Los principales autores chilenos de la actual narrativa infantil y juvenil pueden mostrar cifras que serían la envidia de sus colegas “adultos”. No sólo multiplican por 10 los tirajes habituales, sino que participan de un rentable circuito de charlas en colegios y liceos. Sepa quiénes son y qué piensan los escritores para niños, quienes –a juzgar por su éxito– hace rato no usan pantalón corto. 

  • 2 abril, 2008

 

Los principales autores chilenos de la actual narrativa infantil y juvenil pueden mostrar cifras que serían la envidia de sus colegas “adultos”. No sólo multiplican por 10 los tirajes habituales, sino que participan de un rentable circuito de charlas en colegios y liceos. Sepa quiénes son y qué piensan los escritores para niños, quienes –a juzgar por su éxito– hace rato no usan pantalón corto. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz.

"En Chile quedan unos 500 lectores”, solía decir Jorge Teillier. La frase puede sonar exagerada, pero apunta a una realidad incuestionable: no somos un país aficionado a la lectura. De acuerdo con una encuesta de consumo cultural, en Chile se lee en promedio un libro al año, mientras que en Francia o Japón la cifra se multiplica por 10. Otra estadística revela que casi la mitad de la población adulta, el 45% para ser exactos, se considera no lectora y nunca toma un libro.

Pocas cosas hay más nefastas para promover la lectura que obligar a los niños a leer, y probablemente gran parte de esos no lectores fueron colegiales que debieron tragarse el Quijote, por ejemplo, cuando tenían 10 o 12 años. Experiencias de esa clase inculcan la idea de que los clásicos son aburridos y por eso muchos profesores han optado por pedir a sus alumnos que lean autores contemporáneos.

De este modo han llegado a las aulas títulos como Quique Hache detective, de Sergio Gómez, Pepito, el señor de los chistes, de Pepe Pelayo o La cama mágica de Bartolo, de Mauricio Paredes. Al mismo tiempo, ha surgido una camada de autores dedicados a escribir textos para niños y adolescentes, con resultados sorprendentes. Varios de ellos han logrado algo que parecía una quimera: vivir de sus libros.

El año pasado, por ejemplo, las ventas de los libros de Mauricio Paredes sumaron más de 80 millones de pesos. Claro que de esa suma el autor sólo recibe el 10 por ciento. Tal cifra, sumada a otros ingresos, como las charlas pagadas en colegios, hacen posible para Paredes dedicarse exclusivamente a la literatura, algo que no pueden decir la mayoría de los escritores de ficción adulta.

Paredes no es el único caso. Autores como José Luis Rosasco pueden vender unos 30 mil libros al año, superando con creces los tirajes de narradores como Carlos Franz o Alejandro Zambra, cuyos libros, por mucha atención que reciban de los medios, no venden ni la décima parte.

Es tal la magnitud del negocio de la literatura infantil y juvenil que muchos autores adultos incursionan en el género, con la esperanza de repetir el éxito de JK Rowling, que en Chile ha vendido 300 mil libros. Desde Isabel Allende a Roberto Ampuero, pasando por Poli Délano y Luis Sepúlveda, casi no hay escritor de las grandes ligas que no haya probado suerte en la narrativa para chicos.

Queda claro que el género mueve cifras importantes y de hecho en la última incautación –histórica por su magnitud– de 80 mil libros piratas en marzo, varios de los títulos eran infantiles.

Puede que sea un mal signo, pero habla de la salud comercial de la escritura para niños.

Los primeros libros para niños en Chile surgieron en el siglo XIX con un carácter exclusivamente pedagógico y religioso. La publicación en 1908 de la revista El Peneca representó un hito en la literatura infantil, del mismo modo que la edición en 1930 de las Aventuras de Juan Esparraguito o el niño casi legumbre, de Agustín Edwards. En las décadas posteriores se vivió un auge con autores como Marta Brunet y Maité Allamand, a quienes luego se sumaron Hernán del Solar y la incomparable Marcela Paz, aplaudida por críticos de la talla de Harold Bloom. Hoy hay un recambio. Nuevos temas y nuevas miradas. ¿Quiénes son los actuales autores para niños y jóvenes de la escena local? Aquí presentamos una selección de algunos de los más exitosos.

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Jaqueline Balcells

Emociones puras


Junto a Ana María Güiraldes, Jacqueline Balcells forma una dupla imbatible en la literatura infantil chilena. Sus orígenes como narradora fueron en otra lengua. “Estudié periodismo y nunca pensé en ser escritora. Pero un día, viviendo en Paris, me encontré con la editora de una importante casa editorial que buscaba cuentos para niños. Yo siempre escribía historias para mis hijas y le propuse enviarle una de las que tenía. Le gustó mucho y me pidió otras y así comencé a publicar en Bayard Presse. Luego, al volver a Chile, seguí escribiendo, ahora en castellano, y así me convertí, sin querer queriendo, en escritora para niños”.

