El sinceramiento de las cuentas en Europa entrega más de una buena enseñanza a quienes por mucho tiempo miraron con ojos lánguidos hacia el hemisferio norte.POR ROBERTO SAPAG

Por años, décadas mejor dicho, Europa fue una suerte de misterio y fuente de silenciosa frustración para quienes, haciendo las tareas, veían alejarse la posibilidad de alcanzar su estándar de vida pese a todos los esfuerzos y sacrificios realizados.
Por mucho tiempo, el llamado viejo continente parecía capaz de satisfacer sin restricciones las urgencias de sus ciudadanos, pese a no exhibir grandes tasas de crecimiento. Jornadas laborales semanales de treinta y tantas horas, edades de jubilación cada vez menores, seguros de desempleo suculentos y de larga duración, que se obtenían sin muchos contratiempos… En fin, una larga lista de regalías que, vistas desde naciones emergentes, parecían ideales inalcanzables.
Al menos esa idea quedó flotando en el ambiente a nivel de percepciones colectivas cuando, poco después de ilusionarnos con alcanzar el nivel de bienestar de España para el bicentenario, se nos dijo que en realidad la meta era Portugal y hacia el 2018. Un cambio de objetivo que implícitamente provocó frustración. Y cómo no, si pese a ser responsables en materia fiscal, crecer bastante más que el promedio de las economías europeas, trabajar más horas y un largo etcétera, todo indicaba que, contra toda lógica, la distancia hacia la meta se acrecentaba.
Eso hasta hace cosa de un año, cuando comenzó a sincerarse la situación del viejo continente y a quedar en evidencia que los números no cuadraban. Así es como hoy, en varias naciones europeas que antes eran la envidia, se ha comenzado a ajustar la planilla Excel de ingresos y gastos y se están aumentando las edades de jubilación, recortando salarios que no tenían relación con la productividad, eliminando empleos y beneficios y hasta vendiendo activos. En cierta forma, es como la imagen de una familia que, luego de una gran fiesta, descubre en la resaca que tiene que pagar la cuenta y los créditos tomados, para lo cual debe recortar gastos y hasta vender algunos muebles.
Sin, por cierto, ningún asomo de satisfacción por estos hechos, objetivamente habría que decir que es sano lo que está pasando. Es sano para la propia Europa, claro está, como lo es para quienes –desde la parte de abajo del mapa– veíamos con frustración que nuestro esfuerzo no alcanzaba. Hoy, los acontecimientos económicos globales son un poderoso llamado de atención para las naciones de ingreso medio, porque ha quedado en evidencia que en el camino al desarrollo no hay atajos y que, aunque sea complicado decirlo, es necesario que los ciudadanos no pierdan los “incentivos” necesarios para seguir siendo agentes de creación de riqueza para el conjunto de la sociedad.
En momentos en que se apresta a partir “en serio” el año 2012 y cuando se anticipa una escalada de demandas sociales que pondrán en la encrucijada al mundo político, es bueno no olvidar las lecciones implícitas en la evolución que está teniendo el viejo continente ni menos, olvidar lo desastroso que sería a la larga enviar señales equívocas; por ejemplo, si se cede ante las presiones y la violencia, olvidando que finalmente siempre hay alguien que paga la cuenta.