• 5 septiembre, 2008

 

Los triunfos olímpicos sirven para proyectar la imagen de un país y, en ese sentido, los resultados de Beijing dejaron disconformes a la mayor parte de los chilenos. Creemos que nos merecemos más, pero para eso hay que trabajar en serio. Por Cristina Bitar.

 

 

 

Las olimpiadas de Beijing 2008 llegaron a su fin. No hubo mayores sorpresas, salvo la consistente ventaja que China ha ido construyendo sobre Estados Unidos en materia deportiva. Nicolas Kristof, ganador de dos premios Pulitzer, comienza su columna en el New York Times diciendo que “China está en camino de desplazar a Estados Unidos como ganador de mayor cantidad de medallas de oro en los Juegos Olímpicos. Acostúmbrense”. A su juicio, China simplemente está volviendo a tomar su posición histórica preeminente a nivel mundial. Esto sería sólo la culminación del liderazgo que está asumiendo el país más poblado del mundo en otras áreas, como los negocios, la ciencia, la educación y las artes.

Lo que este reconocido columnista quiere hacer notar es que Estados Unidos se está quedando atrás y lo hace a partir de la relación directa que se ha generado entre el estatus internacional de un país y el éxito de sus deportistas. El fenómeno no es nuevo. Basta recordar las luchas entre la ex Unión Soviética y el propio Estados Unidos y, antes, con la Alemania de Hitler. Naciones como China, Rusia, Gran Bretaña y Cuba, entre otros, invierten sumas considerables en el desarrollo de sus atletas, porque ellos son también la imagen del país en el exterior. Así también las nuevas potencias, o países que aspiran a serlo, empiezan a invertir. España se ha transformado este año en uno de los países más exitosos en términos deportivos; en parte, gracias a los más de 100 millones de dólares invertidos para este ciclo olímpico, tanto por privados como por el Estado, en su propio plan ADO.

Hay países más pequeños que también dan que hablar y muestran su cultura a través del deporte. En Beijing, Bahrein sacó su primera medalla de oro en la historia y apareció en muchos diarios internacionales. ¿Habían escuchado antes de este país? ¿Sabían dónde está ubicado? Jamaica también ha aprovechado esta opción, con Usain Bolt batiendo record tras record en el atletismo. ¿Se imaginan cuántas visitas en Internet han tenido los complejos turísticos en Jamaica, después de “googlear” las hazañas de este atleta? A la hora de construir imagen país, colocar el nombre de Chile en el radar y mostrar que somos un país que aspira seriamente al desarrollo, el éxito deportivo debiera ser un objetivo estratégico. El tema es cómo alcanzarlo y para ello es indispensable hacer un diagnóstico acertado de nuestras deficiencias. En el último tiempo el deporte que más éxitos nos ha dado ha sido el tenis, teniendo a un número uno del mundo y medallas olímpicas de todos los tipos en los últimos años. Pues bien, se trata precisamente de deportistas que, hasta donde entiendo, surgieron y se desarrollaron completamente por fuera de los programas estatales de fomento al deporte. O sea, se hicieron solitos y gracias al apoyo de privados y al incentivo de altos premios, producto de su participación en el circuito internacional.

Sin embargo, en los otros deportes, los menos populares, que no son rentables ni pueden ser tomados como opciones de vida profesional real en la actualidad, tenemos bien pocos resultados. Y ahí donde el Estado debe comprometerse en forma seria y en conjunto con los privados.

Nada hace pensar que la realidad en Londres 2012 será diferente. Lamentablemente, desde hace décadas el deporte no ha sido manejado con la transparencia y la eficiencia que se requieren. Dirigentes deportivos cuestionados, autoridades públicas sin ninguna calificación en el área y decisiones vacilantes entre el fomento de la práctica masiva y el estímulo al deporte de alto rendimiento han terminado por arrojar los resultados que todos conocemos y lamentamos. Se han dado pasos en los últimos años, mejorando la institucionalidad, poniendo a personas que saben de deporte en los cargos ejecutivos, aumentando los montos invertidos e involucrando a las empresas en programas de alto rendimiento. Pero aún quedan muchas falencias por resolver y eso requiere voluntad política, de todos los sectores.

En Chile no existe una verdadera cultura del deporte. En general, los deportistas de alto rendimiento no disfrutan de facilidades en la educación superior como tienen en otros países, no hay adecuados incentivos tributarios al fomento del deporte, las iniciativas como el Centro de Alto Rendimiento dan la impresión de quedarse a medio camino y son muchas veces cuestionadas en su administración. El deporte necesita recursos, pero también necesita políticas públicas bien pensadas, modernas, participativas, transparentes y con una mirada de largo plazo. Esto requiere hacer que la discusión acerca del futuro del deporte que se da en los hogares, los estadios y las canchas, a lo largo de todo Chile, llegue a los oídos de los que hoy dominan la escena política, que son los que a fin de cuentas toman decisiones en la materia.

En algo sí definitivamente avanzamos. Hace tres olimpiadas nadie se sentía frustrado por haber sacado sólo una medalla de bronce; hoy sí por tener una de plata. Y eso habla de que no nos conformamos con caminar a pasos de tortuga. Así como Kristof, pienso que el deporte es un termómetro de la realidad nacional. Y hoy, los chilenos creemos que nos merecemos mucho más que seguir mirando a los países desarrollados a la distancia.