Admiradora de Kipling, CS Lewis y Calvino, entre otros, Balcells piensa que no hay mayores diferencias al crear relatos para grandes o chicos. “Escribir bien es difícil, sea para adultos o para niños. Lo que cambia son los temas. Me parece que un cuento que sólo se puede leer cuando uno es niño es un mal cuento… Un relato para niños ante todo debe ser entretenido. Ojalá que el lector se identifi que con los personajes, viva la aventura, ría y llore con ellos. Y por supuesto, el lenguaje debe sercuidado y lo más rico posible”.

Sus títulos más exitosos en Francia, que obtuvieron una distinción llamada “Bonnemine d´or”, son Le raisin enchanté y Léo contre Léa. El primero fue traducido al español y publicado en la editorial Andrés Bello junto a otros seis cuentos bajo el título El niño que se fue en un árbol, que lleva trece ediciones. Otro libro con éxito es El polizón de la Santa María, con once ediciones,pero sin duda el más popular se llama Trece casos misteriosos, que escribió en conjunto con Ana María Güiraldes y que lleva el record de veinticuatro ediciones.

Sobre su sociedad con esta última autora, comenta: “con Ana María trabajamos muy bien, nos complementamos y tenemos un mismo enfoque literario. Además nos entretenemos mucho escribiendo juntas. Tenemos un personaje –Emilia– que es una niña detective que nos encanta y con la que ya llevamos cinco novelitas”. Pese al éxito que disfruta, Balcells dice que no es fácil vivir de la narrativa infantil. “Aparte de escribir, hago traducciones y talleres literarios para niños. Muy pocos escritores pueden vivir de sus derechos de autor a menos que sean una Isabel Allende o una JK Rowling”.

 

 

Mauricio Paredes

El ingeniero


Como buen ingeniero civil eléctrico de la Católica, Mauricio Paredes llega a la entrevista con un dossier en que están todos los números de su carrera literaria, iniciada en 2001. “Ese año me junté con mis viejos y les dije que iba a dejar mi profesión para dedicarme a escribir. Fue una decisión dura, pero me apoyaron”, recuerda el autor de La cama mágica de Bartolo.

A diferencia de muchos de sus colegas de letras, Paredes no le hace asco a las cifras y cuenta que en 2007 recibió más de 8 millones de pesos por concepto de derechos de autor. Además hizo 100 presentaciones en colegios, la mitad pagadas, por las que cobra 100 mil pesos. Eso, más clases que da en la universidad, le permiten dedicarse sin sobresaltos a la literatura. “No gano tanto como mis compañeros de ingeniería, pero vivo muy bien, haciendo lo que me gusta y con tiempo para disfrutar de mi familia”, explica. Y se le ve feliz.

Paredes piensa que la literatura para niños es tan exigente como la de adultos. “Representa un desafío creativo muy grande porque tienes varias restricciones. Como no puedes incluir sexo, ni política ni violencia, estás obligado a tener una historia muy buena. De lo contrario, no sirve. No puedes ser sensacionalista cuando escribes para los más chicos, porque ellos se dan cuenta de inmediato y se sienten defraudados”.

La opción por la literatura infantil surgió de sus propias experiencias como lector de pantalón corto. “Cuando estaba en el colegio nos hacían leer libros en inglés y en español y me di cuenta de que los primeros eran mucho más entretenidos. Los autores en castellano solían ser aburridos, carentes de humor y extremadamente descriptivos. Uno a los 12 años quiere más acción y más diálogos. Entonces, yo escribo para el niño que fui, escribo los libros que me hubiese gustado leer cuando chico”.

El año pasado vendió 20.300 libros. Su título más exitoso es La cama mágica de Bartolo, sobre un niño que viaja, volando entre las sábanas, hasta una ciudad secreta en la cordillera. Su misión será nada menos que salvar el mundo, evitando que el sol no vuelva a salir. Otro volumen popular es Verónica, la niña biónica, cuya protagonista cree tener súper poderes, aunque no está claro si es verdad o se lo imagina.

“Los temas centrales son la amistad y la fantasía. Hay niños con tanta imaginación que rozan la mentira. Pero no hay moraleja, porque los libros escritos con fines pedagógicos me repelen. Yo busco el placer de la lectura, porque todo buen libro te deja algo. Ya no eres el mismo luego de leer Los hermanos Karamazov que, como todos los grandes relatos, habla de la familia.
Igual que El padrino”, explica.

