilibrada, duermo mucho y tomo el mismo colágeno que promociono. Me ha hecho muy bien, porque a veces me duelen las manos.

Sin el apoyo de mi familia no habría podido. Es que el tenis une. Se juega solo, pero se disfruta en familia, con amigos. Una no puede estar tan solita en el mundo.

Tengo 4 hijos y 9 nietos. Uno de ellos, Sebastián –me dice abuelita Leyla– juega muy bien. Mi papá también era tenista. Se llamaba Salvador Musalem, era descendiente de palestinos y tenía una mirada muy global: a los 17 años me mandó a Estados Unidos a aprender a jugar bien. Fue como irme a la luna. Me devolví algunos años después, cuando me casé. Mi marido, Sergio Elías, quien ahora es presidente de la Federación de Tenis, me fue a buscar.

Mi hermano mayor, Jaime Musalem, donó en 2014 un millón de dólares a la Federación para que los niños de menores recursos pudieran jugar tenis. Lo hizo en retribución a una beca que en los 50 le permitió jugar el Orange Bowl, en Miami, y después radicarse en Alabama. Fue una forma de devolver la mano. Pero la plata se perdió. Mi marido tiene la misión de recuperar esos fondos, haciendo torneos para los niños de regiones.

Cuando yo era muy joven, el deporte era algo casi prohibido para las mujeres en Chile. Era mal visto. Por eso, a veces pienso que jugué tenis en la época equivocada. Pero mi papá decía que yo tenía toda la pasta de campeona. En ese tiempo no había premios, ni nada de dinero como ahora. A los ganadores nos regalaban una raqueta de madera una vez al año. Y una buena raqueta es como un buen par de zapatos. Yo tengo la mía hace años. Es naranja y con ella mis juegos mejoraron un 30%, por lo menos.

Cuando gano, me mantengo calladita, agradeciendo. Tampoco guardo trofeos, lo que no significa que no sea apasionada en lo que hago. Siempre he sido de muy bajo perfil, pero no puedo negar que me he emocionado muchas veces y que me da algo de pudor lo de la gigantografía y los avisos con mi foto. Con eso mi vida se revolucionó un poco…

A veces siento que creen que soy como una extraterrestre, porque tengo mi edad. Yo no tengo ni un atado con eso. Sé que hay muchas mujeres de mi edad que lo pasan muy mal, porque somos una generación invisible.

Nicolás Jarry y Christian Garín alientan mucho a los que vienen. He notado que ahora hay más niños jugando. He visto chicos extraordinarios. Y espero que eso se mantenga”.