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José Luis Rosasco

Superventas adolescente


Si hay un campeón de las listas de más vendidos entre los escritores chilenos para adolescentes se llama José Luis Rosasco. Algunos de sus libros como Francisca yo te amo o Dónde estás, Constanza hace rato superaron los 100 mil ejemplares vendidos cada uno. ¿Qué otro narrador nacional puede mostrar tales cifras?

Rosasco vive en una apacible casa de Ñuñoa, de esas que ya casi no quedan ante el avance de los feos edificios de departamentos, desde donde apunta que “yo no elegí el universo narrativo del que escribo”. Agrega: “uno se siente atraído por cierto mundo, queda cautivo, pero es un cautiverio feliz”.

En 1981 publicó Donde estás, Constanza sobre un muchacho atraído por su vecina. “Es bastante autobiográfica”, reconoce. “La historia del primer amor, de la primera polola”.

Rosasco escribe sobre la adolescencia, “porque en esa edad a uno le acontecen cosas que te cambian y nunca vuelves a ser el mismo de antes. No se trata de un período feliz, pero sí muy intenso. El niño juega a ser Tarzán, un piloto intergaláctico o un cowboy, pero llega un momento en que el juego queda atrás y aparece la otra aventura, la romántica, de la mujer, la prima o la vecina y también la aventura de las ideas”.

El autor busca que sus jóvenes se identifiquen con los personajes. “Ellos sienten que la historia es verdadera porque les ha pasado algo similar o conocen a alguien que pasó por lo mismo o les gustaría que le sucediese algo parecido. Se lee para vivir lo que no hemos vivido”.

Rosasco ha publicado 17 títulos, el último de los cuales se llama Lucía, así nacen los recuerdos, cuyo protagonista dice al principio: “Yo creo que todo empezó a cambiar para nosotros por dos hechos que se dieron de manera casi simultánea: la llegada de Lucía al barrio y la transformación de nuestro colegio de hombres en establecimiento mixto, y de eso es de lo que voy a escribir entre otras cosas…”.

El autor, que rechaza las moralejas porque cree que la literatura debe ser un recreo, habla siempre en sus libros de la primera vez, del primer beso, el primer baile, la primera decepción. Es un tema inagotable, que lo ha llevado a recorrer los colegios y liceos del país, dando charlas como si fuese una estrella. Y siempre se lleva sorpresas: “algunos estudiantes han hecho sus propias películas artesanales basadas en mis libros, les cambian hasta los finales”, se ríe.

Como buen superventas, Rosasco es uno de los principales afectados por la piratería. Pero en vez de lamentarse, el autor toma la iniciativa y pondrá a la venta sus títulos en ediciones baratas en la calle y lugares de alta concurrencia.

 

 

María Luisa Silva

Los detalles importan


María Luisa Silva, autora de El problema de Martina –uno de los libros más vendidos de 2007– le gusta citar a Isabel Allende cuando explica la pasión que siente por su oficio: “de niña me retaban por inventar y ahora me pagan por ello”.

Ella era de esas niñas –como la protagonista de Expiación, sin el lado perverso– que viven imaginando mundos y personajes: “siempre me gustó inventar historias. Recuerdo, que sin saber leer ni escribir, me sentaba en el jardín de mi casa y creaba cuentos. Apenas aprendí a escribir, empecé a plasmar mis ‘inventos’ en papel y poco a poco, mis historias tomaban más formas”.

Mientras sus amigas soñaban con bicicletas o muñecas, ella al Viejo Pascuero le pedía libros y así fue armando una nada desdeñable biblioteca. Luego de estudiar Pedagogía Básica y Educación Parvularia en la Universidad de Chile, comenzó a escribir sus primeros relatos. “Hubo una época en que sólo me dediqué a la literatura adulta. Pero si lo miramos por el lado de la vocación, que es mi caso, la literatura infantil ganó. Tuve la suerte de descubrir que en la literatura para chicos me sentía cómoda, que me entretenía mucho. Por supuesto, también me hace transpirar bastante cuando algo no está resultando como yo quiero”.

La autora cree que los niños son los mejores lectores, los más exigentes e imaginativos. “Considero que, a diferencia de un adulto, un niño tiene bastante menos paciencia y es un muy buen crítico, ya que sí le aburre un libro, simplemente lo cierra y busca otra actividad. En cambio, los mayores les damos más oportunidades a un libro. Si nos compramos uno y a la primera página no nos gusta, trataremos con la segunda, la tercera e incluso más”.

Autora de títulos mágicamente encantadores y bellamente ilustrados como El tiburón va al dentista o Así vivimos las brujas, Silva es especialmente exigente con los aspectos extra literarios que todo buen libro para niños ha de tomar en cuenta. “La ilustración es sumamente importante. Me preocupo mucho de la calidad de los dibujos, especialmente cuando son para los más pequeños. Tampoco se pueden olvidar aspectos importantes, como el tamaño de la letra y el tipo de papel a utilizar. Lamentablemente, muchas veces todo eso no depende de los autores. Pero hoy, cada vez más, las editoriales están dejando participar a los autores en esos puntos. Yo, al menos, he tenido esa suerte”. Y los que ganan, obvio, son los pequeños lectores.

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Pepe Pelayo

Desde Cuba con humor


Algunos de los libros de Pepe Pelayo son desternillantes y hacen reír a grandes y chicos. Con tanta dosis de humor, sería raro que el autor fuese chileno pues, como decía Edwards Bello, en el país abundan los tontos graves. Pelayo en realidad nació en Cuba pero lleva una década radicado en Santiago.

Desde 2002, ha vendido 220 mil libros, de títulos como Pepito, el señor de los chistes.

Pelayo, que también hace talleres de crecimientos personal para ejecutivos basados en el humor, ha trabajado en la televisión en Miami como guionista y comediante. Así cuenta sus inicios en la narrativa para chicos: “llegué a la literatura infantil porque me aburrí de trabajar en la TV. Ya me habían publicado un libro para adultos en Cuba, tenía premios en concursos de cuentos para adultos, escribía guiones para el teatro, la radio y la tele, lo mismo para adultos que para niños y cuando me puse a buscar qué hacer, descubrí que el nicho del humor infantil en literatura, aquí en Chile, estaba casi vacío”.

Uno de sus modelos literarios es Mark Twain y cuando se le pregunta si las obras para niños deben tener una moraleja, responde con un enfático “¡No! ¡Por supuesto que no!”. Tratando de ponerse serio, algo difícil en él, explica: “el humor es mi profesión, mi hobby y la base de mi forma de vida. El humor es básico en la literatura infantil, porque el placer que provoca el humor, es muy parecido al placer que provoca lo lúdico y es también idéntico al placer estético. Porque el humor es un juego y el arte es un juego, también. Y la única lectura que de verdad funciona es la que da placer. Eso se manifi esta más en los niños que no leen. Si no encuentran diversión, entretenimiento, en un libro –cualquiera que fuese–, perderemos esa batalla. Yo creé un método de motivación a la lectura a través del humor que me ha dado magnífi cos resultados con los chicos”.

¿Se puede vivir de los libros para niños? “Sí, se puede. Yo ya vivo de eso. Hago otras cosas, pero sólo por placer y realización personal. En Chile (y supongo que en muchos otros lados), el secreto de vivir de la literatura infantil pasa, primero, por que te publique una editorial que sepa vender tu libro entre los profesores, que son los que deciden si lo ponen o no dentro del plan lector, lo que obligaría a los padres de los chicos a comprarlo. Si esperas vivir de las ganancias de tu libro sólo por lo que se vende en las librerías, te mueres de hambre. Y segundo, es imprescindible que tus libros circulen en otros países. En Chile somos pocos habitantes y somos menos los que leemos. Si se te dan esos factores –como a mí–, puedes vivir de los libros para niños”. A tomar nota.

 

 

Explorando nuevos territorios
Un terreno fértil en la literatura juvenil, hasta ahora poco explorado por los autores locales, es la narrativa fantástica. Un exponente destacado es Jorge Baradit, cuya novela Ygdrasil –mezcla de ciencia ficción, leyendas mapuches y una desaforada imaginación– se ha ganado un importante círculo de seguidores entre los lectores jóvenes y mayores. Lo mismo puede decirse de Francisca Solar y su novela La séptima M, que suma cerca de 3 mil ejemplares vendidos. La narración tiene algo del suspenso y los ambientes enrarecidos de Los archivos secretos X y la serie Twin Peaks, de David Lynch. Solar se hizo conocida como autora de Harry Potter y el ocaso de los altos Elfos, una fanfiction –es decir una obra basada en los personajes creados por un autor al que admiramos; en este caso, JK Rowling– que publicó en la red. Decepcionada por el rumbo de la saga en su quinto tomo, Solar escribió casi 800 páginas protagonizadas por el mago adolescente. Y se convirtió en un súper éxito, con miles de visitas y seguidores virtuales.